
Cuarenta y nueve años después de su muerte, la figura y el legado del compositor Víctor Jara (1932-1973) siguen vivos en la memoria de los chilenos: sus canciones se han entonado como nunca en tiempos de movilizaciones masivas y cambios constituyentes.
Jara fue detenido el 12 de septiembre de 1973, un día después del golpe de Estado de Augusto Pinochet, y asesinado con más de 40 disparos en el antiguo Estadio Chile, rebautizado en 2003 como Estadio Víctor Jara, en Santiago.
Militante del partido comunista y colaborador del Gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende (1970-1973), es un referente de la canción popular y se convirtió en uno de los nombres más emblemáticos de la conocida como “Nueva canción chilena”.
Hijo de campesinos, el cantautor hizo de la música una herramienta de protesta.
“Jara simboliza el proyecto de la Unidad Popular en el que la cultura estaba al centro y era el vehículo de la transformación social”, explicó la historiadora de la Universidad de Chile Carla Peñaloza.
La última canción

El mismo día que los militares abrieron fuego contra La Moneda, Jara ofreció su último recital en la antigua Universidad Técnica del Estado (UTE).
Al día siguiente, los golpistas entraron al recinto y detuvieron a 600 personas que pasaron allí aquella noche y las trasladaron al Estadio Chile, donde encerraron a más de 5.000 prisioneros, entre ellos Jara.
Testimonios que presenciaron la escena relataron cómo desde ese momento el músico fue objeto de insultos, amenazas y golpizas.
Lo torturaron y le cortaron los dedos y la lengua para que nunca más pudiese hacer lo que más quería: tocar y cantar.
El abogado y profesor de Derecho UTE Boris Navia, que fue detenido junto con Jara, ha contado en varias ocasiones que, antes de que dos soldados se lo llevaran, el artista alcanzó a escribir unos versos en una libreta.
“Estadio Chile” fue su última canción, con versos como “Canto, qué mal me sales/cuando tengo que cantar espanto”.
Fue asesinado cuatro días después, a los 40 años, y su cuerpo fue hallado sin vida cerca del Cementerio Metropolitano, conmocionando a la sociedad chilena.

“El Memorial busca marcar el lugar de tan brutal asesinato, sensibilizar y contar la historia a las nuevas generaciones para no olvidar lo que allí ocurrió”, indicó Rosa Núñez, del Espacio Cultural La Feria, que custodia el Memorial de Víctor Jara en el sitio donde fue encontrado el cuerpo.
“Después de su asesinato, Jara se transformó en una figura aún más grande porque fue una pérdida humana tan trágica y brutal que demostró que [los golpistas] eran capaces de hacer cualquier cosa”, dijo Peñaloza.
Tras más de cuatro décadas de investigaciones, los ocho militares responsables de su secuestro y asesinato fueron condenados a 25 años de cárcel.
“En todos los casos, incluido el de Jara, la justicia chilena actuó muy lenta, con mucho encubrimiento e impunidad y esa falta de reparación es un daño extra”, sostuvo la historiadora.
“Siempre estuvo presente”

En las masivas movilizaciones de 2019, la figura de Jara tomó protagonismo: “El derecho de vivir en paz” se escuchó por todo el país e incluso lo corearon los integrantes de la Convención que redactó la propuesta de nueva Constitución rechazada en plebiscito el pasado 4 de septiembre.
“Fue una de las consignas más importantes del estallido porque fue una respuesta a las declaraciones del Gobierno [de Sebastián Piñera], que había dicho que estábamos en guerra”, recordó la historiadora.
La canción fue creada en 1971 para denunciar la invasión estadounidense a Vietnam y marcó el ritmo de los cacerolazos durante toque de queda de los primeros días del estallido.
“Jara acompaña los anhelos y luchas de la gente de manera natural y espontánea y a casi tres años del estallido eso no ha parado y probablemente continúe”, comentó el director de la Fundación Víctor Jara, Cristián Galaz.
Para Peñaloza el músico “siempre estuvo presente y, desde el triunfo de la Unidad Popular, ha sido la banda sonora de las luchas del pueblo”.
La dictadura de Pinochet duró 17 años y dejó más de 40.000 víctimas, entre ejecutados, detenidos desaparecidos, prisioneros políticos y torturados, y más de 3.200 chilenos murieron a manos de agentes del Estado.
Fuente: EFE
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