
¿Qué es la posmodernidad? ¿Una época, una ideología, una conspiración? ¿Un periodo histórico, una lógica cultural propia del capitalismo tardío, un nuevo arte? Su propio nombre es paradójico, porque, ¿cómo puede ser algo más moderno que lo moderno, es decir, post-moderno?
El concepto resulta tan confuso, contradictorio y vago que no está de más detenernos a definirlo dada su importancia para entender el mundo actual. Tomaremos para ello un referente compartido por todos: la fábrica de sueños, el cine de Hollywood.
Fijemos entonces qué es la modernidad primero. La modernidad es la lógica histórica que ha dominado el mundo desde la Ilustración y hasta el siglo XX. Es la democracia y la separación de poderes, el liberalismo económico y el desarrollo del capitalismo (también su contrarrelato, el marxismo), la razón, el progreso y la ciencia, el ansia por clasificar el mundo y jerarquizarlo.
Pero también es su cara B: el colonialismo y la esclavitud, el racismo sistemático, el desastre medioambiental. La modernidad también son esas dos guerras mundiales: el dominio de la tecnología para arrasar ciudades y perpetrar genocidios nunca vistos.

Durante ese terrible siglo XX afloran las grietas de la modernidad. Se acaba la fe en un único relato. Ya no es que la religión no nos sirva, es que tampoco la fe en la ciencia parece llevarnos a un sitio muy luminoso. Freud, Marx, Darwin… todos esos señores en los que tanto se confió en otro tiempo parece que ya no pueden darnos respuestas. ¡Maldición! Surge entonces la posmodernidad, que es tanto la reacción decepcionada a la modernidad como su siguiente capítulo lógico.
¿Y el cine?
El cinematógrafo es un invento de la revolución industrial. Fotografía y luz eléctrica: ¡magia! Encaja por lo tanto en el proyecto moderno, y de hecho las vanguardias modernistas se dan cuenta enseguida, a las pocas décadas de haberse inventado el cine.
Y como todo va tan rápido, le llega enseguida su momento posmoderno. Hay quien dice que el cine es el medio posmoderno por excelencia. Un medio hecho de pastiche y mezcla (el montaje), sin un autor claro (miren si no los títulos de crédito de cualquier película), que borra de manera efectiva la frontera entre la alta y baja cultura.
Pero decir que todo cine es posmoderno puede confundir más que ayudar. Según Fredric Jameson si el capitalismo puede dividirse en capitalismo de mercado, imperialista y multinacional, el cine habría atravesado ya tres fases análogas: el periodo clásico, el modernista y el posmodernista. Tan rápida va la historia del cine que se apelotonan en ella, en unas pocas décadas, las diferentes fases que la humanidad ha atravesado a lo largo de siglos.
El cine clásico, centrado en el realismo y basado en convenciones narrativas reconocibles, marca el florecimiento y la expansión de Hollywood a comienzos del siglo XX. El cine moderno empieza con los grandes autores de mediados de siglo (Welles, Hitchcock, Fellini, Bergman) y sigue con los movimientos rupturistas: el neorrealismo italiano, la nueva ola francesa, el nuevo cine alemán. El cine clásico queda completamente absorbido, procede ahora romper sus reglas, exponer y hasta parodiar sus convenciones.
Pero esta ola pasa rápido: llega la fase posmoderna. Un cine que conoce a la perfección tanto el periodo clásico como las rupturas modernistas, pero que las da por amortizadas. Ahora toca jugar con los despojos. Así:

1) Intertextualidad: En la película de animación Antz (1998) las hormigas bailan igual que Mia y Vincent en Pulp Fiction (1994). Woody Allen recrea en Sueños de un seductor (1972) el final de Casablanca (1942). Repite un diálogo y dice: “Es de Casablanca, he esperado toda mi vida para poder decirlo”. Estas alusiones son retos a la memoria, invitaciones a la participación del espectador, más identificado con el autor y las referencias culturales que con la propia historia relatada.
Una idea subyace a esta intertextualidad constante: ya lo hemos visto todo. No somos capaces de vivir una escena romántica sin hacer referencia irónica a otra escena romántica que hayamos visto en el cine.

