Imagine el lector, por un instante, a un ídolo de generaciones, conductor legendario de la televisión de aire, amigo de sus niños televidentes, prócer de las infancias más diversas. ¿Tal vez Chespirito, recuerdan, nacido Roberto Gómez Bolaños y cuyas creaciones se siguen mostrando sábados y domingos por las primeras mañanas de algunos canales de la televisión abierta. ¿O Carlitos Balá, cuyo chupetómetro valió que decenas de miles de niños a lo largo de décadas dejaran de morder el chupete en vivo y en directo en las pantallas de la nación? Imagine el lector ídolos de ese peso simbólico sobre el sector infantil de la sociedad.
Ahora, imagine que se trata de un ser del mal, un pedófilo abusador durante décadas, un enfermo que apañado por la fama tenía vía libre en orfanatos, instituciones para personas con capacidades diferentes de diverso grado y hasta morgues, un perverso amigo de los poderes policiales y políticos y hasta del clero. Imagine el lector esa pesadilla social cultural. No, no sucedió esto con el mexicano Chespirito ni con el argentino Carlitos Balá. Pero sí pasó en la flemática Inglaterra con el ícono cultural Jimmy Savile, fallecido en 2011 a los 83 años. Su última violación había ocurrido un año antes, cuando su víctima no superaba los 15 años. El trauma aún reside en la conciencia social británica.
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Así lo muestra el documental Jimmy Savile, una historia de terror británica, alojado estos días en la plataforma Netflix, que bucea en la perturbación que produce el entronamiento de un ídolo que, a cada paso, dejaba el manto de la sospecha caer sobre sí. El documental en dos partes de hora y media cada una (o la miniserie en dos episodios del mismo tiempo, según se prefiera) muestra en el primer tramo el ascenso de un personaje estrafalario por su vestimenta, sus orígenes proletarios, su rol como DJ en los boliches de Manchester de los años 50 del siglo XX, el presentador de unos jovencísimos Rolling Stones en un recital en el que el histrionismo gestual de Savile le ganaba al ritmo de las caderas roqueras de Mick Jagger para, inmediatamente, inaugurar el ciclo de la BBC Top of the pops, con una audiencia de millones de ingleses que ingresaban a la era del rock y del pop de la mano del estrafalario conductor. Veinte años después, comenzaría un ciclo infantil destinado a conseguir sueños a los pequeños, mientras contribuía a causas filantrópicas que lo convertían en asiduo visitante de hospitales, asilos, centros de rehabilitación donde se había “ganado” el derecho a recorrer sus pasillos y habitaciones a sus anchas, sin que nadie dijera nada.

Comienza la parte 2. Jimmy está arriba, bien arriba. Él, nacido en una familia obrera, que había sido un breve tiempo minero en su tierna juventud, se codea con el príncipe Carlos y con Lady Di, Diana Spencer. Le dicta consejos, a pedido real, al príncipe Felipe, esposo de la reina Elizabeth, y salen juntos a festejar en auto los buenos consejos de oratoria brindados. ¿Margaret Thatcher? La tiene en su bolsillo. En realidad, esa noción de que no es necesaria la intervención del Estado pero sí la individual, que Jimmy expresa a través de sus colectas para obtener mejoras en hospitales, hospicios y etcétera, confluyen ideológicamente. Hasta el papa Juan Pablo II, que se sabe conformaba un trío político junto a Thatcher y Ronald Reagan, le otorga un título nobiliario vaticano (Savile había sido católico). Es nombrado “Sir”, el título más elevado al que un hombre de a pie puede aspirar en el sistema de la monarquía republicana que rige Inglaterra. Ay, Inglaterra, que pese a todos los indicios dejaba a un monstruo crecer y crecer.
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En las habitaciones de los hospitales, en las oficinas de la BBC, en sus pasillos, en 28 instituciones sanitarias, según el informe oficial del gobierno británico, Jimmy Savile abusó de niños, enfermos y personal sanitario de entre 5 y 75 años. Savile practicó incluso la necrofilia allí donde era considerado un benefactor con acceso a la misma morgue. Se estiman entre 500 y 1000 víctimas en 40 años de oficio de ídolo televisivo, recaudador de fondos, extravagante, violador.
La virtud del documental, en dos partes, de Netflix, es que no se regodea en la parte morbosa de la cuestión, que podría atraer a una mayor audiencia, quizás. El documental se pregunta: “¿cómo pasó?” y muestra esos indicios, ese señor mayor besando en la boca a transeúntes jovencitas, haciendo chistes horribles de un doble sentido inelegante, pero también al conductor que cumple sueños a los niños, una persona inteligentísima que hace del discurso un campo en el que se desliza como en una pista de hielo, en el hombre elegante pese a esos colores chillones, “¿cómo pasó?”.
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Existe en el refranero popular argentino esa admonición: “Hacete amigo del juez”. Acá bien podría suplantarse por realeza, gobernantes, directivos de la BBC, policías (todos los viernes por la mañana Savile agasajaba a los altos mandos policiales de su región, los mismos que no investigarían luego las denuncias contra el agasajador.
Hay un libro de Alphonse Donatien, el Marqués de Sade, imposible de leer por la continuidad de perversiones que ocurren página tras página: Los cien días de Sodoma. Es un libro genial. Allí están los gobernantes del Ancien Régime, monarca, juez, sacerdote, cortesano, que dan rienda suelta a los peores instintos del hombre (pero no es un instinto la violación, para ser claros con una imagen retórica) con adolescentes de ambos sexos. La narración es agotadora. Y ahí está el poder. ¿Cómo pasó? Hay que seguir siempre la pista del poder.
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¿Cómo pasó? El poder.
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