
—Cruel —dijo Lisandro—, la naturaleza es una madre cruel.
—Es verdad, sí, cierto —dijo Silvia.
Silvia era un bonito nombre, una buena elección, una palabra que sonaba a bosques, a tierra acariciada por el mar.
Ella no estaba en absoluto de acuerdo con él, pero desde muy chiquita su madre, sus hermanas, sus primas y no digamos su abuela, le venían asegurando que no hay nada que a los hombres les encante más que una mujer que sabe escucharlos con atención, con fruición, con unción, y que no deje más de estar de acuerdo con lo que él dice. Ella quería encantarlo, es verdad, porque él le gustaba, le gustaba muchísimo y por eso le decía es verdad sí es cierto aun cuando para ella la naturaleza no fuera una madre cruel sino todo lo contrario.
Qué iba a ser una madre cruel. Una madre amantísima, eso es lo que era, toda verde y azul que la envolvía como un manto y la hacía sentir una reina. Era el sol que le tostaba la piel y le aclaraba aún más el pelo. Era el agua que la acariciaba. Era la arena blanca, el cuarzo brillante, la luna, las siestas calientes, la niebla, las noches de tormenta, la lluvia como agujas, los amaneceres, el huracán, los picos de los montes a lo lejos, los sargazos, los caracoles, el olor a madera, a agua, a algas, a oro.
—Y si no fíjese usted —se guía él muy entusiasmado— en la lucha sorda que se desarrolla acá nomás bajo nuestros pies, en la tierra oscura que sustenta las flores, entre el césped tan bien cortado, al pie de los árboles y de las enredaderas.
¿Será tonto?, se preguntó Silvia. Las mujeres de su familia también le habían asegurado desde chiquita que los hombres eran, en general, tontos, por suerte porque a los tontos es fácil atraparlos. Pero que de vez en cuando había uno que no lo era, que se escabullía y que reivindicaba a todos los de más; y que ese uno, aunque inasible, valía la pena.
Hasta esa noche Silvia se había encontrado unos cuantos que no valían la pena y con algunos que sí valían: tres; cuatro si contaba al poeta (él decía que era poeta) que tocaba la guitarra arrimadito al fuego prendido por los mochileros aquella noche de casi invierno en dónde, ¿en dónde había sido? Bueno, se dijo, no será la primera vez que me acuesto con un tonto.
Hay que decir que le costó poco. Él pensaba que ella era perfecta y que nunca había conocido a una mujer que lo escuchara con ese arrobamiento. Ella pensaba que la playa se ría el mejor lugar pero que si él la llevaba a su casa tampoco estaría mal.
Fue en la playa. Ella le dijo algo sobre la luna y agregó que la naturaleza puede ser cruel pero que también es de una belleza deslumbrante. Así le dijo: “de una belleza deslumbrante”.

—Asomémonos a la playa —le dijo— y va a ver que no estoy equivocada.
Se escaparon de la fiesta y bajaron a la playa. Él le daba la mano para que no resbalara con esos tacos altos y esa falda plateada y angosta. Ella pensaba en qué dirían las mujeres de su familia y sonreía. También pensaba que los hombres son deliciosos, cosa con la que las mujeres de su familia solían estar de acuerdo en esas tardes en las que se sentaban en las rocas cubiertas de musgo y al gas para ver ponerse el sol y hablaban y cantaban perezosamente hasta que caía la noche. Él le rodeó la cintura con un brazo. Ella reclinó la cabeza en el hombro de él. Él pensó que el pelo de ella era como de oro.
La arena estaba tibia todavía, después de un día de sol rabioso. Él le desprendió la blusa. Ella le ayudó con la camisa. Era tonto pero bastante hábil y ella sabía cómo guiarlo.
—Me gustó mucho —dijo ella—, muchísimo. Él rodó a su lado, cerró los ojos y se adormeció. Ella se levantó, dejó caer la blusa de lamé, se ajustó la falda. Se inclinó sobre él y lo fue arrastrando hacia la orilla. Se metió despacio en el agua oscura, con él, mientras la piel brillante la iba cubriendo de la cintura para abajo. Con un golpe de la cola se fue hundiendo hacia lo profundo, contenta, sonriendo. Él soñaba con abismos azules sin saber aún que la naturaleza no sólo no es cruel sino que es infinitamente generosa.
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