
La poesía moderna santafecina expresó un nuevo modo de narrar las ciudades, el campo, los ríos, el amor y el trabajo, y nombres como José Cibils, Ezequiel Martínez Estrada, Alfonsina Storni, Emilia Bertolé, José Pedroni, Juan L. Ortiz o Paco Urondo conformaron una tradición heterogénea que es retomada en la antología Los ojos nuevos, y el corazón, realizada por Martín Prieto.
Se trata de una selección de treinta autores que es, a su vez, una historia de la poesía moderna de Santa Fe y que Prieto, poeta, crítico e investigador, recupera para construir un entramado de voces que convierten en símbolo la representación y en entresueño la materia, como señala en el ensayo que abre el libro.
En esta entrevista, Prieto analiza la construcción de ese mapa de voces, sentidos y texturas que constituye la poesía de Santa Fe desde comienzos del siglo XX hasta la década de 1970 y que se puede leer en este libro, que forma parte de una colección de Espacio Santafesino Ediciones, del Ministerio de Innovación y Cultura de la provincia.
El primer libro de esa colección, Ciudades, campos, pueblos, islas, reúne relatos de los grandes narradores clásicos de la provincia, desde Mateo Booz y Luis Gudiño Kramer hasta Jorge Riestra y Juan José Saer, y según explica Prieto, esta antología es su continuación.

—En la introducción presentás a Alfonsina Storni, Ezequiel Martínez Estrada, Emilia Bertolé, Fausto Hernández y Marcos Lenzoni como los poetas plebeyos. ¿Cómo explicarías esa definición? ¿Por qué plebeyos y no populares?
—Lo plebeyo se manifiesta en un repertorio temático, de imágenes, y a su vez está condicionado muchas veces por las mismas condiciones biográficas del poeta. Sus condiciones de producción. Frente al mundo del trabajo, en el puerto rosarino, Alfonsina Storni escribe: "Unas tras otras, bolsas, el gran buque tragaba,/ harina… trigo… ¡cuánto!… Yo era pobre: miraba". Pero a su vez, por la forma de sus poemas, por su alcance, por su duración, Alfonsina es también una poeta popular. Fausto Hernández o Emilia Bertolé son poetas plebeyos, pero no populares. No hacen poesía popular, en términos de forma, y el alcance y proyección de sus poemas es, aún, muy limitado.
—La figura de Pedroni es central en el mapa trazado. ¿Cómo definirías las continuidades entre su obra y la figura de Juan L. Ortiz?
—Una de las tareas más gratas al preparar esta antología fue la de volver a leer los poemas completos, uno a uno, página a página, de José Pedroni, de Alfonsina Storni, de Francisco Gandolfo, de Facundo Marull, de Amalia Biaggioni, de Marilyn Contardi. La obra de Pedroni es imperial. Podríamos decir que es superior a la fama de algunos de sus poemas. Estuve leyéndola en estado de conmoción permanente. Sin exagerar. Las obras completas de los buenos poetas se asientan, por un lado, en la repetición. Muchos poemas son parecidos, suenan igual, parecen escritos bajo el mismo impulso. Pero esa base que por momentos parece blanda, indeterminada, es la que permite y potencia la emergencia de un poema extraordinario: "¿Por qué esa luz despierta/ en el pueblo dormido? / Pensemos lo mejor: es tan solo un olvido./ No sea un niño enfermo/ ni un amor afligido. / La luz que no se apaga/ sea un recién nacido". Pedroni fue y es enormemente influyente. Pero entre los años 50 y 60 su figura es opacada por la de Juan L. Ortiz. Los santafesinos (desde Hugo Gola, Paco Urondo y Juan José Saer hasta Francisco Gandolfo y Marilyn Conardi) viajaban a Paraná a visitarlo, a escucharlo, a entrevistarlo, a leerle sus poemas. Su gravitación en la poesía de Santa Fe de la segunda mitad del siglo XX es determinante. Y complementaria a la de Pedroni.

—El golpe contra Perón en el 55 lo ubicás como un quiebre para pensar la sociabilidad de los poetas en la Ciudad de Rosario de esos años y cómo esa red que se establece se materializa en sus obras.
—En efecto, la llegada a Rosario, a la Facultad de Filosofía y Letras, de un grupo de jóvenes profesores todos provenientes del grupo Contorno –David Viñas, Adolfo Prieto, Ramón Alcalde, Tulio Halperin Donghi- promueve, por un lado, una renovación de largo alcance en la tradición de los estudios literarios en la Argentina. Pensemos que Josefina Ludmer, María Teresa Gramuglio, Nicolás Rosa fueron todos estudiantes de esa Facultad, en esos años y todos discípulos de esos profesores. Pero la renovación, que toca, aun, Tucumán Arde y muchos proyectos editoriales de enorme importancia, como el de la Biblioteca Vigil, también afecta a la sociabilidad literaria. Bares, revistas, conversaciones, disputas estéticas. Y disputas políticas. Peronismo. Marxismo. Comunismo. Izquierdas.
—¿Cómo pensás la figura de Saer en ese entramado?
—Saer viene a Rosario atraído por ese clima, que se daba en la Facultad y en sus bares aledaños. Y se convierte en una especie de agente entre santafesinos y rosarinos. De un lado, Gola, Urondo; del otro Aldo Oliva, Hugo Padeletti, Quita Ulla. Unos empiezan a venir a Rosario, otros a viajar a Santa Fe.

Fuente: Télam
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