
Un mundo femenino, inquietante, con una mirada surrealista desde lo onírico, y profundamente bello. Así son las pinturas de la estadounidense Andrea Kowch (Detroit, 1986), como puede apreciarse en El Cabo, un acrílico sobre lienzo que se encuentra en una colección privada.
Hay elementos que se repiten en la obra de la artista: principalmente esas mujeres, que solas o en grupo, parecen enfrentar el caos, un clima hóstil en el que guardan cierta serenidad, como una metáfora de una vida que les plantea desafíos, pero ellas se mantienen firmes, inmaculadas en un punto. Ellas están allí por persistencia, ellas están allí porque existen, porque tienen sus objetivos.
Las mujeres de Kowch suelen estar de alguna manera desalineadas, en especial sus cabelleras, que es donde -más allá de los escenarios de sus obras- se aprecia ese contraste con sus expresiones. En ese sentido, expone una belleza que rompe con las convenciones de la estética, de lo que se espera.

En el caso de El Cabo podemos apreciar un encuentro, donde las tres protagonistas realizan acciones diferentes: la que toca el violín, la que danza y la que toma el té, quien a su vez, observa desafiante al espectador. La vida sigue mientras el viento arrecia, como se observa en las cabelleras, las velas que parecen recién apagarse por su estela de humo, el moviento del pasto algo árido y esas olas en un mar revuelto.
Otra marca de estilo son sus pájaros. Pueden aparecer como en la película de Hitchcock, tomando protgonismo, o como observadores de la escena. También pueden surgir otras presencias aladas, como mariposas, aunque eso no descarta a otros animales en su trabajo. En este caso, se incluyen perros y cangrejos. Uno de los canes compite sobre la mesa con una de las aves por el alimento, mientras que el otro sobrevive gracias a los usos y costumbres de la domesticación, pidiéndole a su posible dueña que lo alimente. Así, retrata la dualidad de la naturaleza, entre lo salvaje y lo cotidiano.

“El paisaje y la naturaleza son siempre una presencia activa y determinante en las historias de mis personajes. Siempre fascinada y conmovida por la austera belleza del mundo natural, mi pintura habla en gran medida de la poderosa conexión de ser uno con la naturaleza”, dijo.
En su estilo hay algo de la escuela holandesa del XVII, retratando escenas de la vida cotidiana, esas que llaman de género, con cierta textura prerrafaelita en la composición de colores y escenarios del interior de EEUU que podrían ser salidos del pincel de Andrew Wyeth.
Kowch no trabaja con modelos, sino con conocidos como familiares y amigos. En ese sentido, asegura que las personalidades influyen en la construcción de la obra. “Cada uno tiene una cualidad específica que es única y, a menudo, esa cualidad particular resulta ser una que yo también poseo o con la que resueno en algún nivel oculto, como si cada uno de ellos, de una forma u otra, fuera una extensión de mi, y ese es un factor que me atrae hacia ellos y, posteriormente, me inspira a incluirlos en mis escenas”, dijo en una entrevista con Medium.

Y agrega: “Físicamente, me atraen los rostros y las figuras que, al igual que sus personalidades, también desencadenan una respuesta emocional dentro de mí. Esto sucede de forma muy natural y surge de la nada. Mis modelos poseen una belleza natural y una realidad que comienza desde adentro y se irradia a través de su forma física: características clásicas que emanan una atemporalidad, lo cual es muy importante en mi trabajo, ya que mi tema anula cualquier período de tiempo específico”.
Andrea Kowch se dedicó a la pintura desde su infancia, cuando comenzó a pintar a su hermana como musa. Luego tuvo una formación en el College for Creative Studies, donde fue becada, y se graduó Summa Cum Laude con una licenciatura en 2009, con doble especialización en Ilustración y Educación Artística.

Ha recibido numerosos premios en varias exposiciones con jurado de ámbito regional, nacional e internacional, y ha expuesto en varias exposiciones individuales y colectivas en museos y galerías, como la RJD Gallery de Nueva York, el Museo de Arte de Muskegon, el Museo de Arte Contemporáneo (MOCA) de Jacksonville, el Museo de Arte de Grand Rapids, ArtPrize, Art Basel Miami, el Salón de Arte de Los Ángeles, ArtHamptons y SCOPE NYC, que en 2012 nombró a Andrea una de las 100 mejores artistas emergentes del mundo.
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