
I
Sus anteojos redondos, su flequillo recto, su bigote, su forma de hablar y de presentarse en sociedad lo convertían en un artista excéntrico. Léonard Tsuguharu Foujita explotó esa veta sin descuidar el trabajo importante: crear una obra consistente, singular, provocadora y sensible.
“Se dio cuenta de que sus propios rasgos estaban intrínsecamente ligados a la reputación que había forjado”, escribe la crítica de arte Kate Kangaslahti.
Nació en Tokio, Japón, año 1886. Se graduó en la Universidad Nacional de Bellas Artes y Música de Tokio en 1910, y en 1913, luego de divorciarse, se fue a París. Ahí empieza su vida artística, donde comienzan a crecer, casi a la par, su obra y su imagen. Tenía 27 años y una enorme carrera por delante.
El año 1917 es importante: debuta con una exposición individual en 1917 en París y se casa con la modelo Fernande Barrey, aunque se separa enseguida. Luego, en 1922, participa en el Salón de Otoño con mucho éxito.
Desde Japón lo siguen, por eso lo nombran miembro de la Academia de Artes de Tokio. Cuando regresa a su país, pocos años después, lo reciben como a un genio. De alguna manera lo era.
II
En 1931 pinta Autorretrato, uno de los cien que hizo en vida. Es una obra preciosa y extraña. Está en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. Es una pieza de un metro de alto y 65 centímetros de ancho. Los materiales: tinta y óleo sobre tela.
“Esta obra proyecta la imagen distintiva que Foujita comenzó a cultivar poco después de su llegada a París. Imagen que, a los 45 años de edad, permanecía inalterable desde hacía mucho tiempo”, escribe Kate Kangaslahti en un texto que puede leerse en la página del MNBA.
Y agrega que “se distinguió por su búsqueda de originalidad ex nihilo y su convicción de que la verdadera innovación estaba más allá del alcance tanto de la tradición japonesa, en la cual él en un principio había sido educado, como de la mera emulación de las técnicas europeas practicadas por sus pares”.
En el cuadro vemos al Foujita personaje en su estudio, sentado al estilo oriental, justo a punto de que la hoja en blanco deje de serlo.
La escena se completa con las herramientas de trabajo, un cuadro de una mujer desnuda, los cigarrillos que tanto adoraba y, sobre sus piernas, su gato Miké, fiel compañero.
III
Su estilo simétrico fusionaba el medio tradicional de la tinta china —conocido como sumi— con la pintura al óleo más propia de este lado del planeta. La crítica de entonces lo definió como “una amalgama entre la estética oriental y la occidental”.
El mismo año que pinta Autorretrato, deja París y emprende un largo viaje por América que lo lleva a conocer Brasil, Argentina, Bolivia, Perú, Cuba, México y Estados Unidos. De pronto, el mundo entero está interesado en su obra.
En cada lugar que pisa absorbe conocimientos con curiosidad e interés. ¿No es, acaso, lo que hacen los grandes artistas?
En 1940 parte a Japón y desde allí vive la Segunda Guerra Mundial. Pero no se queda quieto, sigue viajando. En 1950, al volver a París, decide nacionalizarse francés. También decide convertirse al catolicismo. Se bautiza en 1959 con el nombre de Léonard y así completa su identidad: Léonard Tsuguharu Foujita, como hoy todos lo conocemos.
Pasa sus últimas décadas en una pequeña casa en Villiers-le-Bâcle, en el valle de Chevreuse, envuelto en una aura mística, junto a su esposa, Madelaine. Muere el 29 de enero de 1968 en Zúrich, Suiza, de cáncer.
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