
Veo una y otra vez esa foto pintada de Pedro Lemebel (1952-2015), que murió tan pronto en Chile, su país natal, un sitio que a lo mejor en algún momento de su vida pensó en cambiar. Con sus tacos altos (que le dolían cada vez que se los ponía, pero esa era su cuota de sacrificio para la transformación), con su rostro pintado y con esa voz angelical que aparecía en la radio con sus crónicas.
Tiene la hoz y el martillo pintado en su rostro y siempre pienso que es un mensaje para los heterosexuales. Pedro Lemebel jamás tuvo que dar claves ni códigos para la gente como él. A veces dice: “Me encantaría vivir en un mundo donde no tenga que aclarar que soy homosexual. La sexualidad es privada”.
Al lado de los homosexuales, de los putos (que él podía decirles así, no el flaco que negaba a su hermana detenida y torturada por Pinochet, Pedro Cárcuro), de los travestis, de los marginados, de esos guarenes (ratas) gigantes que en su infancia de pobreza “eran como nuestros ositos de peluche”, él no tenía que explicarse, no tenía que darse a conocer como un mapa o un rompecabezas. Él explicaba para los otros.

“Si algún día hacen una revolución que incluya a las locas, avísame. Ahí voy a estar yo en primera fila”, dice en su novela Tengo miedo torero, que pronto irá al cine, protagonizada por el actor Alfredo Castro, que el propio Pedro eligió.
Cada vez que leo esa frase pienso por supuesto en Néstor Perlongher (1949-1992), un homosexual militante como Lemebel, que comenzó su carrera política en el Partido Obrero y fundó el Frente de Liberación Homosexual en Argentina.
“Más allá de su enorme valor estético-literario, la obra escritural de Lemebel y de Perlongher no solo marcan una tendencia cultural en ambos países, sino que pueblan de sentido aquello que por años había sido violentamente anulado: la capacidad crítica, la posibilidad de dejar huellas a través de un lenguaje comprometido y la oportunidad de poner el cuerpo a ese lenguaje justamente en un contexto en el que al cuerpo se lo hacía desparecer”, dice muy acertadamente el crítico chileno Lionel Brossi.
Ahora bien, ¿a quién enviaban su discurso, sus poesías, sus performances? Yo creo que a aquellos a quienes hacían desaparecer los cuerpos. Eran, además de resistentes y provocadores, valientes.

En Chile, la ley contra la sodomía (esa norma que permitía a los policías a llevar presos a los homosexuales) recién se derogó el 12 de julio de 1999 bajo el gobierno de Eduardo Frei. Fue la Ley 19.617, una normativa que modificó este artículo y despenalizó las relaciones homosexuales entre los varones.
“Yo le pongo color, le pongo imagen, le pongo poesía, pero esa ley existía”, decía Pedro Lemebel.
“Eran las siete de la tarde, yo estaba en la peatonal caminando con dos amigos y dos tipos con lentes negros nos secuestran, la calle estaba llena de gente, nos llevaron detenidos a la División de Informaciones de la Policía Provincial (D2). Era tanto el miedo de la gente que nadie dijo nada, nos vendaron y estuvimos dos días detenidos en un calabozo donde torturaban gente, luego nos llevaron a la Comisaría de Nueva Córdoba y nos armaron un prontuario acusados de ser homosexuales, eso fue en 1980, hasta 1985 caí por eso 17 veces más. Lo peor fue en el año 1982, cuando aparece el Comando Cóndor que asesinó a muchos homosexuales. Nos mataban a puñaladas”, recuerda María Luisa Peralta, una activista, a la periodista Estefanía Santoro, que hace una nota con el título ¿Cómo era ser travesti, lesbiana o gay en dictadura?.
Este tener “alma de corsario”, como Lemebel, ser pirata, ser antihéroe, era precisamente provocar al enemigo, ir a una guerra con los tacos altos y por supuesto muchas veces perder, él por un cáncer de laringe que lo dejó mudo y luego muerto a los 62 años; Néstor Perlongher por un sida que le dio una septicemia generalizada en San Pablo, a los 42.
“Cuando llegó el tema del sida a Chile, porque llegó, así como trajeron la ropa americana, como decía el mismo Pedro, nos llegó por exportación. Nosotros no sabíamos de qué se trataba, pensábamos que se contagiaba por las lágrimas, por el sudor, nadie tenía la mínima conciencia”, recuerda Francisco Casas, de las Yeguas del Apocalipsis.

Cuando digo “nosotros” “los otros” digo los hetererosexuales y entre ellos a los propios machistas que perpetuaron el sistema del patriarcado, entre ellos por supuesto a los mismos comunistas, trotskistas y anarquistas.
Cuando Pedro Lemebel era amigo de la dirigente comunista Gladys Marín, a ella le preguntaban que cómo era “amiga de esos putos” y el gran Víctor Jara –del cual Pedro Lemebel pidió encarcelamiento de su asesino hasta su muerte-, cuando le preguntaron en Perú sobre el tema del amor de sus canciones, dijo: “El amor de un hombre por una mujer, de una mujer por un hombre y del hombre por todo lo que vive y las ideas”.
¿Se conocieron Pedro Lemebel y Néstor Perlongher?

Pedro Lemebel lo recuerda en una nota en la radio con Fernando Villagrán y dice que leía Cadáveres, ese poema que forma el libro Alambres y que recuerda a los desaparecidos durante la dictadura. Por ese poemario, Perlongher recibió el Premio Boris Vian.
Néstor era como Pedro, en el sentido de querer modificar la cultura del patriarcado y hacer voltear a todos los “marginados”, entre ellos homosexuales, entre ellos “Las locas de las Plazas de Mayo”. Por ejemplo, en 1984 participó de la conformación de la Comisión pro-Libertades Cotidianas, una unión de grupos gays, feministas y anarquistas que, junto a la revista Cerdos y Peces, inició una campaña de firmas exigiendo la derogación de los edictos policiales.
Nosotros, los heterosexuales, somos en gran medida cultores del patriarcado. Lemebel y Perlongher nos acusan, nos provocan y nos preguntan por ello.
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