
Entre la ternura, la desmitificación de aquello que se considera “natural” y el entendimiento de que las maternidades son tan variadas en la naturaleza como en la vida en sociedad, el ilustrador francés Benjamin Lacombe (París, 1982) defiende la idea detrás de La mejor mamá del mundo, un libro realizado en conjunto con Sébastien Perez y pensado para niños pero con un mensaje que resuena más allá: “Mostrar lo que ocurre hace miles de años en la naturaleza termina siendo una crítica feroz e impiadosa contra cualquier pensamiento retrógrado”, dice.
”¿Qué es una mamá? Una pregunta bien sencilla para la que, sin embargo, hay tantas respuestas como formas de criar a un hijo”, plantean los autores en la introducción al libro, un catálogo bellísimo y colorido de madres de distintas especies: la mamá cierva, la mamá tiburón, la mamá caballito de mar, la mamá cisne o la mamá humana.
Ilustrador de más de cuarenta libros entre los que están los reconocidos Frida y Destinos perrunos, el francés repitió la dupla creativa con Sébastien Perez, con quien trabaja hace más de una década. En La mejor mamá del mundo (Lunwerg Editores) la sutileza de los dibujos de Lacombe acompaña los textos que recrean cómo materna cada especie, relatos que dan cuenta de los cuidados, la vulnerabilidad, la ferocidad y hasta el desinterés. Al final, los autores incluyen un anexo con datos como cantidades de cría y tiempo de gestación para ser justos con los lectores más curiosos por el detalle.
—¿Cómo hiciste para articular y hacer jugar los conceptos de maternidad y diversidad en el libro?
—Espero que haya funcionado. Para mí era un deber mostrar las diversas formas de ser madre que hay en la naturaleza, es algo fáctico. No es una idea prefabricada, todas estas cosas que abordamos en el libro son hechos biológicos estudiados por quienes siguen las cuestiones de la naturaleza. El título del libro es casi una provocación: “La mejor mamá del mundo”. Lo que vemos con el correr de las páginas es que no existe eso, no hay una única forma de ser madre: en alguna forma remota todas son buenas.

—¿Por qué elegiste hacer este tipo de ilustraciones en las que se respeta la identidad de los animales? No han sido humanizados, algo muy habitual en los libros pensados para niños.
—En Francia, hay una suerte de expresiones que critican los modelos de familia de dos madres, de un padre adoptivo, de dos padres que alquilan un vientre. Dicen que no es normal, que no es natural. Mostrar lo que ocurre hace miles de años en la naturaleza termina siendo una crítica feroz e impiadosa contra cualquier pensamiento retrógrado, y eso es básicamente porque nosotros también somos animales. Es muy dogmático pensar que no puede existir también la diversidad en la sociedad.
—De todos los animales que ilustraste, ¿cuál te gustó o te interpeló más?
—Los perros son mis animales favoritos. Tengo perros y los amo muchísimo. Pero creo que en lo que respecta al libro, me enamoré de los zorros y por eso decidí llevarlos a la tapa. A la mamá zorra le gusta la primavera, pero para traer vida al mundo necesita aislarse y para eso recurre a una madriguera. Bajo tierra, les da calor a los zorritos y los alimenta durante dos semanas. Recién en verano salen al mundo.
—El pingüino es un padre. ¿Por qué lo incluiste?
—Es interesante mostrar qué tan incorporada está la diversidad en la naturaleza. Ir en contra de eso, criticarlo o tenerle miedo es simplemente producto del desconocimiento.

Con un estilo caricaturesco muy trabajado, Lacombe es uno de los ilustradores “de moda”. Su estilo transmite una suerte de melancolía y fragilidad, pero sin descartar cierto aire tenebroso. Formado en la Escuela Nacional de Artes Decorativas, trabajó en publicidad y animación. Cuando tenía 19 años editó su primer cómic y aquel proyecto con el que aspiraba a cerrar su carrera se convirtió en su primer libro para niños, con dibujos y textos propios: Cereza Guindilla. Al año, el libro se publicó en Estados Unidos en la editorial Walter Books y la revista Time lo incluyó en el listado de los diez mejores libros para niños.
Reconoce que sus influencias artísticas se remontan nada menos que al Quattrocento italiano y los prerrafaelistas, pero también a artistas contemporáneos como Tom Browning, Tim Burton e incluso al cineasta Fritz Lang. Gran parte de su obra está dirigida al público infantil y juvenil, con algunas excepciones: una versión nueva de los Cuentos Macabros de Edgar Allan Poe o la historia ilustrada de la catedral de Notre Dame de París con texto de Victor Hugo.
—Llevás más de una década trabajando con Sébastien Perez. ¿Cómo es la dinámica de la dupla creativa?
—Debo confesar que esta vez fue distinto. Llevamos mucho tiempo trabajando juntos, casi quince años. Este libro no se parece a ningún otro que hayamos hecho antes en cuanto a su estructura. Fue muy difícil para los dos pero nos gusta asumir el desafío. Confiamos mucho en el otro y cuando estás probando algo nuevo necesitás la crítica o la validación de alguien en quien confiás mucho. Tenemos backgrounds muy distintos y eso hace que el trabajo se enriquezca.
—¿Y qué cuestiones cambiaron esta vez en la rutina?
—No tengo una receta. No soy alguien que crea empujado por una rutina, la cuestión va cambiando en el tiempo y hago lo mejor que puedo. Siempre estoy tarde con los tiempos y trabajo mucho, pero al final las cosas salen.
Fuente: Télam
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