
“La historia tiene la virtud y el inconveniente de arrebatarnos del presente, de nuestro solipsismo, de nuestra ‘modernidad’, orgullosa soledad de hombres en proa del tiempo”, escribe Ivan Jablonka en su reciente En camping-car (Anagrama-Libros del Zorzal, 2019).
Después de una crónica desgarradora como Laëtitia o el fin de los hombres, donde reconstruía el violento femicidio de una joven de 18 años que shockeó a Francia en 2011, el historiador utilizó las herramientas que más conoce para refugiarse en su pasado y en su mundo personal e intentar un ensayo sobre la niñez, pero también sobre las huellas que dejó la Segunda Guerra Mundial. En ese proceso de corrimiento, de arrebato del hoy, el escritor logra a la vez mostrar una Europa que se parece —como el tiempo de la narración, la infancia— a un paraíso perdido.
A lo largo de pequeños fragmentos/capítulos, el investigador —que es profesor de Historia en la Universidad París XIII y ya se había sumergido en las profundidades de su pasado familiar en otro libro, Historia de los abuelos que no tuve— invita a los lectores a recorrer con él los países que visitó de niño durante sus vacaciones atravesando fronteras. Lo hacía, junto a toda su familia de una manera muy particular: arriba de una especie de caravana (el camping-car del título) durante semanas en las que un pequeño niño criado en un departamento parisino se corría del presente y se vinculaba con la naturaleza, con vestigios de viejas civilizaciones, con otras lenguas y también con la escritura, mientras narraba en sus diarios personales aquellos viajes iniciáticos.

Jablonka accedió a responder a Infobae Cultura por escrito algunas preguntas sobre su reciente trabajo.
—Su nuevo libro llega después del gran éxito mundial de Laëtitia o el fin de los hombres. Después de contar una historia así, ¿necesitó volver a algo personal vinculado con usted y su familia? ¿Sintió que era hora de volver a las raíces?
—Después de mucho tiempo, tenía ganas de evocar mis vacaciones en camping-car a fines del siglo XX. Un historiador de la infancia que se asoma a su infancia como historiador, ¿no es de lo más normal eso? Después de Historia de los abuelos que no tuve (2015) y Laëtitia (2018), tenía la necesidad de hacer una pausa en aquello de escribir la historia de la desgracia, con un libro más distendido y luminoso. Al mismo tiempo, el nuevo libro vincula a todos mis trabajos anteriores, porque aquí hablo de la Shoah, de mi familia, de la infancia. Desde un punto de vista metodológico, también está en línea con los anteriores: hay un razonamiento de las ciencias sociales en un texto literario, una investigación que renueva la forma tanto como su objeto. Aquí, el objeto soy yo y, más exactamente, nosotros: una época, una generación, un medio social. Mi libro es una autobiografía colectiva.

—¿Por qué eligió el método de las ciencias sociales para contar algo tan personal como su infancia?
—Para comprender un hecho, un evento puntual o su devenir –y, más todavía, su propio desarrollo– se necesitan herramientas como las que suministran las ciencias sociales. He querido escribir una historia socio-cultural de mi infancia. Dos preguntas la sostienen, de alguna manera: ¿a quién le pertenece mi infancia? ¿Puede uno contar la historia de sí mismo? La investigación es un proceso universal, que consiste en dilucidar un problema, acceder a fuentes, proponer comparaciones, aportar la prueba de lo que uno afirma. Las ciencias sociales nos permiten escapar del narcisismo de nuestras pequeñas existencias. Si me permito decir “yo” es porque en realidad significa “nosotros”. Mi investigación corresponde a la creación literaria, pero yo no me pongo jamás como una prioridad: soy un investigador antes de ser un escritor. Mi literatura se esfuerza por comprender el mundo a través de una búsqueda. De esta manera se pueden renovar las ciencias sociales por medio de la literatura y la literatura por medio de las ciencias sociales.
—¿Por qué decidió contar esta historia como “el resultado de una confrontación de dos grandes eventos”: la Segunda Guerra Mundial y las vacaciones familiares de su infancia, tal como señala en la presentación? ¿Qué le ofrecían estos dos elementos para potenciar su escritura?
—Por un lado, se trataba de vacaciones extremadamente sensuales. Yo me bañaba, comía delicias, leía, escribía y miraba paisajes fantásticos, acariciaba el mármol de grandes monumentos, descubría animales salvajes: cangrejos, anguilas, camaleones, tortugas. Eso formaba parte de mi educación en un sentido amplio, pero bajo un aspecto más luminoso y mágico. Sin embargo, bajo este ambiente placentero, también me afloraba una suerte de angustia. ¿Tenía yo el derecho de estar feliz? ¿Era yo verdaderamente feliz? ¿Qué es, después de todo, ser feliz? Estas preguntas me llevaban a la supervivencia de mis padres, ambos judíos que vivieron en los años ‘40 la ocupación de París, durante la Segunda Guerra Mundial. Mis abuelos paternos fueron asesinados en Auschwitz y por poco ese casi fue el destino de mis abuelos maternos. La felicidad de mis padres fue, entonces, un acto de supervivencia y de resistencia. Como niño, entonces, debía ser feliz al cuadrado: primero, porque tenía la obligación de serlo, y luego también porque aquellas vacaciones eran objetivamente fabulosas.

—Uno de los principales personajes del libro es el “camping-car” del título. ¿Qué metaforiza para usted este tipo de vehículo?
—Nos imaginaba, con nuestro vehículo, capaces de mudarnos de un día para el otro, de rodar para no parar nunca porque detenerse era, de alguna manera, esperar a los invasores, a los verdugos. El camping-car nos ofrecía un viaje libre ante el mar, el sol y la buena vida, mientras que la deportación fue un viaje forzado hacia la muerte. Nuestra Combi Volkswagen -en alemán, ‘el auto del pueblo’- era lo contrario al vagón que llevó a miles a Auschwitz. La historia judía se convertía así en el dorso de la historia alemana. La felicidad, entonces, se anteponía la tragedia.
—En un fragmento del libro usted define al vehículo y a aquel tipo de vacaciones familiares que tuvo de niño como algo que en la actualidad muchos burlarían o definirían como “bo-bo” (N. de la R.: la expresión algo despectiva del francés para denominar al “bourgeois bohème” o “burgués bohemio”). Al mismo tiempo, usted dice que en los actuales tiempos de fuertes figuras populistas y extremismo es importante volver a valorar los principios que aquella vida en la naturaleza representaba. ¿Por qué cree eso?
—El camping-car era simple, frugal, cercano a la naturaleza, al tiempo que anarquista y ecológico. Permitía viajes de algún modo prosaicos. También implicaba para nosotros una experiencia educativa, un recorte espacio-temporal que diseñaba una visión del mundo. Nuestras vacaciones eran un himno a la libertad, por el cambio de aire que implicaban y el desplazamiento permanente que nos ofrecían. Gracias al camping-car atravesábamos fronteras, países, medios sociales, épocas. A los 9 o a los 12 años, yo aprendí que hay miles de formas de ser humano. En la actualidad me gustaría que esa libertad, esa apertura de espíritu y ese respeto por el prójimo no se pierdan. Porque enseñan a demostrar y manejar el pensamiento crítico, las ciencias sociales mantienen viva la libertad de todos. En tanto investigador de las ciencias sociales (o, más exactamente, escritor de las ciencias sociales), encuentro en el camping-car un símbolo. Avanzar, bifurcarse, atravesar fronteras. Es una bella utopía después de todo, ¿no es cierto?
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