
I
Adélaïde Labille-Guiard siempre hizo lo que quiso. Desde chiquita. Cuando su padre —mercero, dueño de la boutique de moda À la toilette, ubicada en la rue de la Ferronnerie— le preguntó si estaba segura que lo que quería para su vida era dedicarse al arte, ella le dijo: “¡Por supuesto!”. Nació en París en 1749, en los años previos a la Revolución Francesa, siendo la menor de ocho hermanos, de los cuales muchos murieron durante la infancia.
Tenía mucho talento, de eso nadie tenía dudas, pero algo más: dedicación. Podía pasar días enteros pintando minuciosamente un solo cuadro. Aprendió a pintar miniaturas con François-Elie Vincent y óleo con su hijo François-André, de quien siempre estuvo enamorada. Él era apenas tres años mayor. Compartían, no sólo el interés por la disciplina estética, también una sensibilidad especial. La vida los encontraría más tarde. No en ese entonces, que era momento de pintar.
Así fue que Adélaïde llegó a exponer en la Académie de Saint-Luc. Ensimismada durante años en sus obras y trabajando para que sean expuestas en galerías y muestras colectivas, un día conoció a Louis-Nicolas Guiard y se casó en 1769, a los veinte años. Un impulso romántico, un rapto de pasión, algo que creía para toda vida. En 1777 se separa —aunque conserva el apellido— y decide que es hora de ganarse la vida pintando.
II
En 1783 el destino da un giro: la Real Academia de Pintura y Escultura la acepta como miembro. La aceptan a ella y a otras tres mujeres, algo poco habitual. Enseguida los pintores varones, que no querían perder el status, presionan para que compitan entre ellas. Entre esas cuatro mujeres estaba Vigée-Le Brun, para muchos la mejor. Es difícil precisarlo porque ambas son realmente buenas. Ellas se habrán reído de la ridícula competencia.
Y si bien muchos críticos creían que Vigeé-Le Brun era la mejor, Adélaïde sorprende con un cuadro formidable: Autorretrato con dos alumnas —su título original incluye los nombres de las mujeres: Autorretrato con dos alumnas, Marie Gabrielle Capet y Marie Marguerite Carreaux de Rosemond—, pintado en 1785 y expuesto en el Salón de París ese mismo año. Tiene 210.8 x 151.1 centímetros. Hoy está en el Museo Metropolitano de Arte (MET) de Estados Unidos.
Es un óleo sobre lienzo del estilo rococó que tiene dos elementos que podríamos definir como políticos. Por un lado, muchos historiadores la consideran la primera pintura que muestra a un profesor con sus alumnos; en este caso, profesora y alumnas. Y por otro, el protagonismo que tienen estas mujeres no es el de la pasividad de la belleza retratada sino que visibiliza a tres trabajadoras del arte en pleno proceso creativo.
III
Hacia 1870, Adélaïde Labille-Guiard seguía haciendo lo que quería. Su objetivo era presionar para que más mujeres pinten y puedan aportar una perspectiva que hasta ese momento era mínima. Tomó varias alumnas y se pasaba tardes enteras enseñándoles y también conversando. La mujer de la izquierda, por ejemplo, Marie Gabrielle Capet, era una de sus estudiantes favoritas. Vivió con ella en su casa y con su nuevo marido.
Es que se volvió a casar. Tenía cincuenta años. Su gran amor, el de la infancia y la adolescencia, su amigo, su confidente, su compañero, su maestro: François-André Vincent. Desde entonces, algunos de sus cuadros los firmó como Madame Vincent, pese a que era conocida por el apellido de su esposo anterior. Fue durante esa época que consiguió el mecenazgo de la tía de Luis XVI de Francia, la princesa María Adelaida: una pensión gubernamental de 1000 libras.
Le hizo muchas obras por encargo, entre ellos el Retrato de María Adelaida, expuesto en 1787, la obra más grande y tal vez la ambiciosa que haya realizado. Pero estas conexiones con la realeza le trajeron problemas cuando estalló la Revolución de 1789. Era simplemente un error: ella no era conservadora, de hecho al año siguiente hizo campaña para que la Academia se abriera a la admisión general de las mujeres. Hizo siempre lo que quiso. Murió en 1803.
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