
I
Durante la Última Cena, según el Evangelio de Juan, Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y comenzó a lavarle los pies a sus discípulos, uno por uno. Es una escena que trasciende las culturas, religiones y regiones del mundo. Es una escena que ya forma parte de la mitología de la civilización humana.
Son muchísimos los artistas que han representado ese momento, no sólo el de la Última Cena, también el momento en que Jesús lava los pies de los apóstoles, un símbolo de la vocación de servicio, la humildad y la igualdad.
Quizás una de las mejores y más recordadas representaciones es la de Tintoretto, cuyo nombre era Jacopo Comin. El cuadro se titula El lavatorio y fue pintado entre 1548 y 1549. Hoy se encuentra expuesto en el Museo del Prado de Madrid, España, como depósito de Patrimonio Nacional.
II
Tintoretto nació y murió en Venecia. Vivió 76 años, entre 1528 y 1594. Se lo considera uno de los grandes pintores de la escuela veneciana y representante del estilo manierista.
Por su “fenomenal energía y ahínco a la hora de pintar” fue apodado Il Furioso. Su uso dramático de la perspectiva y las forma en que proyecta la luz en las composiciones lo convierten en un precursor del arte barroco.
Tiene una enorme producción artística: La Virgen con el Niño, san Lucas y san Marcos, El asedio de Asola, Moisés hace manar agua de la roca, La huida a Egipto, El paraíso, Cristo en el lago Tiberíades, Susana y los viejos y el genial San Marcos liberando al esclavo, sólo por nombrar algunos.
III
Para muchos historiadores del arte, El lavatorio es un cuadro peculiar dentro de su obra.
¿Y qué vemos allí? Un enorme templo donde se desarrolla la Última Cena, con la mesa y los discípulos en torno a ella. En el centro hay un perro, lo que le quita solemnidad a la escena. Detrás, los apóstoles descalzándose, todos representados con un borde dorado alrededor de sus cabezas.
En un extremo, el episodio de tensión: Pedro se niega a que Jesús le lave los pies. Sin embargo, este le insiste, le explica la importancia de la humildad, de la igualdad, hasta que finalmente Pedro acepta. De fondo, arquitecturas clásicas de una ciudad que recuerda a Venecia, inspiradas en las ilustraciones de Sebastiano Serlio.
IV
Tras la muerte del pintor, al cuadro lo adquirió Ferdinando Gonzaga, VI Duque de Mantua, y comenzó a pasarse de mano en mano: en 1627, lo adquirió para Carlos I de Inglaterra el comerciante flamenco Daniel Nys, luego un tal Houghton lo compró por 300 libras en 1651 y lo vendió en 1654 a Alonso de Cárdenas para Luis Méndez de Haro, quien lo regaló a Felipe IV.
Entregado a Felipe IV, el soberano lo destinó al Escorial, donde Velázquez lo situó en el centro de la sacristía. Desde entonces se la trató como la gran obra que era. Esto se cuenta en el texto curatorial que acompaña el cuadro en el Museo del Prado.
Y allí está ahora, imponente, histórico, reluciente, colorido, lleno de vitalidad, listo para que los ojos de los espectadores que habitan la actualidad se lo devoren.
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