
Hacía mucho tiempo que venía pensando en una asesina serial. Había escrito algunos bocetos, pero otros proyectos se fueron sucediendo y ese fue quedando relegado. También le había estado dando vueltas al asunto de la venganza y había escrito un relato en un registro muy diferente al que había experimentado hasta entonces. Pero ese relato también quedó en borradores, relegado a un “más adelante”, cuando la idea cuajara mejor. Pero entonces sucedió que mi vida se convirtió en un desastre.
Mi hermana mayor, esa hermana que había recuperado del exilio y de la distancia, esa que finalmente era parte de mi familia, se enfermó de cáncer y en apenas cinco meses pasó de una operación exitosa a una muerte horrible. El amor que yo había creído fuerte y para siempre se rompía y me dejaba en un páramo sin lugar siquiera a la solidaridad o a la compañía en esas circunstancias terribles. ¿Qué hacer con esa angustia que eran patadas dadas sin ninguna compasión mientras me retorcía en el piso? La vida que había vivido hasta ese momento se terminaba, pero algo tenía que empezar. Era imprescindible imaginar que todo ese estruendo de estructuras que se desmoronaban era el corolario de alguna cosa mejor.
Entonces encontré que el nueve en la Cábala era un número que encerraba esa idea: lo que está por terminar y abre la esperanza a nuevos comienzos. Decidí escribir algo en 36 días, porque tres más seis daba nueve. Algo, cualquier cosa. Cualquier historia que me permitiera investigar la lengua de la derrota. Escribir una sintaxis de lengua seca de tanto morder el polvo. Pero nunca se escribe “cualquier cosa”, y cuando me senté frente a la computadora me di cuenta de que la venganza es expresión más fulminante de la derrota. Es cobrarse en lo particular porque el proyecto general, el gran proyecto, ya se da por perdido. Así surgió Nadia. Una mujer que ha dedicado su vida a matar genocidas que nunca llegarán a juicio porque aunque los juicios funcionaran muy bien, no hay nadie que los pueda acusar. Porque las víctimas están muertas o porque no hay víctimas que los puedan reconocer. O porque han cumplido funciones más “burocráticas”. Ese personaje me permitió explorar otros modos de hablar la derrota, no sólo el de ella que no termina de ser consciente del fracaso que implica sus acciones, sino también el personaje de su madre queparticipo de la lucha de los setenta y el de un escritor que sabe que ya no escribirá lo que hubiera querido, que perdió a un amor que le hacía bien y al que las balas de la dictadura le pegaron cerca, alrededor, pero que le permitieron seguir viviendo.
Logré escribir esta novela en treinta y seis días. Así, en estado de desesperación, de sensación de vida o muerte, de meta absurda pero ineludible. Escribí como nunca había escrito antes, escribí como alguna vez leí: para sobrevivir. Después vinieron otros muchos días y meses de corrección, y de esos otros trabajos menos épicos pero fundamentales. Pero ya lo había logrado: la angustia no me había matado.
Por otro lado, desde hacía varios años estaba haciendo una investigación doble: Kafka y la Biblia. Pueden parecer investigaciones distantes, pero no lo son. Esas investigaciones me llevaron por distintos caminos. La Biblia, los Evangelios, me hicieron pensar sobre la lengua de la victoria. Es decir, cómo se piensa cuando a pesar de que la realidad parece mostrar una derrota aplastante, se sabe, se siente, que la victoria sucederá. Así escribí Papá ha muerto, una historia de guerrilleros de una revolución derrotada pero que no se sienten acabados, sino al contrario.
También me hizo comprender la potencia de las historias que se cuentan en ese libro sobre el que está parada nuestra cultura. Esas historias que todavía son metáfora de nuestra vida cotidiana, tanto para quienes leyeron la Biblia como para quienes no tienen más que referencias. Pero también me llevó a pensar en cómo la historia, la memoria, se teje con muchas y tantas voces. No sólo la literatura de versiones –que los Evangelios muestran con tanta belleza- sino todo aquello que se dice que pasó porque generaciones de voces diversas han ido acordando que son los hechos que constituyen el pasado. Así fue que imaginé que una escritura sin marcas, donde las voces se decodificaran por su peso, por su color propio, por su singularidad pero que construyeran un todo homogéneo, podía ser una forma de apelar a esa memoria, a esa forma de entender la memoria.
Kafka, por otro lado, me revolcó como una ola violenta y me devolvió otra. Ya nunca pude volver a leer ni a escribir como lo había hecho antes de leer todo Kafka y todo lo que pude sobre Kafka. No sabría decir con precisión qué me llevé de esa lectura obsesiva, qué se coló en mi forma de escribir, pero sí puedo decir que en este libro puse en práctica aquello de construir personajes con los términos de una contradicción interna. Cada personaje pone en movimiento alguno de los vectores de la angustia y los hace jugar sobre la mesa, como para ver qué pasa, qué se resuelve, quién gana. Así, cada uno de los protagonistas de esta novela encarnó un pedacito de mi dolor y los llevó a destino. Supe, así, que de algún modo las cosas se iban a resolver sin naufragar y que la esperanza no es algo que se elige, sino que se impone para quienes estamos condenadas a sobrevivir.
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