
¿Qué tienen en común los estantes de una librería elegida al azar, el resultado de una búsqueda en internet con la frase “las 100 personas más influyentes en la historia”, las plataformas de streaming más populares y un atlas de anatomía humana?
Su característica común se resume en que la historia del pensamiento, el estudio de los fenómenos naturales (junto con su aprovechamiento y modificación), la cultura popular y la forma en que entendemos nuestro cuerpo biológica, social y afectivamente están todos construidos desde la mirada masculina.
Abriendo la mirada
El punto de vista masculino es, ni más ni menos, la historia de la humanidad. Perspectiva que es aún más restringida, pues suele tratarse de un tipo de masculinidad asentada en la raza blanca, mayoritariamente heteronormativa y occidental.
Vivir bajo el prisma de un punto de vista más o menos homogéneo es algo que concierne a todo el mundo, porque las consecuencias de esa influencia nos sitúan en el mundo que habitamos. Cuanto menos, hemos vivido de acuerdo con un sistema de pensamiento que se ha levantado –a veces reformulándose y otras contradiciéndose a sí mismo– siempre sobre el mismo edificio.
¿Qué ha sucedido con esos caminos aledaños que habrían proporcionado un saber y un hacer más diversificado y complejo? Esta es una pregunta que pide el compromiso por revisar aquello que se quedó en los márgenes, y por impulsar las medidas oportunas para una renovación profunda.
En esta transformación adquiere un papel determinante la cultura popular, de la que las películas y las series son hoy importantes manifestaciones. El cine, junto con los medios audiovisuales, moldea una buena parte de nuestro imaginario colectivo. Su valor educativo y su rol como creador de tendencias son prueba del interés que existe por su control, especialmente en estados oprimidos.
Valga señalar cómo la historia del cine español fue, durante la dictadura franquista, la historia de una censura que imponía un pensamiento único, y cómo en lucha contra esto apareció un cine que resistió con diversas estrategias.
Reflexión y provocación
¿Cómo es entonces el cine que cuestiona la edificación que nos gobierna? ¿Qué supone un cine que se desvincula de esa mirada imperante?
Como respuesta a estas preguntas podemos revisar las propuestas que, desde diferentes géneros y tonos, han lanzado algunas películas en los últimos años. Así, asistimos al quehacer cotidiano de Jane, la joven becaria de The Assistant (Kitty Green, 2019) que debe navegar en un clima tensionado por las dinámicas de poder de la industria cinematográfica. La reserva y contención de su día a día coinciden con la discreción con que opera la violencia que debe soportarse en un sector altamente masculinizado.

Por otro lado, nos topamos con la electrizante revancha de una mujer de uñas color arcoíris, como es el caso de Cassie en Hermosa venganza (Emerald Fennell, 2020). Esta se enfrenta trágica pero enérgicamente al modus operandi de la pseudoconquista masculina. Cassie combate contra ese tipo de seducción que se ve facilitada por la nocturnidad, la cuadrilla de amigos y la valentía que se adquiere en sentido proporcional a los grados de intoxicación de la mujer.
Del documental a la ciencia ficción
“No se nace mujer, se llega a serlo” fue la célebre declaración de Simone de Beauvoir en los albores de 1950. Con esta afirmación, y su obra El segundo sexo, la autora puso de relieve cómo la división hembra/varón surge con el objeto de someter y crear una serie de constricciones para la mujer.
En el cine, el documental Una niña (Sébastien Lifshitz, 2020), o el drama de terror y ciencia ficción Titane (Julia Ducournau, 2021) dan visibilidad al problema de las categorías de género desde dos ópticas muy diversas.
Una niña relata la historia de Sasha y su familia en el camino para que sea reconocida la niña que sabe que es a pesar de su asignación masculina al nacer. Las identidades binarias siguen encorsetándonos, pero es posible flexibilizarlas, transitar entre ellas para llevar una vida que se ajuste a las demandas sociales a la vez que se permanece fiel al propio sentir.
Titane complica aún más la cuestión. ¿Qué es su protagonista: chico, mujer o máquina? La película disuelve los límites del cuerpo humano en una vertiginosa trama de acción y violencia que se inspira en el cine de transformaciones corporales y alucinaciones de David Cronenberg.

La comedia La noche de las nerds derriba clichés
Desde su título, La noche de las nerds (Olivia Wilde, 2019) se propone destruir clichés, y lo hace sin manifestar abiertamente denuncias. Esta comedia resulta inteligente porque se muestra revolucionaria a la vez que mantiene algunas marcas del cine comercial que le permiten entrar en el circuito del entretenimiento.
Usando el famoso motivo de la fiesta de graduación, tan conocido en las películas estadounidenses, el film se desembaraza de la larga historia de estereotipos que caracteriza a este subgénero cinematográfico. El primero que desmonta es el que define a las personas estudiosas como bichos raros, sin atractivo ni carisma.
La noche de las nerds se ríe del mito de la pérdida de la virginidad como conquista, habla con frescura de la masturbación femenina, muestra que salir de fiesta no está reñido con una inteligencia brillante. Wilde construye una comedia que no ridiculiza el carácter excéntrico, el cuerpo de talla no estándar o las orientaciones sexuales fuera de la norma. Todo esto simplemente existe a través de unos personajes humanizados, agudos y chispeantes, sin burlas que alimenten una perspectiva simplificada o denigrante.

Estos ejemplos son síntoma de que algo se mueve, y de que el feminismo no es solo cosa de mujeres. No son únicamente las mujeres quienes dirigen este tipo de mirada, aunque sin duda ellas –junto con otros colectivos poco visibles– pueden aportar un impulso renovador importante, porque históricamente su condición les hace partícipes de matices que se reflejan de forma especial en su día a día y en su intimidad.
En conclusión, asistimos hacia un giro de pensamiento menos monolítico, más nutrido de la variedad de seres que somos, y también de aquellos que queremos seguir inventado dentro y fuera de la pantalla.
* Es doctora en Literaturas Hispánicas. Investigadora predoctoral en cine español contemporáneo en la Universidad Autónoma de Madrid. Miembro de la Asociación Mujeres y Cine, Universidad Nebrija
Publicada originalmente en The Conversation.
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