
Siempre me gustó el misterio de la escritura, sobre todo ese momento en el que uno descubre que tiene algo para contar. Y digo misterio porque efectivamente la escritura tiene algo que no se puede explicar, ni racionalizar, ni cerrar metodológicamente. O sí, pero siempre la potencia del lenguaje rompe los cercos que le queremos imponer. Para mí es mejor no pensar a la hora de escribir, dejarme llevar por esa intuición disfrazada de inspiración. Cuando escribo no pienso, o sí, pero en otra etapa, cuando reescribo. Mientras escribo, escribo sin juzgar, poniendo en juego todo lo que soy.
Empecé a escribir El mar de los lobos de esa forma, casi como un juego. Había escrito un cuento donde había un zorro y pensé: voy a escribir un libro donde en todos los cuentos exista un animal. Me dejé llevar por ese impulso. Así se fueron acumulando historias, todas con animales. Cuando tuve un buen caudal de material empecé a reescribir y en esa reescritura la mayoría de las historias quedaron afuera. Es así, una obra es como ir esculpiendo hasta encontrar la forma del corazón que le dará vida al libro. O como decía Mauricio Kartún, se escribe con la ginebra de la noche y se corrige con el mate de la mañana. Me encanta esa frase, casi campera, porque grafica muy bien lo que es escribir. En la ginebra está la desinhibición, el desborde; en el mate, la estructura, las ideas. El mismo Kartún también decía que escribir es reescribir, que lo demás es catarsis. Es así. Son verdades que van de la mano y a las que me aferro con fuerza.
En un momento me encontré con los cuentos que sentía tenían que formar parte del libro. Sin embargo, le faltaba algo. No sabía qué, pero le faltaba algo. En algún momento de la escritura uno piensa que sabe de qué está hablando, pero después, con el roce continuo de las reescrituras, uno intuye que está hablando de otra cosa. Así que mientras reescribía iba tratando de entender el libro que estaba escribiendo. Y cuando digo entender me refiero a qué aspecto de la realidad estaba aludiendo con las historias que había escrito. Porque la literatura también es un método de conocimiento. Es un método de conocimiento de la naturaleza humana. En realidad, es un modo de conocer una de las muchas formas de la naturaleza humana a través de la emocionalidad de los hechos. Hay aspectos de la vida que no se pueden pensar, que no pueden reducirse a un pensamiento, ni aun concepto, y que solo lo podemos vislumbrar y “entender” a través del arte. Solo el arte, y en este caso la literatura, nos permiten acceder a esas zonas.

Seguí reescribiendo hasta que encontré la forma del libro. Estoy convencido que lo importante en un texto es la forma y la forma de lo que uno está contando solo puede ser una. Cada libro tiene su propia expresividad. Es una búsqueda que no permite concesiones. La responsabilidad del autor es encontrar esa forma. Uno no sabe cuál es hasta que la encuentra. Y ese encuentro, por lo menos en mi experiencia, se produce con la obra terminada. Solo con la obra terminada aparece la forma definitiva de un libro. ¿Y cómo sabemos cuál es la forma definitiva para un texto? La verdad que no lo sé, no hay un método. Es algo que se siente, es otro aspecto más del misterio de la escritura. Escribir se trata de eso, buscar hasta sentir que ya no hay nada más para explorar con la escritura, que ya no tiene sentido seguir buscando en ese texto. Es un proceso agotador, necesario y único.
Hace un tiempo me invitaron a leer un cuento del Mar de los lobos. Mientras lo leía me iba sorprendiendo con la escritura. Algunas cosas me gustaron más, otras menos. Y cuando terminé de leer tuve la extraña sensación de que ese cuento podría no haberlo escrito yo. Y que quizás, dentro de muchos años, cuando vuelva a leer el libro, lo sienta ajeno, como si hubiera sido escrito por otro. La obra, con el tiempo, se aleja del autor. Quedan sus huellas, es verdad. Pero la vida de la obra, en general, es mucho más interesante que lo que el autor pueda decir y hacer con ella. Es como tener un hijo, al principio hay una simbiosis muy fuerte, pero con los años, el hijo va adquiriendo autonomía, armando su mundo, sus costumbres, su vida, y un día se van de casa. Con los libros pasa algo parecido. Un libro nace, crece, y madura hasta ser alguien, o algo, distinto a su creador. La vida es así, los libros son así.
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