
Quizás podría haberse asimilado a uno de esos personajes de John Le Carré o Graham Greene, que desarrollaban una actividad periodística o novelística de cuya realidad eran protagonistas, pero con el peso de la tragedia de la historia que los convertía, entonces, en sus propios personajes. Hoy falleció Isidoro Gilbert, periodista, corresponsal local de la agencia TASS soviética y que se definió alguna vez a sí mismo como un militante que se encontraba un peldaño más arriba de las relaciones que su partido, el Partido Comunista Argentino, realizaba en el país, ya que su rol se desarrollaba "en una estructura que se ocupaba directamente de las relaciones entre el Estado argentino y la Unión Soviética". Eran los años de la guerra fría, y que marcaron que el PC tuviera un rol preponderante, pero en las sombras, en los acontecimientos del país.
Caído el Muro de Berlín, Gilbert –cuya acción lo convertía en una enciclopedia sobre la acción de su partido en el país y de la Unión Soviética en la región– se dedicó a contar lo que podía contar sobre esos años turbulentos y escribió El oro de Moscú, en el que desmenuzaba la influencia del partido de Stalin en la Argentina y cómo le había puesto el ministro de Economía al Perón de los setenta, José Gelbard, miembro secreto del PC y factotum de una red de empresas que financiaban la acción de su partido, entre ellas y paradójicamente, la embotelladora del símbolo estadounidense Coca Cola en el distrito porteño. Secretos que eran revelados hasta ahí, ya que mencionaba que había habido militares argentinos comunistas, pero hasta ahí, sin revelar sus nombres.

Escribió luego La Fede y contó cómo la estructura juvenil comunista le dio a la política argentina militantes que no rompían vínculos con el partido, ya sea desde su corazón u orgánicamente, desde Aníbal Ibarra a Carlos Heller, pasando por el sindicalista Rodolfo Daer. En esos libros, que mostraban quizás sin que fuera su intención, el rol menos favorable del Partido Comunista Argentino, es que Gilbert se mostró como periodista en su esplendor.
Crítico con la historiografía oficial comunista, dejó documentos para que la historia pudiera ser más o menos severa, más o menos comprensiva, con ese partido que terminó de hundirse al caer la Unión Soviética –hoy sus restos están integrados a una pequeña fracción del kirchnerismo–. Como miembro de ese espectro que relacionaba a la URSS con el Estado nacional, fue testigo del apoyo soviético a la dictadura de Videla y de la elaboración política autóctona del PCA sobre la "dictablanda" que le costó a ese mismo partido la desaparición de más de cien militantes. Otra vez, pesaba sobre los hombros de Gilbert la tragedia de la historia.

Ya mayor, se mostraba generoso con quien quisiera acercarse a sus relatos del PC, auspiciaba libros de jóvenes sobre la fracción política que incluía a su antiguo partido, editaba esos mismos libros y, como un personaje de Carré o como Carré mismo, nadie podría haber sabido qué había sucedido con aquellos contactos suyos internacionales de la época estalinista.
Los últimos siete años estuvo enfermo y sobre el final, después de un infarto y una internación de varios días había vuelto a su casa. Cuentan que el sábado a la noche pidió escuchar a Duke Ellington, su compositor favorito y que cerró los ojos con Black and tan fantasy, una marcha fúnebre en clave de jazz.

Tenía 87 años, estaba casado con Juana Aizen y era el padre de dos prestigiosos periodistas: Abel Gilbert y Marina Aizen. Pidió que sus cenizas fueran arrojadas al Río de la Plata, ahí donde está el Parque de la Memoria. Fue un hombre de su época. Como se dijo, una época signada por la tragedia de un porvenir que no ha llegado todavía, de las contradicciones que ese tiempo cobijó y del viejo topo de la historia que sigue cavando trincheras hacia otro tiempo, con las enseñanzas de un pasado y la experiencia de un presente.
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