
Comenzó el Filba 2017, comenzó el gran festival de la literatura. A las ocho de la noche, el enorme edificio de la Avenida Figueroa Alcorta ya estaba repleto de gente. Esta novena edición se realizó en el MALBA y tuvo al escritor Juan José Becerra a cargo de la conferencia de apertura. Horas antes, desde la mañana, la máquina del Filba ya había empezado a funcionar: a las 11 Pablo Ramos dictó un taller intensivo de narrativa y Teresa Cremisi una charla abierta sobre el oficio de editar. Durante la tarde, un encuentro de lectura titulado "Día de furia" reunía a Juan Álvarez, Liliana Bodoc, Carlos Busqued, Agostina Luz López, Sergio Ernesto Ríos y Leila Sucari. Todos ellos se sumaron a la multitud que subió las escalinatas y se introdujo en el MALBA, como el cardumen de lectores voraces que son, para escuchar el discurso de Becerra, que no defraudó.
Pasadas las 20:30, la periodista Eugenia Zicavo fue la primera en subirse al estrado. Se refirió a la violencia, eje de esta edición del festival, como un tema que la literatura trata como nadie, y que en estos tiempos adquiere una potencia mayor. "Hoy hay nuevos significantes, nuevas palabras que dan cuenta de viejas violencias y la tipifican, como la violencia de género, el bullying, la violencia obstétrica. La literatura viene a dar cuenta de esto", comentó. Luego fue el turno de Pablo Braun, director del Filba —también de la editorial y de la librería Eterna Cadencia, donde se realizó la presentación semanas atrás— que, tras asegurar que se vienen "cinco días a pura literatura para pensar un poco más por qué somos tan violentos", se despachó con las cosas que le provocan, justamente, violencia. Empezó por nombrar al Mecenazgo y sus burocráticos y confusos tiempos en la ayuda a los proyectos literarios. Acto seguido, comentó: "Me violenta que los políticos de todos los colores trabajen para la foto. Me molesta que la promoción de la lectura no sea un tema del gobierno, y que se le dé tanta importancia a la fiesta de la cadorcha en vez de hacer un Plan Nacional de Promoción de la Lectura" porque "la lectura tiene que servir para que todos seamos un poquito más iguales".

Camisa a cuadros, anteojos de marco negro, cutis afeitado y la serenidad que lo caracteriza, Juan José Becerra —ya arriba del escenario y ante el silencio de todo el auditorio— acomodó el micrófono del atril, bajó la vista al pilón de hojas que llevaba consigo y comenzó. "La violencia humana es un problema prácticamente solucionado", fueron sus primeras palabras para, con gran ironía, referirse a los amenazas nucleares entre Corea del Norte y Estados Unidos. Entonces enlazó a la literatura que, en sus palabras, ejerce la violencia "en la modalidad inmaterial de la representación". ¿Qué tiene para decir la literatura de las formas que adquiere la violencia en las relaciones humanas? ¿Cuál es el aporte, la mirada, la perspectiva de una disciplina que es, en apariencia, inútil?
Siguiendo un texto de Gombrowicz, Becerra hizo una profunda analogía entre la literatura y la anguila, el escurridizo animal capaz de electrocutar a sus depredadores. "La anguila, como la literatura, es un animal resbaladizo como un líquido y de configuración mixta, con forma de serpiente y dinámica de pez. Nada y excava. Se mueve de noche y en un ambiente turbio que favorece su presencia un poco mágica de estar y no estar. Vive en el barro (incluso vive medio muerta cuando se entierra en seco para ahorrar gastos), aspira sin envenenarse el aire de la atmósfera y es el centro de una mitología de la fuga", dijo y continuó: "En ningún drama en el que sobreviva la anguila, sea eléctrica o neutra, falsa o verdadera, opere mediante el poder de la retención (dejando pegado al agresor con un sopapo de voltios) o el de la huida, se podrá ocultar que su violencia es estrictamente defensiva: es una violencia latente que salta contra el estímulo de la cercanía".

Luego, siguiendo las cartas entre Osvaldo Lamborghini y César Aira, se refirió al "escritor que falta", una especie de utopía latente, la búsqueda de lo nuevo, lo próximo, lo distinto: "La literatura que falta debería ser inaceptable, al menos a simple vista, para la cultura que la vaya a recibir". En ese aspecto, aseguró que "lo que le falta a la literatura son nuevas perversiones, es decir estilos profundos nuevos en el sentido de formas íntimas de la lengua que hierven en el interior de los escritores".
Entonces, en medio del discurso se hizo una pregunta importante con la consiguiente respuesta: "¿Y la literatura qué es? Una intensidad, no mucho más que eso. Una intensidad marginal que destella en los rincones de la lengua y que por su propio bien está obligada a distinguirse de lo que no lo es. Para que no haya confusión en las cuestiones de naturaleza bastará con que se presente en un claro del lodo con su modalidad de anguila y cometa el acto de presencia más violento, que es el de irse."

La conferencia inaugural que brindó el autor de El espectáculo del tiempo y El artista más grande del mundo, entre otros libros, no sólo cautivó, también hizo reír y reflexionar a un auditorio lleno de periodistas, escritores y lectores. Por su boca pasaron nombres destacados —además de los ya mencionados— como Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, Deleuze, David Lynch y Dominique de Roux, junto a ideas concisas sobre la imposibilidad de atrapar a la literatura y entenderla a la perfección. "El escritor es lo contrario del monografista: no es un violentólogo, nunca sabe de lo que está hablando, no tiene tema. Pero si por accidente llegara a tenerlo, no debería ser para hacerse entender por las buenas", remarcó.
La literatura, entonces, es como una anguila: una animal escurridizo que huye pero, cuando aparece el enemigo, se defiende con mucha violencia. Una violencia ilimitada "en la modalidad inmaterial de la representación". En ese sentido, ejercer la literatura es una violencia necesaria. Entre los días 27 de septiembre y 1 de octubre se la podrá inspeccionar de cerca.
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