
En 2025 uno de los contextos más difíciles en términos de seguridad ha sido la crisis en el Catatumbo, en el Norte de Santander, en donde las disidencias de las Farc, y estructuras armadas como el Bloque 33 y el propio ELN se han entregado a la violencia, ante una fracturada serie de conversaciones con el Gobierno de Gustavo Petro.
Pero más allá de pronunciamientos políticos, y por encima de estrategias militares y opiniones de un lado y del otro, hay violencias no tan reportadas que han sufrido las víctimas civiles que han engrosado la cita de los desplazados a más de 50.000.
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Un reportaje que se publicó en Semana puso un enfoque especial en la cruel y silenciosa violencia que se ejerce sobre las mujeres como un plan de dominación y terror por parte de los actores armados ilegales. En esta región, según testimonios, el abuso sexual se ha convertido en una herramienta de sometimiento.
Y esa es parte de la estrategia, por ejemplo, del ELN. Juanita Goebertus, directora de la División de las Américas de Human Rights Watch, afirma en el más reciente informe de la ONG que “nuestra investigación apunta a que el ELN está cometiendo abusos generalizados contra la población civil en su intento por recuperar el control del Catatumbo”.

Diana Vargas, lideresa de la organización Tejedores de Paz en Norte de Santander, que dialogó con el medio afirmó que ha acompañado a numerosas víctimas en su camino hacia la recuperación, y en su testimonio dice que “a muchas les dicen: «O entregas a tu hijo para el grupo, o te entregas tú». Y así empieza todo”.
Violencia sexual en el Catatumbo
La violencia sexual en el Catatumbo no es nueva, pero ha tomado mayor fuerza en medio de la escalada entre el ELN y las disidencias de las Farc. Según reportaron al portal informativo, muchas mujeres son obligadas a pagar con su cuerpo para garantizar la supuesta “protección” de sus familias, mientras otras son marcadas como propiedad de comandantes para evitar que sean abusadas por otros combatientes.
El horror de estos crímenes se refleja en las palabras de una de las sobrevivientes: “Te tocan con el fusil, te apuntan, te desnudan, te penetran… y todo eso, con tus hijos ahí cerca, sin que puedas hacer nada. Después de eso ya no vuelves a ser la misma”.

De hecho, estos casos han comenzado a llegar a las puertas de las instituciones del Estado defensoras de los Derechos Humanos, así como a organismos no estatales. Human Rights Watch informó que “también revisó y verificó fotografías y videos para corroborar casos de abusos y analizó reportes de la Defensoría del Pueblo y de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (Ocha), entre otros. Los investigadores enviaron solicitudes de información a las autoridades nacionales; a la fecha, solo habían recibido respuesta del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf)”.
Por tanto, mientras los grupos armados alegan tener códigos de conducta, la realidad desmiente cualquier vestigio de humanidad en sus acciones. “Ellos se escudan en que tienen códigos, políticas, supuestos límites éticos… pero la verdad es que no respetan nada. Usan a las mujeres como moneda de cambio, como botín de guerra”, denuncia una de las víctimas, citada por el medio.
La impunidad y el miedo
Las agresiones no terminan cuando las mujeres logran huir. Al llegar a ciudades como Cúcuta, muchas descubren que el peligro las sigue acechando. En algunos casos, han sido asesinadas incluso después de escapar de la guerra. “Ni en la ciudad se sienten seguras. La persecución sigue. Aquí también las reclutan, aquí también las prostituyen, aquí también las matan”, lamenta Diana Vargas.

La impunidad es el común denominador. Mientras las cifras oficiales se enfocan en muertos y desplazados, las agresiones sexuales permanecen en la sombra, sin denuncias ni justicia. Los responsables son múltiples: el ELN, las disidencias de las Farc y bandas criminales locales, todos utilizando el miedo y el cuerpo de las mujeres como armas de guerra.
A pesar del dolor y el miedo, muchas mujeres han encontrado apoyo en organizaciones que buscan justicia y reparación. A través de talleres, acompañamiento psicológico y asesoría legal, algunas han logrado alzar la voz y romper el silencio. “No fue nuestra culpa”, repiten, como un acto de resistencia. “La culpa es de los violentos, de quienes usan la guerra para justificarlo todo”.
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