
Silencio. En las obras de Giorgio de Chirico hay tanto silencio que se vuelve insoportable. Desde chico supo que quería dedicarse al arte. Y así fue. Nació en Volos, Grecia, en 1988, pero estudió pintura en Atenas y también en la ciudad italiana de Florencia. Cuando cumplió los 18 se instaló en Alemania y asistió religiosamente a la Academia de Bellas Artes de Múnich.
Corría el año 1906 y el mundo recién entraba en el siglo XX: faltaba lo mejor, pero también lo peor. En la Universidad leyó minuciosamente a Nietzsche y a Arthur Schopenhauer como quien busca aprender los códigos secretos que sostienen el mundo. Su cabeza se llenó de preguntas, pero también de ideas. Y las pintó.
En 1909 estuvo seis meses en Milán y a principios de 1910 se mudó a Florencia (a esta altura, no lo sabía, ya era un italiano más) y pintó El enigma de una tarde de otoño. Desde entonces, su obra inaugura lo que él llamó Escuela Metafísica. Fue una búsqueda personal en el lienzo peo también en lo que lo rodeaba el mundo: esas preguntas que todos nos hacemos pero que preferimos anularlas.
En 1913 llega La incertidumbre del poeta, un óleo fascinante, tanto en el juego de colores y en el trabajo de las formas como en su potencia filosófica. Es una obra llena de aristas que, según escribieron muchos historiadores del arte, el sentido lo completa el espectador más allá de las intenciones originarias del autor.
Adelantándose al surrealismo, lo que buscó en sus obras fue, según sus propias palabras, “combinar en una misma composición escenas de la vida moderna contemporánea y visiones de la antigüedad, creando una realidad onírica extremadamente desconcertante”.
¿Qué vemos en La incertidumbre del poeta? Al frente, un contraste muy intenso entre una escultura de mármol sin extremidades ni cabeza y un racimo de bananas. Esa tensión es, además de puro simbolismo sexual, un interesante diálogo entre un monumento mutilado que gira hacia el espectador (si tuviera ojos lo miraría de frente) y el único elemento de la naturaleza del cuadro.
Al fondo se ve una pared de ladrillos y un tren que pasa detrás que parece remarcar que la humanidad se dirige a un destino incierto. Pero la obra es, además, una plaza que evoca las arcadas clásicas y las estatuas de la antigüedad (la escultura es un torso de Afrodita). Las sombras socavan las convenciones del espacio y el tiempo pictóricos y llenan de dramatismo la escena.
“Estas plazas son exteriormente similares a las plazas existentes y, sin embargo, nunca las hemos visto. Estamos en un mundo inmenso, previamente inconcebible”, dijo el poeta Paul Eluard., fascinado como todos los que miraban las obras de De Chirico por más de unos cuantos segundos.
Por entonces, el escritor Guillaume Apollinaire era uno de esos fascinados. Cuando lo conoció, le dijo: “Tengo que presentarte a unos amigos”. Caminaron juntos hasta un bar donde se encontraban los pintores que, al poco tiempo, serían conocidos como los surrealistas.
La influencia de Giorgio de Chirico está en Max Ernst, Salvador Dalí y René Magritte, todos agradecidos por haberlo conocido. Incluso Yves Tanguy confesó que al ver un cuadro suyo decidió dedicarse a la pintura sin siquiera haber tocado un pincel en su vida. Ese poder tenía y tiene su obra. La incertidumbre del poeta hoy está en el Tate Modern de Londres.
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