2) Hiperrealidad: La ubicuidad de cámaras y pantallas son elementos recurrentes de las películas posmodernas, desde Blue Velvet (1986) a Blade Runner (1982), y el tema central de películas como El show de Truman (1998). Bienvenidos a la sociedad de la imagen. Una sociedad que crea y consume imágenes compulsivamente. Tanto es así que a veces ya solo entendemos el mundo a través de las imágenes que hemos creado de él. Es lo que Jean Baudrillard llama la hiperrealidad.
Las imágenes creadas se convierten en algo más real que la propia realidad. Todos somos más guapos en Instagram. Y cuando la realidad nos golpea de manera extraordinaria, por ejemplo, con los atentados del 11-S, apenas podemos musitar: “Parece una película…”.

3) Mezcla: Como ya lo sabemos todo y no respetamos nada, existe una bula posmoderna que dice que todo se puede mezclar. Como en Memento (2000), todo es fragmentario, caótico, mezcla. También los géneros. El laberinto del fauno (2006) parece un drama histórico sobre la posguerra civil y se acaba convirtiendo en una película fantástica con criaturas sobrenaturales. ¿Ficción y realidad? Mezcla pura. En El proyecto de la Bruja de Blair (1999) nunca sabemos si ese “metraje encontrado” es cierto o no. Exit Through the Gift Shop (2010) adopta la forma de un documental pero se desliza sin darnos cuenta hacia la ficción.
Todas estas transgresiones hablan de lo mismo: las categorías que conocíamos y parecían tan naturales no eran más que convenciones que pueden revertirse. Pura posmodernidad.
4) Ironía: Nada es auténtico, riámonos de todo. La sociedad posmoderna, en su vertiente reaccionaria, se ha resignado a no poder cambiar nada y opta por no tomarse nada en serio. En el cine es hacer una película de desastres y llamarla Disaster movie (2008). Es mezclar películas de tiburones y tornados y hacer Sharkanado (2013), la historia de un tornado de tiburones. Es lo gore, tan exagerado y tan ketchup que da la risa.
5) Nostalgia: La posmodernidad dice que la historia ha terminado, que ya nada nuevo puede esperarse. En el cine esta idea adopta la forma de la nostalgia. Revisitaciones de géneros clásicos, estética retro, remakes, secuelas y precuelas. En Grease (1978) se recrean los años 50 norteamericanos, esa época dorada y conservadora. En El club de la pelea (1999), la vieja masculinidad se echa tanto de menos que los hombres quedan para darse golpes hasta perder el sentido. ¿Qué es Drive (2011) sino la vuelta del cowboy solitario?
Cualquier tiempo (y cine) pasado fue mejor: lema reaccionario (y posmoderno) por antonomasia.
Originalmente publicado en The Conversation.
SEGUIR LEYENDO:
Últimas Noticias
Cuando el dolor se convierte en arte: la fascinante vida de Van Gogh y el enigma de La noche estrellada
Desde su cumpleaños más difícil hasta experimentos científicos modernos, el legado de esta obra revela una increíble conexión entre la mente del artista y los misterios del universo

Alfredo Spampinato, la pintura bajo un sol tremendo
La muestra “Oro en el campo”, en galería Calvaresi, presenta el legado pictórico del artista, quien documentó la transformación del conurbano a través de una técnica obsesiva y una aproximación personal al color

Amigo de Warhol, Basquiat y Blondie: el rapero que transformó la escena cultural de Nueva York
La habilidad del artista Fab 5 Freddy para conectar escenas diversas y desafiar prejuicios permitió el desarrollo de nuevas formas de expresión, consolidando una influencia permanente en el panorama artístico y musical urbano

“Eres lo que recuerdas”: por qué Norberto Bobbio desafía el mito de la vejez sabia
La mirada crítica del autor invita a ver los años finales no como un premio moral, sino como una etapa llena de preguntas

La belleza de la semana: Isabella d’Este, la gran dama del Renacimiento
Mecenazgo, diplomacia y legado. La historia de cómo la marquesa de Mantua redefinió la relación entre arte, política y diplomacia, dejando una huella indeleble en los cimientos culturales y sociales de Europa occidental



