
El mismo día que se declaró la pandemia en el mundo, recibí la noticia del premio Anna Seghers. Fueron dos sensaciones muy profundas y opuestas. Por un lado, se despertaba el miedo y la conmoción ante el nuevo mundo que comenzaba a modelarse como una tormenta implacable. Por otro lado, la alegría de semejante honor instalaba más que la sensación de repliegue, la necesidad de compartir, de encontrarse, de ir hacia adelante. En esa nueva realidad, en donde ninguna certeza hasta entonces conocida podía darnos cobijo, volví a leer Tránsito. “Cuánto había envejecido el mundo ese año”, exclama el narrador camino a Marsella. La tensión que cruza la novela entre desarraigo, violencia política y escritura siempre me conmovió y me pareció muy cercana por muchos motivos. En la primera lectura, hace muchos años, cuando descubrí la obra de Anna Seghers, la novela me había permitido, si es que eso es posible, aproximarme a la experiencia del viaje de mi madre, a la historia de mi madre. Una historia que, por cierto, no tiene nada de extraordinario, se parece a la historia de tantos inmigrantes que llegaron a la Argentina después de la guerra, pero, de todos modos, algo de ese viaje perdura aún como una huella abierta en la memoria familiar y me ofrece, así lo creo, una posibilidad de habitar la literatura.
Cuando mi madre tenía cinco años viajó con mi abuela, una muchacha de apenas veinte, en barco, las dos solas, desde un pequeño pueblo en una colina del Abruzzo hasta la Argentina a mitad del siglo XX. Mi abuelo las estaba esperando porque había viajado previamente para explorar el lugar. Mi abuelo estaba aún aturdido por la guerra. Pasó cinco años desplazándose de un lugar a otro como artillero en distintos escenarios –siempre hablaba del norte de África, del viento caluroso en el norte de África–. Cuando cayó Mussolini fue capturado por los alemanes y detenido hasta el final de la guerra en una barraca, nunca supo ubicar muy bien dónde lo habían confinado. Allí realizó trabajos forzados y encadenado aunque nunca lo dijo abiertamente, siempre lo insinuaba, siempre daba a entender; y de lo poco que contaba sin pudor de ese tiempo era que cultivaban papas, todo el día, montañas de papas. Cuando regresó de la guerra lo esperaba, inevitablemente, la tierra arrasada. Por esos años empezó a escuchar historias de un lugar llamado Argentina. Acá había parientes, tíos, que ya estaban instalados y le enviaban cartas contándole que ellos tenían la suerte de poder comer todos los días. Esa fue la clave para que mi abuelo decidiera vender lo poco que tenían –un burro y algunas herramientas– y se marchara primero él, después su mujer y su pequeña hija, es decir, mi madre, en 1951.
Se instalaron en un pueblo de la pampa húmeda donde muy pocos hablaban italiano. Mi abuelo trabajaba en la usina eléctrica, mi abuela levantaba las paredes de una casa nueva y mi madre cultivaba una soledad tan inmensa como el campo que la rodeaba. Aprendió el español con el rigor de la disciplina escolar: se le impuso así una lengua y, con esa lengua, un olvido. Si quería avanzar en la escuela debía borrar cualquier vestigio de su lengua materna. En la adolescencia empezó a escribir. Esa larga soledad solo podía descifrase en la escritura. En la precisión de las palabras. En los poemas que iba dibujando y le permitían perfilar, secretamente, un territorio verdadero e imposible de perder.
Pero con los años, con los hijos, con los trabajos y las obligaciones fue dejando de escribir. Una tarde de mudanza aparecieron unos cuadernos. Mi madre dijo que eran personales. Bastó con que dijera eso para que yo quisiera leerlos. Me dijo, tras mi insistencia, que era un diario que había escrito cuando era adolescente. Un diario de poemas. Le dije que me interesaba mucho poder leer lo que había escrito. Pero, sin decirme que no, descalificaba su escritura. Eso no tiene ningún valor, decía para no mostrarlo. Pasó un largo tiempo hasta que un día le volví a recordar sobre esos cuadernos y me los pasó esperando no arrepentirse de la decisión.
Me metí en esas páginas con ansiedad y pudor a la vez. Había poemas, reflexiones, citas de lecturas que ella tenía por esos años. Nada que no se pareciera al diario de una adolescente incómoda con el mundo. Hasta que encontré el poema de Delmira Agustini. La poeta uruguaya apenas vivió 27 años. Fue asesinada por su esposo en 1914. Dejó cuatro libros potentísimos, incómodos no sólo para esa época, la huella existencialista que los atraviesa nos sigue interrogando. Delmira Agustini es una poeta deslumbrante. Mi madre en ese diario había copiado el poema “Lo inefable” que, en algunos de sus versos, dice:
“¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida / Que os abrasaba enteros y no daba un fulgor? (…) ¡Pero arrancarla un día en una flor que abriera / Milagrosa, inviolable!... ¡Ah, más grande no fuera / Tener entre las manos la cabeza de Dios!”
La conmoción me hizo abandonar la lectura. Una conmoción que fue decantando de a poco. Macerándose lentamente. Porque ahí, en esa estrella dormida, vi la lengua negada de mi madre y las posibilidades que ofrecía, a su vez, la lógica del poema. En el fondo de toda escritura opera una búsqueda sobre los restos de una lengua olvidada, imposible. Esa es la materia con la que está hecha la poesía, es decir, el alma de toda escritura.
La relectura de Tránsito, ahora en pandemia, volvió a traerme esa tensión, que tanto me interesa además, entre desarraigo, violencia política y escritura. Pero también como le pasa al narrador cuando lee el manuscrito de Weidel: “A medida que leía, línea tras línea, sentía que esa era mi lengua materna (…) Era como estar a solas con los míos”. Tránsito volvió a traerme la historia de mi madre y, de manera inevitable, la fuerza del poema de Delmira Agustini que pareciera decir que escribir es construir una lengua en movimiento, una lengua en disputa que viene de un lugar imposible y se lanza a otro lugar imposible en donde lo inefable acecha y es, también, su posibilidad. Escribir es inventar una lengua que se camufla, que muta en busca de su propio brillo. Escribir es habitar una lengua en tránsito.
Con mucha emoción agradezco a Dagmar Ploetz, a la fundación Anna Seghers por este reconocimiento que es, realmente, un gran honor y que tanto significa para mí. Muchas gracias.
Hernán Ronsino.
Buenos Aires, octubre 2020.
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