
La obsesión de Edgar Degas con la danza va mucho más allá de un simple gusto, una simple afición. En casi la mitad de las 1.500 piezas —las pinturas, dibujos y esculturas que se contaron tras su muerte— hay bailarinas. Ahondaba en los cuerpos femeninos que giraban en el aire, que hacían piruetas con sus estilizadas extremidades, y buscaba, con su pincel, con la fuerza del impresionismo, captar los movimientos imposibles de esas mujeres.
Durante la época que más pintó este artista —la segunda mitad del siglo XIX— el ballet no era considerado un espectáculo refinado, como sí lo es hoy. “En aquellos tiempos, se asociaba de algún modo a la prostitución (...) La inmensa mayoría del público del Teatro de la Ópera de París eran hombres acomodados de mediana edad que, más que la danza, lo que iban a ver era la desnudez de brazos y piernas de las bailarinas”, cuenta Rafael Bladé en la revista Historia y Vida.
Edgar Degas nació bajo el nombre de Hilaire-Germain-Edgar De Gas en París el 19 de julio de 1834, siendo el mayor de los cinco hijos de Célestine Musson y de Augustin De Gas. Su madre venía de una rica familia de Estados Unidos, su padre era un respetado banquero. Tenía 11 años cuando comenzó a estudiar en el Lycée Louis-le-Grand mientras practicaba, solo, tranquilo, en su casa, el dibujo y la pintura. En 1853, tras graduarse en literatura, abrió un estudio de arte en su casa.

Durante esos años ingresa en la Universidad de París a estudiar leyes porque su padre se lo pide. Le hace caso, aunque con desgano. Toma algunas clases pero no encuentra ninguna motivación. Hasta que conoce a Jean Auguste Dominique Ingres, de quien era un gran admirador. El respetado pintor le da un consejo que hace que las cosas para él se vuelven muy claras: “Dibuje líneas y más líneas, joven, tomadas de la realidad y de la memoria. Así se convertirá en un buen artista”.
Ese mismo año logra ingresar en la Escuela de Bellas Artes y su sueño de ser artista empieza a tomar forma. En 1856 se va a Italia y se instala durante tres años. Recorre museos, se sienta frente a las grandes obras renacentistas —Miguel Angel, Rafael, Tiziano— y las copia en su cuaderno. Practica así, con detalle y minuciosidad pero también con creatividad, reinventando a los clásicos. Vuelve a París en 1859 con la certeza de que su destino es el arte.

Degas disfrutaba como pocos los placeres de la Belle Époque, ese período de la historia francesa entre la Guerra franco-prusiana de 1871 y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914. En esas poco más de cuatro décadas el arte y la bohemia fueron bandera. Ir a ver el ballet era su salida preferida. Dicen que podía ver una misma función treinta veces. Antes y después del espectáculo bebía y conversaba en el foyer con artistas e intelectuales de la época.
Cuando comenzó a pintar, las postales de la danza ya estaban ahí. El público adoraba su estilo impresionista pero también los temas que elegía. De a poco se convirtió en uno de los intelectuales del movimiento impresionista y en un gran cronista pictórico de su tiempo. Solía decir que el ideal de la fama era que todos hablen de él y amen sus obras pero que nadie lo conociera, para poder caminar tranquilo por cuanto lugar quisiera.
“Por el influjo de la fotografía y de los grabados japoneses, Degas crea un espacio pictórico descentrado y truncado. Para él la realidad, transitoria e incompleta, debía ser plasmada de forma fragmentaria. La fugacidad de la acción es captada con los trazos rápidos de la técnica del pastel, que el pintor aplica con gran virtuosismo”, escribe Paloma Alarcó sobre la obra que hoy presentamos como belleza del día: Bailarina verde, cuyo título original era Bailarina basculando.

Pintado entre 1877 y 1879 —se desconoce la fecha exacta—, este cuadro está hecho con pastel y gouache sobre papel. Mide 64 centímetros de alto por 36 centímetros de ancho. Uno de los primeros dueños del cuadro —sino el primero— fue el pintor británico Walter Sickert, un gran admirador de Degas. Ocupaba un lugar privilegiado en su casa en West Hampstead. Lo llamaba Bailarina verde, posiblemente por indicación del propio Degas.
Esta colorida, fascinante y conmovedora obra se encuentra hoy en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, en Madrid, España. Junto con Músicos en la orquesta (1872. Instituto Städel), La clase de ballet (1871-74. Museo de Orsay) y Ensayo (1878–1879, Museo Metropolitano), entre tantos otros cuadros, forman una serie, la de su obsesión por el ballet. Una vez la coleccionista estadounidense Louisine Havemeyer le preguntó por qué pintaba tantas bailarinas.
—Porque, madame, sólo en ellas puedo redescubrir el movimiento de los griegos —respondió el artista.
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