Sexo, entusiasmo y tristeza, en un libro atípico sobre el amor

“Los mejores días”, la ópera de prima de Magalí Etchebarne, despliega a través de una serie de cuentos melancólicos y vitales la articulación entre el deseo y lo social. Mujeres que observan y actúan y reflexionan sobre sus relaciones y la soledad

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“Los mejores dias”: el primer título de la autora Magalí Etchebarne
“Los mejores dias”: el primer título de la autora Magalí Etchebarne

En uno de esos cruces ardientes que abundan en el libro debut de Magalí Etchebarne, Ana, la protagonista del cuento "Cosita preciosa", aprovecha la indiscreción de una puerta que no debió quedar abierta y ve a Maxi y Loli (que son primos) acostados. Trenzados, precisa el cuento, y va más allá: "No estaban durmiendo. Maxi estaba metido entre sus piernas, como un hombre arreglando un auto, buscando algo". La descripción -estamos hablando, por si hace falta aclarar, de una sesión de cunnilingus- es de una justeza feroz, y a la vez no delata ninguna opinión, ningún juicio de valor, nada de la desilusionada protesta con que "una mujer" compararía los afanes orales de su chico con los husmeos laboriosos de un mecánico en cuatro patas con las rodillas llenas de grasa. Para mejor, un par de renglones más tarde, el relato cuenta que cuando le llega su turno, Ana descubre "por primera vez un orgasmo así, y le pareció una artesanía de la paciencia y de la entrega embobada que ni el amor ni la locura podían conseguir". Chapeau para la bestia en la fosa y sus fauces. Esta escena de éxtasis no se limita a ilustrar una prosa que sabe muy bien qué hacer con el sexo. Es una firma, algo así como la huella digital de una manera extremadamente personal de narrar esa cosa imposible, llena de ilusión, entusiasmo y tristeza, que hay, que sigue habiendo -creer o reventar- entre hombres y mujeres.

Como Maxi, el minucioso mecánico sexual, los varones de Etchebarne están muy lejos de la urbanidad metrosexual: usan camperas de cuero, sudan demasiado, toman cocaína, desaparecen sin avisar. Las chicas, por su lado, son de apasionarse y esperar, a la vez sedientas y observadoras, como salidas de otras prosas y otros siglos. Unos y otras, como trayectorias de estrellas, se rozan, se chocan, se amalgaman, se alejan, mientras a su alrededor algún mundo, por lo general el familiar, con sus padres sin empleo, sus madres que deliran y sus apagadas casas de veraneo, se desmorona sin sonido, en una catástrofe no del todo exenta de lirismo. ¿Libro de amor? Sin duda, a condición de entender amor como lo entendía la hermana Brontë de Cumbres borrascosas: como una forma fuerte, combustible, de articulación entre el deseo y lo social. (La forma más acabada de esa articulación, la más Brontë, por supuesto, es el incesto, como queda claro en el relato "Como animales".)

En ese sentido, Los mejores días no es un libro políticamente correcto; no comulga ni con la desexualización -como fórmula para neutralizar la agresividad- ni con el consenso como condición del bien desear. Felizmente tampoco es incorrecto, porque es insobornablemente frío al belicismo de amazonas y machos emasculables. Lo que protege a Etchebarne de ambas trampas es -joya maldita- el anacronismo, fuerza que deja resonar -sin énfasis, pero con una fe absoluta en el estilo- en la energía un poco descabellada de sus personajes, el culto de todo lo que no es ciudad-campo, sierras, delta, playas de medio pelo- y todo lo que puede ser locura -lunáticas, extraviados, seniles, deprimidos-, cierto aire a western que envuelve a sus hombres, cowboys fisurados que se hacen humo pero -ángeles del desastre- siguen enviando sabias señales románticas desde el más allá. "Pienso que nos amábamos como amaba la gente en el pasado", dice la protagonista de "Cosita preciosa": "con todo el amor y el odio juntos".

Magalí Etchebarne, autora de “Los mejores días” (Ed. Tenemos las máquinas)
Magalí Etchebarne, autora de “Los mejores días” (Ed. Tenemos las máquinas)

Incluso el trío -la figura erótica que más reaparece en el libro– huele a otra época, más febril, menos alarmada por el yo, la identidad o el valor que por la lógica tirana del deseo. Son tríos siempre desiguales, en los que la pobreza, el origen incierto, la edad, la tara o cualquier otro handicap se cargan de un peso social instantáneo y añaden dosis parejas de intensidad y misterio. Es en ese sentido, por paradójico que suene, que todos en Los mejores días son un poco animales (empezando por los animales mismos, que andan dando vueltas por todos los relatos). Como dice Ana, ese orgasmo cocinado a lo largo de cuarenta deliciosos minutos "sólo podía salir de un animal como ese" (Maxi). Y como dice Maxi: "Ustedes [por Loli y Ana] son mis yeguas, yo vengo y las amanso. Las trato suave, con cariñito, y cuando se retoban avanzo".

La compañera del Capitán, que sale a remar y tarda en volver ("Capitán"); la narradora de "Cosita preciosa", a la que Ramón, otro lumpen drogón, deja colgada diecisiete horas con el pretexto de ir a comprar la carne para el asado… Mujeres que esperan a hombres: el tópico penelopeano, en Los mejores días, es lo contrario de un conformismo o una claudicación. Es un acecho, algo que las narradoras de Etchebarne parecen conocer muy bien. Empiezan esperando al hombre, pero qué rápido se distraen con todo lo que no es él, con todo lo que puede habérselo tragado, paisaje, atmósfera, horizonte, y se convierten en puros centros nerviosos, radares hipersensibles a los acontecimientos que fabrican mundo. "Algo más grande se apodera de mí en las horas que espero que algo pase", dice la narradora de "Que no pase más". Bella forma de decir que esperar puede ser una potencia: no lo contrario sino lo que lo hace posible un suceder, y lo que puede darle al suceder esa dimensión otra, incalculable ("algo más grande"), que va más allá de lo que cada uno es o hace. La que espera es la que acecha, y la que acecha es por definición la que tiene la "mente siempre en presente", abocada a congelar el día, "el momento en que las cosas cambian". Este es el secreto del tempo de estos relatos complejos, a la vez melancólicos y vitales, capaces de darlo todo por un pequeño cristal de pasado: todos parecen orbitar alrededor de un presente continuo, plagado de inminencias, del que brotan como ramas volutas voluptuosas de un pasado perdido, que no se supo cómo leer mientras sucedía, y que sólo puede volver si la que acecha y escribe, que casi nunca inventa, le agrega sus cositas.

Fuente: Telam

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