
Unos años antes de la pandemia –he perdido el orden cronológico después de los encierros−, la familia de un empresario rosarino ya fallecido, me contactó para participar de un proyecto de investigación y escritura de una biografía.
Era un hombre con ideas desarrollistas, que, como tantos de su época –los sesenta y los setenta−, había pensado para la ciudad un destino de desarrollo y prosperidad, mirando el ejemplo de otras ciudades del mundo que iban creciendo a un ritmo muy distinto que el de Rosario, una urbe que no terminaba de despertarse a la sombra de la centralidad porteña.

Con su nieta, historiadora y la más entusiasta del proyecto, empezamos por juntar material y entrevistar a los familiares de Pedro –nuestro hombre− para matizar la información dura de su vida profesional y sus ideas con detalles más cotidianos y mundanos. Sobre todo con la historia de su familia, inmigrantes catalanes asentados en el litoral a principios del siglo XX.
Uno de esos entrevistados fue J., uno de sus hijos y tío de mi compañera de investigación. Un hombre agradable pero reservado, que nos recibió de traje en una oficina céntrica, apilada en uno de los edificios más tradicionales de Rosario. Ahorro los detalles para ir al centro del relato. En un pasaje de la charla, J. refirió un período en el que había estado lejos de su padre, detenido por su participación en una agrupación política estudiantil de la facultad de Ingeniería. Trató de pasar rápido la página, hablando ya de cosas más puntuales sobre la vida familiar, pero no pude resistir, apagado el grabador, preguntarle más sobre aquellos años de cárcel. Me dijo que lo habían llamado a Pedro desde el algún cuartel diciéndole que le iban a llevar al hijo, que no lo iban a matar, pero que el secuestro era inevitable. Oyó la noticia de su propio padre.

“Me preparé −dijo−, enterré los libros en uno de los campos de papá y volví a casa a esperarlos”. Por supuesto, como muchos de ustedes hubieran hecho, la siguiente pregunta que solté fue si había vuelto a buscar los libros cuando lo soltaron. La respuesta, casi indolente, sin interés, no para desentenderse sino como evitando el dolor de revivirlo todo, fue que habían vendido ese pedazo del campo cuando él estaba adentro, que nunca supo o quizá no intentó, recordar a dónde estaba su biblioteca.
Unos meses después me abrí del proyecto por problemas de salud, pero no podía olvidarme de la biblioteca enterrada. Con la nieta de Pedro mantuve el contacto, ella pidiéndome que siguiera ayudándola –hacíamos un buen equipo−, y yo buscando excusas para no volver. En una de esas tantas conversaciones le pregunté por el tío, acaso con la intención de que me facilitara otra entrevista, pero para hablar de eso que ya me obsesionaba al punto de fantasear con mapas y tesoros enterrados. La respuesta me dejó helado: J. había fallecido días atrás, una muerte súbita e inesperada. Se había ido el único que podía al menos recordar dónde estaban enterrados esos libros. Cuando corté, después de lamentarme un buen rato, entendí que solo había una manera de encontrar la biblioteca, y era hacerlo en la ficción, en un mundo en el que hubiera alguien con la voluntad suficiente y con la información necesaria para poder hacerlo. Así nació la novela El aserradero, así nacieron también el narrador, Chipi y Victoria, los tres “Odiseos” que emprendieron por mí esa búsqueda.
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