
Carlos Monsiváis tenía 71 años cuando fue internado en el Instituto Salvador Zubirán por una fibrosis pulmonar. Entró a terapia intensiva el primero de abril de 2010. Sus amigos, sus lectores, sus familiares, todos estuvieron en vilo durante los dos meses y medio que duró su internación. En el medio cumplió años. Finalmente, el 19 de junio la Secretaría de Salud comunicó el triste final.
A los pocos días, su funeral reunió a una importante cantidad de gente. Sobre su féretro, expuesto en el Palacio de Bellas Artes de México, una bandera LGTB reclamaba por más derechos para las minorías sexuales. Además de escritor, Monsiváis fue un activista. El cariño que le tienen en México y en toda América Latina lo avalan. ¿Quién fue Carlos Monsiváis?
Nacido en la Ciudad de México el 4 de mayo de 1938, la describió como nadie. Escritor, periodista y, sobre todo, cronista. Estudió en la Facultad de Economía y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, y teología en el Seminario Teológico Presbiteriano de México, y asistió al Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Harvard. Comenzó colaborando en suplementos culturales, revistas universitarias y medios periodísticos mexicanos.

Su obra es inmensa. Escribió crónicas, ensayos, textos biográficos y hasta aforismos. Entre sus títulos más recordados se puede nombrar a Días de guardar (1970), Amor perdido (1977), A la mitad del túnel (1983), Entrada libre. Crónicas de la sociedad que se organiza (1987), Los mil y un velorios (1994), Los rituales del caos (1995), No sin nosotros. Los días del terremoto 1985-2005 (2005) y El Centro Histórico de la Ciudad de México (2006), entre otros.
Cultivó el arte de retratar, por medio de la palabra, los sucesos cotidianos de la ciudad. En su libro A ustedes les consta. Antología de la crónica en México (1980) define este género como “ese arte de comentar literaria y críticamente la actualidad”. Pero además es reconocido por su ironía y el particular sentido de la crítica que lanzaba contra la alta cultura pero también contra la cultura popular.

El cine era otro de sus grandes intereses. No sólo escribió mucho al respecto, también dirigió por más de diez años el programa El cine y la crítica en Radio UNAM y participó como actor en varias películas mexicanas como Un alma pura, Tajimara, En este pueblo no hay ladrones, Los caifanes, Las visitaciones del diablo, Zapata y La guerrera vengadora 2.
Galardones no le faltaron: recibió el Premio Nacional de Periodismo, en crónica en 1977, el Premio Jorge Cuesta en 1986, el Premio Manuel Buendía 1988, el Premio Mazatlán de Literatura 1988, el Premio Xavier Villaurrutia 1995, la Orden Gabriela Mistral 2001, la Medalla al Mérito 2003 y el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2005 en Literatura.

En 2008 recibió la Medalla de Oro de Bellas Artes por sus invaluables contribuciones a la literatura mexicana, acto que se enmarcó en su cumpleaños setenta. Dos años después, falleció. Desde entonces, su ausencia ha dejado un hueco enorme en el ámbito intelectual, cultural y literario. Su recuerdo sigue vivo.
“Quería más a sus gatos que a la gente y siempre estaba ahí. Se parecía a Pancho Villa, porque nunca lloraba en público y tenía como el general una memoria impresionante”, dijo la escritora mexicana Margo Glantz, según se lee en DPA, al referirse a su amigo, y agregó: “Andará en el Paraíso reescribiendo el prólogo de la Biblia para interpretar e incluso corregir las Sagradas Escrituras”.
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