
- Llegaste diez minutos tarde.
Antonella forzó un “perdón” al encargado del local de cotillón.
- Vestite rápido en el depósito mientras te preparo los globos inflados. Te dejé el traje colgado en una percha. Es un poco grande, pero no tanto.
- ¿Qué me toca hoy? - le preguntó Antonella.
- Batman.
Ya había sido Superman, Iron Man y Spiderman. Ahora le tocaba el hombre murciélago. Mientras se vestía, recordó una frase de Batman en “El caballero de la noche”, la película había visto con el nene dos noches antes: “A veces la gente merece más”.
- Más - dijo mientras se ajustaba el pantalón negro.
- ¿Me hablaste? - le consultó el encargado, que andaba por ahí.
Seguro la estaba espiando el muy mierda. Pero, como lo sabía, se ponía los trajes sobre su ropa de calle.
- ¿Te queda bien?
No le respondió. Tampoco lo miró. Pensó en el sueldo del hospital, en la posibilidad de contagiarse.
- Los globos están allá, atados en el mostrador. Son 35. Vendelos todos. Hoy la plaza va a explotar de gente. Ya no se aguantan más adentro de las casas. Ah, y poné buena cara, ¿sí? No importa que uses la máscara, porque se nota si estás enojada o cansada. Hablales bien a los chicos. Si podés, poné voz de Batman. Viste que es media metálica, ¿no? Cada globo vale 50 pesos. Llevate el cambio. Te dejo 500 pesos en billetes chicos. Parate cerca de la fuente porque con este día de calor van a estar todos dando vueltas por ahí. Dale que se hace tarde. Apurate. Vendelos todos.
La despidió tocándole el hombro. Ella lo rechazó con un movimiento. Desató los hilos de los globos, abrió la puerta del local y salió a la peatonal. Caminó tres cuadras hasta la plaza. En el recorrido, lo de siempre.
- ¡Batman, gordo puto! - le gritó uno desde un auto.
- ¡Bajá los postres, murciélago! - bramó otro que iba en colectivo y se bajó el barbijo hasta la pera para que lo escuchara clarito.
Estaba harta. Quería terminar rápido, vender todos los globos, sacarse ese disfraz de mierda, llevarse la plata que fuera y volver a su casa.
- En dos horas vuelvo, hijito.
Le aseguró que regresaría antes de que se hiciera de noche. En realidad, se lo prometió. También que tomarían un helado.
- ¿Cuánto cuesta el globo, Batman? - le preguntó la mamá de una nena.
- Cincuenta - dijo Antonella intentando poner la voz grave.
- Dame dos.
La tarde era calurosa.
- ¿Qué diferencia hay entre el globo azul y el celeste? - le consultó un padre.
- Ninguna - respondió otra vez con voz gruesa.
- ¿Y duran lo mismo? - insistió.
Ya no quiso hablarle más. Dijo que sí con la cabeza y le dio el vuelto de 200 pesos.
La transpiración se le metía en los ojos y le causaba un poco de ardor. Pestañeó varias veces seguidas e intentó refrescarse soplándose con el labio inferior sobresalido. No podía tomar agua mientras trabajaba. Era orden del encargado.
Se le acercó Víctor, el heladero:
- ¿Vendiste algo?
- Tres. Me quedan 32.
- Con esta malaria... ¿Cómo está el nene? ¿Se quedó solo?
- Sí, solo.
Alguien llamó a Víctor desde la zona de los árboles.
- Ya vengo, piba.
Antonella giró y se encontró con un nene, de unos cuatro años, que la miraba a dos metros de distancia. Llevaba un barbijo con la barba de Messi y una camiseta del Barcelona con el número 10 amarillo.
- No me dejan acercarme por el virus - le dijo el nene.
- Hay que cuidarse, por supuesto - respondió con una voz que creía de Batman.
- ¿Y cómo te cuidás? - le preguntó.
- Como vos -le comentó ella.
- Pero fueron los murciélagos los que trajeron el virus.
Antonella pensó en qué decirle. Se le ocurrió:
- Eso dicen el Guasón y el Pingüino.
No se dio cuenta, pero se había olvidado de cambiar la voz. El nene abrió los ojos sorprendido. La miró atento algunos segundos. Solo se desconcentró cuando la madre le gritó desde lejos:
- No tengo plata, Bruno, así que dejá a Batman tranquilo.
Pero en seguida volvió a mirarla.
- ¿Hace cuánto que no luchás? - le preguntó el nene.
Antonella sintió que el sudor volvía a caerle por debajo de la máscara. Tenía la boca seca, el cuerpo cansado, el olor al hospital impregnado en la nariz desde hacía dos guardias. Pensó en el sueldo que no le alcanza, en las tres cuadras de caminata hasta el local, en el encargado que la iba a espiar cuando se sacara el traje en el depósito, en qué le respondería cuando la viera llegar temprano. Pensó en Batman, en Christian Bale, en su hijo. “A veces la gente merece más”, recordó. Pasó uno de los globos -color verde- de la mano derecha a la izquierda y le dio a Bruno el resto, los 31 que le quedaban.
- Cuidate mucho - le pidió Antonella con su voz, porque ya no quería disimular.
Giró y empezó a caminar de espaldas a la peatonal. Había dado algunos pasos cuando escuchó que el nene la despedía gritándole:
- ¡Chau, Batichica!
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