
Hace poco empecé a releer el Ulises, la obra cumbre de James Joyce. Nótese que escribí “releer”. Esto quiere decir que alguna vez lo leí y ahora lo estoy haciendo de nuevo. Como con esta declaración supongo que ya saqué chapa de culto, procedo a contarles el verdadero motivo de esta columna: tengo las pelotas repletas de los jóvenes que corren en cueros. Pero repletas, repletas mal, del tamaño de dos Fiat 600 las tengo. Como los dos tomos del Ulises las tengo.
Veamos.
Usted y yo somos gente grande. Usted y yo, cuando instalamos una app de esas que nos avisan que tenemos que tomar el remedio para la presión, el colesterol y la memoria, debemos bajar y bajar y bajar hasta dar con el año de nuestro nacimiento. Usted y yo hace tiempo olvidamos lo que significa tener la carne firme (en el sentido más amplio de palpar la firmeza y en la manera más absoluta de sentir la carne). Usted y yo, que conformamos un nosotros, un conjunto, un núcleo joyceano de discurso (cosa que creo no existe como tal, pero quién nos va a venir a desmentir), sufrimos la afrenta de estos jóvenes atléticos, que nos enrostran su lozanía de un modo cruel, angustiante, espantoso.
Usted dirá que exagero. Mire, lo desafío a que a eso de las siete de la tarde ponga la pava en la hornalla, se prepare unos materazzis y elija de la alacena un paquete de bizcochitos, no, ese no, el de al lado, el que tiene más grasas trans. Si tiene a mano el Ulises, agárrelo y hágale dos agujeros prolijos. Munido de tales pertrechos, diríjase al parque más cercano, siéntese en un banco de esos de jubilados que le quedan tan bien, cébese uno amargoides calentitos y colóquese el broli a la altura de los ojos. De este modo, la gente creerá que usted es un verdadero lector erudito y, mientras tanto, estará alimentando la hiel del rencor, un rencor bien profundo, uno como para asustar a un irlandés al que le suspendieron la cerveza en San Patricio.

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Por entre los redondeles que le hizo a las peripecias del plomo de Leopoldo Bloom, atisbará entonces el paso de esta manga de insolentes que, no contentos con mostrarnos sus espaldas esculpidas en el paraíso, se cubren las partes íntimas con shorts pequeños y ajustados, no sea cosa que se priven de mostrarnos que tienen los dublines bien puestos. Piel, todo piel al viento, centímetros cuadrados de tersura suavemente sudada, dorada por el sol, tallada por miles de abdominales que hacen de sus estómagos verdaderos pallets en los que se podría apoyar una heladera con freezer y tercer frío, sin miedo de hacerle daño (al vientre del maldito joven, a la heladera no sé).
Es seguro, mi amigo, que entre fluir de la conciencia y fluir de la conciencia (ah re qué James Joyce…), pasen frente a su vista cientos de estos ejemplares semidesnudos, en condiciones similares de temperatura y presión. Una opción que le recomiendo es que se los grabe en la memoria (la que le queda, que sabemos que es poca y necesita de pastilla) así cuando caiga la noche, haya revoleado el Ulises y ya no dé más de hacer zapping entre Los 8 escalones y Gran Hermano, le dedica alto monólogo interior a esa sensualidad que no reconoce diferencia de género. Luego, como para no entristecerse al pedo, recuerde que usted jamás estuvo así de bueno. A continuación, cébese otro verdolaga e introdúzcase en la boca dos o tres bizcochitos bañados en grasas trans, así ya la arruina del todo.
Es feo lo que nos pasa, mi amigo. Piense que a estos desagradables no les importa ni siquiera la llegada del otoño. Por cierto, todo el Ulises transcurre un 16 de junio, casi invierno acá, casi verano en Dublín. El dato no tiene importancia si hablamos de lomos al aire, pero yo tengo que justificar que esto se publique en la sección de Cultura y además el 16 de junio cumple años mi hija Lola, que si no la nombro cada tanto, se enoja. Volviendo, decíamos: usted y yo detestamos el calor pero, cuando empieza a bajar la temperatura, nos vemos obligados a sacar la tricota, porque estamos en la edad en la que un resfrío es capaz de mandarnos a terapia intermedia. En cambio, estos indeseables (bah, deseables son, por eso lo del monólogo interior, usted me entiende…) llega el otoño y ¿qué hacen? Corren en cueros igual. Claro, total los señoritos y las señoritas gozan de una salud de hierro, no hay clima que los achique y mientras nosotros, abrazados a la bufanda de lana, juntamos veneno, lo producimos en cantidad, nos convertimos en primeros exportadores mundiales de veneno.

Al final del Ulises, la que se manda un lindo monólogo es Molly, la mujer de Leopoldo, la Penélope de Odiseo (ah re, qué helénico). Ojo, la señora le metió altas guampas a Leopoldo, pero tampoco es como para sentirse culpable, porque él bien que anduvo mirando chicas y visitando burdeles.
Creo que con este breve resumen, ya está usted listo para lanzarse a la lectura de la obra. Caso contrario, apersónese en la biblioteca más cercana y pida algún ensayo de Nabokov, o de Piglia. Le recomiendo que lo haga en cueros, como los jóvenes estos. Cuando reciba decenas de miradas reprobatorias, comprenderá el por qué de este artículo, de esta prosa también libre y fluida, de este discurso del odio dedicado a la dureza de abdominales, pectorales y glúteos.
Seamos felices, envidiemos sin culpa.
Los quiero mucho.
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