
El pintor-poeta, le decían sus contemporáneos. Isaak Levitán había magia en el lienzo. Su obra es la cumbre del paisajismo ruso del siglo XIX y muchos críticos de arte consideran que nadie, absolutamente nadie, captó como él el paisaje ruso: sus ligeras pinceladas imitan las sutiles gradaciones de la espesa luz solar y sus sombras. Por momentos el espectador se olvida que lo que ve es una pintura.
En todas sus obras se aprecia esa habilidad. Por ejemplo, La morada tranquila, un cuadro pintado en 1890 de 87,5 centímetros de alto y 108 de ancho que forma parte de la colección de la Galería Estatal Tretyakov en Moscú, Rusia. El artista retrata allí, en el Volga, los monasterios, un río —el reflejo borroso del mundo—, un puente que continúa en un sendero que se mete en el bosque y el sol bañando el paisaje.
En 1891 se exhibió en la 19ª Exposición de la Asociación de Exposiciones de Arte Itinerantes, que tuvo lugar en San Petersburgo y luego en Moscú. Todos quedaron maravillados. Los espectadores recorrían las obras y cuando pasaban frente a La morada tranquila se quedaban varios minutos observándola. Desde entonces, Levitán se volvió una figura imprescindible en el arte de la época.

El escritor Antón Chéjov, de quien luego se haría muy amigo, visitó esa exposición y le escribió a su hermana, María, en una carta fechada el 16 de marzo de 1891 donde le contaba lo que estaba viviendo: “Estaba en una exposición itinerante y vi cómo Levitán celebra el onomástico de su magnífica musa. Su imagen aquí causa sensación. En cualquier caso, su éxito no es ordinario“.
También aparece este cuadro en su cuento “Tres años” (1894): “En primer plano hay un río, al otro lado un puente de troncos, al otro lado un camino que desaparece en la hierba oscura (...) Y en la distancia el amanecer de la tarde se apaga (...) Y ella quería caminar, caminar y caminar por ese sendero. Y donde estaba el amanecer de la tarde, el reflejo de algo sobrenatural, eterno descansaba”.
Un tal Alferov compró este cuadro en 1891 por 600 rublos. Luego, con la agitación social y política, la Revolución Ruso y la caída definitiva del zarismo, se perdió. Nadie sabía dónde estaba esta gran obra de Levitán. Hasta que apareció en 1960. El destino la ubicó en la Galería Estatal Tretyakov para que todos los rusos, pero también todos los extranjeros que viajan a Moscú, puedan disfrutarla.

Isaak Ilich Levitán nació en Kybartai, Lituania, en 1861. Su familia era judía y pobre. Su padre era un profesor de idiomas que cuando se supo que su hijo quería ser pintor y comprobó sus habilidades, decidió que había que aapoyarlo. Se organizaron de tal forma que se mudaron todos a Moscú. Así fue que el joven Issak estudió en la academia y a los 19 años, ya recibido, comenzó a pintar frenéticamente.
Su primer cuadro, Paisaje en otoño (1880), fue comprado por el célebre coleccionista Pável Mijáilovich Tretiakov. Gracias a este mecenas obtuvo una beca para estudiar en París. Fue la única vez que salió de Rusia, pero le alcanzó. Allí conoció a las obras de Jean-Baptiste Camille Corot y quedó maravillado. También obtuvo la influencia del estilo de Camille Jacob Pissarro.
Durante ese viaje en 1890 aprovechó para recorrer otros países como Alemania e Italia, donde pasa varios meses. Al volver a Rusia, sólo tenía que pintar. Y así lo hizo. Aunque siguió viajando: hizo turismo interno. Fue al Volga a pasar el verano y el otoño. Allí fue que, como cuenta su biógrafa Sophia Prorokova, “le encantó un monasterio ubicado en el bosque en la orilla opuesta cerca del gran lago Crooked”.
Luego aparece la imaginación del artista que mezcla elementos y configura una imagen que sólo parece existir en los sueños porque usa de prototipo al monasterio de Savvino-Storozhevsky cerca de Zvenigorod, así como también al monasterio Krivoozersky junto a Yuryevets en el Volga. Además, el diseño del campanario lo toma de la Cathedral Hill en Plyos.

A los 37 años fue nombrado miembro de la Academia Imperial de las Artes y director del Departamento de Pintura de Paisajes. Era joven, le esperaba un futuro lleno de arte y distrinciones, pero no pudo ser: murió a los 39 años. Una enfermedad pulmonar se llevó a Levitán de este mundo para siempre. Podría haber pintado mucho más, sin embargo dejó una prolífica y cuantiosa obra.
En 1979, la astrónoma sovética Lyudmila Zhuravlyova descubrió un planeta menor o planetoide, como se lo solía llamar entonces. Es el número 3566. Cuando le tocó bautizarlo con un nombre, decidió ponerle Levitán, en honor al pintor. Un homenaje, pero también un gesto poético en el espacio. Como si Isaak Levitán hoy viviera en ese cuerpo celeste y desde allí mirara el universo, serenamente, para luego retratarlo.
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