
Michelle Dayana González, una niña de 14 años, salió de su casa en el barrio San Judas, en Cali, para ir a la tienda el día de la celebración de velitas, el 7 de diciembre de 2023, pero no regresó, así que su familia la reportó como desparecida. Al día siguiente, encontraron su cuerpo desmembrado en un taller de láminas y pintura, ubicado en la misma cuadra de su casa.
La menor fue brutalmente asesinada por Harold Andréi Echeverry, un vigilante de 41 años que trabajaba en ese taller. Echeverry fue capturado en Villavicencio gracias a que lo reconocieron en la calle debido a la amplia difusión que tuvo el caso de Michel Dayana. El responsable, que había intentado escaparse, fue sentenciado a 47 años de prisión por el delito de feminicidio.
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Desde la cárcel La Tramacúa en Valledupar, Echeverry habló al programa El Rastro, de Caracol Televisión, y reveló detalles del crimen. Según él, todo comenzó con una discusión que derivó en un golpe fatal a la cabeza de Michel con una “porra de latonería”. Sin embargo, sus afirmaciones son objeto de duda: es cínico hablar cuando la víctima no tiene cómo defenderse y no puede dar su versión.
La joven también habría sido víctima de violencia sexual
“Empezó una discusión y ya, me golpeó con un destornillador de estrella y yo me defendí (agrediéndola) con una porra de latonería. Le pegué un golpe en la cabeza y ella cayó, empezó a convulsionar”, confesó el victimario.
Sin embargo, el verdadero acto de defensa sería el de Michelle Dayana. Aunque no se logró probar que Echeverry era culpable también de abuso sexual contra la menor que asesinó, sí hay indicios de que el hombre había acosado sexualmente tanto a ella como sus hermanas. Al parecer, la adolescente lo habría golpeado con el destornillador debido a que había sido objeto de violencia sexual de parte de Echeverry.

El padre de Michelle, Genaro González, declaró a Caracol Radio que no conocían al agresor: “Nosotros no cruzábamos palabras con él, ni saludo, ni eso, porque él no era de aquí del barrio (...) Ahora que pasan los hechos, mi hija mayor me cuenta que él la morboseaba todos los días que iban al colegio, que ellas tenían que pasarse al otro lado de la cuadra para que él no las mirara”.
Harold Andrés Echeverry Orozco, un exmilitar que trabajaba como vigilante en el taller, tenía antecedentes por acceso carnal con menores de 14 años. Según el medio Volcánicas, las redes sociales del feminicida, como Instagram y Facebook, mostraban que seguía cientos de cuentas de niñas y adolescentes.

Los feminicidas buscan liberarse de su responsabilidad: le echan la culpa a otros aspectos
Echeverry sostuvo en El Rastro que este acto atroz le “cambió la vida”: “Esa decisión es algo que no debería haber pasado. La tomé por miedo, ver una persona muerta por una discusión, un segundo que me cambió la vida. Después empezó a sonar el celular de ella, creo que la estaban buscando, alguien llamaba insistentemente y yo me desesperé”, explicó.
El falso “arrepentimiento” de Echeverry es una conducta común en agresores a mujeres, quienes buscan excusas para explicar su comportamiento y promesas de cambio. Según el Instituto Andaluz de la Mujer de España, “el agresor se arrepiente, pide perdón, busca excusas para explicar su conducta, hace promesas fomentando la idea de cambio”. Su propósito es quedar despojado de su responsabilidad y, en ese caso, poder reincidir. De hecho, aunque confiesen su crimen, no exteriorizan que fueron responsables y que su accionar corresponde a un actuar machista.
En la entrevista, el feminicida expresó: “No hay razón para hacer lo que hice, es algo que me ha dolido, no tengo cómo pagar el daño a ellos, no tengo cómo devolver a la vida a esa persona. Que me perdonen, yo mismo le desearía la muerte a una persona que hiciera eso, pero no es algo que se haya planeado. Quisiera ser yo el muerto, Dios juzgará, yo mismo me odio por eso”.
El Consejo General de Psicología de España señala que los feminicidas suelen tener una inadecuada capacidad de gestión de emociones, lo que deriva en un bajo control de la ira, un incremento en los niveles de ansiedad y una escasa capacidad para tolerar la frustración, factores que aumentan la predisposición a cometer estos actos. No obstante, hechos como el descuartizamiento para ocultar el cuerpo muestra que sí hubo una acción premeditada.
La psicóloga Feggy Ostrosky, refiriéndose al feminicidio en México de Ingrid Escamilla, dijo a Infobae México que los agresores “utilizan el engaño para conseguir lo que quieren, adulan a los demás para obtener sus fines, pero no porque sean sinceros, tienden a ser cínicos”.
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