En 1979 se estrenó la película francesa I… como Ícaro. protagonizada por Yves Montand, un excelente thriller político cuyo año de estreno no debió pasar desapercibido en el Río de la Plata. En una escena se le muestra al investigador el “Experimento de Milgram”, para el cual se recluta un número igual de “investigadores”, “maestros” y “alumnos” a los que se les pagaba por día para observar sus comportamientos. La propuesta implicaba un dispositivo que irradiaría descargas eléctricas y uniformes que diferenciarían a los tres grupos, ubicados en dos habitaciones.
El “maestro” enseñaría una lengua, de una habitación a otra. Ante el error del “alumno”, le aplicaría una descarga eléctrica de 15 watts, que iría aumentando a medida que se repitieran los errores. Hasta llegar a 450 watts, una descarga que podría ser mortal. El “maestro” escuchaba los gritos de dolor tras las descargas, pero el “investigador” lo instaba a seguir.
Seguían, pese a los gritos, pese a que se quejaban de terribles molestias en el corazón. Los “maestros”, instigados por los “investigadores”, seguían incluso hasta llegar a los 450 watts. Cuando la tercera persona no dudó en traspasar los 450 watts, los organizadores dieron por terminado el experimento.
Claro, los “alumnos” no habían recibido descarga algun. Se trataba de indagar hasta dónde podría llegar la obediencia a la autoridad, aunque fuese una autoridad asesina.
Estos días pensé en la película y la escena “Milgram” así como en el “Experimento de la cárcel de Stanford”, una profundización aún más tremenda dirigida por Phil Zymbardo que podía llegar a mostrar a hombres y mujeres como dispositivos de castigo en sí mismo, de sadismo internalizado, que socialmente muchas veces recibe el nombre de fascismo.

“Si no hay perpetua, no hay justicia” fueron estos días nuestros 450 watts. Se puede afirmar que los regímenes más democráticos abolieron la pena de muerte en función de reemplazarla por la prisión perpetua. Sin la posibilidad de salir de la cárcel, esta se convierte en una tumba colectiva. Si la Constitución dice: “Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquella exija, hará responsable al juez que la autorice”, reafirma una vez más el carácter Sci-Fi de nuestra Carta Magna.
Ojo, la prisión perpetua puede llegar a ser una condena, pero si se convierte en método generalizado y consigna, se transforma en motor de los peores instintos. El otro día veía en un noticiero que realizaban una pequeña encuesta sobre qué pena le correspondía a la patota de los rugbiers. Uno de los periodistas decía no saber qué contestar. El conductor le dijo: “Dale, pensá en tu nene, ¿cuánto les darías?”. “Ah, sí. Prisión perpetua”. Nuestros 450 watts.

En una nación atrasada culturalmente como los Estados Unidos, cuando se realizan ejecuciones penales, fuera de las cárceles se congregan camionetas cargadas de cervezas y parlantes, cuyo festivo éxtasis sólo se incrementa cuando las autoridades indican que el condenado ya murió. Una muerte que bien habrá valido una fiesta.
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