Por Diego Muzzio

Doscientos canguros es un libro que habla sobre la paternidad y la maternidad o, lo que es lo mismo, sobre distintas maneras de ser padre o madre. Empecé a escribirlo cuando supe que iba a ser papá por primera vez, atenazado por el miedo y los interrogantes —conscientes o inconscientes— que una decisión de tal magnitud me generaba. Ya vivía en Francia, lejos de la familia y los amigos, sumergido en un idioma que no era el mío, en un estado de precariedad económica que, en aquel momento, parecía inmutable, y que me pesaba tanto como la luz y el cielo gris de París en invierno.
Una primera versión de Doscientos canguros —muy distinta a la nueva, editada por Entropía— fue publicada hace años por una pequeña editorial que vendía en formato digital o que imprimía ejemplares por encargo, y el libro no llegó a dónde debía llegar: las librerías argentinas. En esta nueva edición, Doscientos canguros consta de siete cuentos que, como dije, juegan o giran en torno a una de las decisiones más trascendentales que puede tomar una persona: la de traer al mundo a otra.

El cuento que inaugura el libro, El hombre neutral, pone en escena a un personaje que está a punto de ser padre, Felipe, un muchacho joven que trabaja en un aeropuerto y al que, muy probablemente, cargué con las dudas y los miedos que me atravesaban en aquel momento. Una madrugada, una misteriosa invasión de conejos desarregla el funcionamiento normal del aeropuerto, y Felipe se ve envuelto en una inesperada cacería, mientras rememora su propia historia como hijo de un padre ausente. La idea del aeropuerto (que vuelve a aparecer una segunda vez y una tercera, en el cuento que cierra el libro, en relación con la muerte de una madre, ex actriz de películas porno) sirve quizás como metáfora del nacimiento y la muerte, pero de esto solo me estoy dando cuenta ahora, mientras escribo estas líneas.
Si el primero de los cuentos propone en su trama el peso del padre ausente, el segundo, Los discípulos de Buda, desarrolla la idea contraria: la de un padre asfixiante, al menos para uno de sus hijos, y cuya ambición desmedida termina por destruirlo. Víctor Tromer, ajedrecista precoz y supuestamente genial, enloquece bajo la presión paterna, y es su hermano, el narrador de la historia, quien lo rescata de otro verdugo, que fue también el suyo propio durante la dictadura militar que asoló a la Argentina durante los años setenta.

Existen tantas cocinas literarias como escritores hay, y también distintos niveles de conciencia en relación con el propio trabajo. Mientras pensaba en cómo encarar este artículo, me di cuenta de algo que nunca antes había notado: mis cuentos parecen funcionar como inversiones casi simétricas unos de otros. El padre ausente y el padre opresivo, en estos dos cuentos, pueden servir como ejemplo. Pero, para mi propio asombro, he encontrado otros casos. En El caza Zero, la idea inicial era la de un hombre que, de alguna manera, se transforma en una máquina, un avión japonés de la Segunda Guerra Mundial. Teiji Onamura vive en perpetuo conflicto con su padre y obsesionado con el pasado heroico de su abuelo, piloto de Zero, quien participó del ataque aéreo a Pearl Harbor y que, más tarde, hacia el final de la guerra, es derribado por un Corsair estadounidense. Es un texto ambientado en una tintorería porteña y en un pueblito de la costa bonaerense —cuyas playas, una mañana, se ven transformadas en un extendido cementerio de ballenas—, pero siempre lo consideré un cuento de guerra. Caballo en llamas toca el tema de Malvinas: un ex combatiente, a quien todo el mundo supone muerto, regresa a su pueblo veinte años después del conflicto y relata a sus amigos dónde ha estado y qué ha hecho durante todo ese tiempo: un supuesto cuento de guerra, que es, en realidad, una historia de amor.
El cielo de las tortugas fue un texto escrito por encargo. Apareció publicado por primera vez en una antología titulada Permiso para morir, un volumen de cuentos sobre eutanasia. La muerte de cualquier niño, tanto en la vida real como en la ficción, es una tragedia inefable, y espero haber tratado el tema con el respeto y la delicadeza que merece. En cuanto al texto que da título al libro, Doscientos canguros, nació de una anécdota infantil de mi esposa, y yo solo me limité a introducir los canguros que duermen en los árboles del vecino y a exacerbar un poco la candorosa crueldad de la protagonista. El cuento que cierra el volumen, La estructura de los mamíferos, relata la agonía de una madre, ex actriz porno, y la lucha cotidiana de su hijo contra la enfermedad, los recuerdos traumáticos de su niñez, el tendal de dudas que recibió en herencia y sus propios problemas para relacionarse de manera normal con el mundo.

En cada cuento del libro, los animales juegan el rol de personajes secundarios. Están allí para aportar a cada historia una cuota de extrañamiento, o de repulsión, o de ternura. No soy un amante de los animales. Algunos me producen fobia, como las ratas. Otros, sobre todo los domésticos, me causan desconfianza, y también cierto rechazo, que cada vez me cuesta más disimular. Al incluirlos en el libro quise tal vez cuestionar esa idea tan difundida —casi un lugar común, casi una ley inmutable de nuestra especie— que propone que una madre o un padre son capaces de los mayores sacrificios en aras del bienestar de sus hijos. En la mayoría de los casos puede ser verdad, pero a mi alrededor tengo muchos ejemplos de lo contrario. También los animales, a veces, devoran a sus crías.
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