“Lamentable o afortunadamente, nunca sabré qué es mejor, mi esposa sigue viva”: llevan casi 50 años de casados pero él está solo

“Pienso en Lili. En la Lili que no está. O está pero es como si no estuviese. Seguiré pensando en ella cada minuto de mi vida”, dice Marcelo hoy, a sus 72 años. Le lleva un año de diferencia a su esposa. Se conocieron en 1972 y se casaron en 1978. Pero cuando ella tenía sesenta, empezó a irse. “No se marchó de golpe. La fui perdiendo de a poco”, dice él, mientras, muy a su pesar, lo acompaña un nuevo integrante en la familia: el Alzheimer

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Pareja de ancianos sentada en un sofá en su sala, tomados de la mano. El hombre mira a la mujer, ella mira al frente. Fondo con fotos y estantería.
"Es inevitable que alguno se vaya antes. Ruego que no sea yo porque Lili quedaría demasiado sola. De todas formas nunca sabré si podría impactarle mi ausencia, si le dolería mi desaparición física", se pregunta Marcelo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Marcelo escribe, no lo dice pero lo creo, para exorcizar penas. Vuelca sin falsos pudores en un mail lo que atraviesa hoy con su gran historia de amor a cuestas. Porque los amores no solo se vibran, también se transportan, se trabajan, se padecen y se añoran. Él es uno de los tantos lectores de las historias de Amores Reales de los domingos en Infobae. Y en algunas de las que lee se siente reconocido. Hoy contará su maravilloso amor de antaño y sus penas del presente.

El amor tocó a su puerta en 1972, cuando él y Liliana se conocieron con 17 años. “Empezamos a vernos con frecuencia porque su hermano era compañero y amigo en la escuela industrial. A Lili primero la veía en su casa, pero también luego comencé a verla en el trabajo. Mi amigo me ofreció un puesto en la empresa familiar de sus padres y tíos donde también trabajaba ella. Allí comencé mis primeras actividades como técnico en un taller dedicado a la reparación y mantenimiento de ascensores y bombas de agua. Lili había terminado su secundario en 1971, en un colegio de monjas. Se recibió un año antes que yo porque mi secundario era de seis años. Ella se desempeñaba en el sector administrativo de la compañía, realizando presupuestos, cobranzas y trámites bancarios, entre muchas otras tareas. Ese año, cada vez que su hermano me invitaba a estudiar en su casa, Lili estaba ahí. Era la encargada de atendernos, además de su madre. Nos traía café con medialunas y cosas ricas”.

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La relación de Lili y Marcelo evolucionó naturalmente hacia un noviazgo serio: “Su familia me aceptó como a un hijo y allá por el año 1978 (cuando Argentina fue campeona mundial de fútbol) nos casamos. Nos fuimos a vivir a nuestro primer nidito de amor, por el barrio de Flores”.

Una mujer mayor con el ceño fruncido y manos abiertas habla a una mujer más joven que escucha atenta y preocupada, con fotos sobre una mesa.
"Cuando Lili llegó a los 60 años comenzaron las primeras fallas de memoria. Yo no lo advertí. Las primeras que lo notaron fueron nuestras hijas", dice Marcelo (Imagen Ilustrativa Infobae)

La vida soñada se diluye

“El tiempo pasó, tuvimos suerte laboral y económica. Nuestra pareja se fortalecía cada vez más y al año de casados ya éramos tres porque había nacido nuestra primera hija. Dos años más tarde, llegó la segunda. Divertidas, coquetas, verdaderos ángeles. Vivíamos en Belgrano R, yo era consultor en tecnología y mi mujer ya era psicóloga. Teníamos una vida especial, plena, pudimos ‘crecer juntos’ con nuestras hijas, hasta que ellas comenzaron a conocer amigos que luego fueron novios y, poco a poco, también como nosotros lo habíamos hecho antes, ellas dejaron el nido y se fueron. La normalidad de la vida misma. La casa fue quedando vacía de ellas, pero llena del amor descomunal que habíamos generado con Lili”, relata con nostalgia.

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Al tiempo se mudaron a Pilar. Todo lo hacían juntos. “Soñábamos, viajábamos, nos sacrificábamos y disfrutábamos. Una vida perfecta. Fue cuando Lili llegó a los 60 años que comenzaron las primeras fallas de memoria. Yo no lo advertí. Las primeras que lo notaron fueron nuestras hijas. Decían que veían que olvidaba cosas. Insistieron con que se repetían las falencias y me contaron que notaban un comportamiento sutilmente agresivo. Recién ahí hicimos los primeros estudios neurológicos donde los especialistas le detectaron una demencia fronto temporal y, con el tiempo, Alzheimer”.

Lili siguió con sus reclamos monotemáticos de cosas perdidas y algunas consultas repetidas. Pero todo eso ocurría de una manera tan gradual que al principio parecía menor, tolerable.

Irse de a poco

“Hoy, quien les escribe tiene 72 años y Lili, 71. Lamentablemente (o afortunadamente, nunca sabré qué es mejor) Lili sigue viva. Han pasado 11 años desde el comienzo de la enfermedad y hoy Lili traslada su cuerpo como ausente. La habita como puede. Come poco, habla menos, casi no registra su entorno, no le causan impacto emocional las malas noticias ni la alegran las buenas”, explica Marcelo con desolación. “Además, hay que vigilarla, registrar muy de cerca los medicamentos que toma, participar de su higiene personal. En fin, Lili se fue. No se marchó de golpe. La fui perdiendo de a poco. Paso a paso. De pronto me di cuenta de que ella había quedado aislada en su impenetrable mundo. Hoy tiene diagnóstico de Alzheimer, algo que no tiene una cura por ahora. La transición con la que se dio todo fue suave, casi imperceptible al comienzo”.

“Con el pasar de los años te das cuenta de que te acompaña una nueva amiga íntima, la enfermedad. Una compañera que se nos presenta y define situaciones a las que yo llamo momentos blancos. Raros instantes que avanzan silenciosamente como sombras sobre mi vida. Es en esos momentos donde le agradezco a mi cerebro que active su mecanismo de autoprotección: es como si me impermeabilizara de una manera que impide que tenga que asumir la verdadera dimensión de mi soledad. Como un salvaje instinto de supervivencia, frente a situaciones difíciles, mi cerebro me anestesia para que no sufra. También estoy escribiendo un libro para dejar, a modo de legado, a mis nietos. Allí cuento el proceso y dejo mis pensamientos particulares”.

La escritura como catarsis parece resultarle.

Una pareja de ancianos, él de 72 años y ella de 71, sentados en un sofá en su sala, tomados de las manos. Él la mira mientras ella observa al frente. Hay una taza de café y libros en la mesa de centro.
"Amigos y familiares se alejan. Ya nada es como era entonces. No debo quejarme de la señora Soledad, tengo que identificarla y considerarla como algo cierto", enseña él (Imagen Ilustrativa Infobae)

Ver los nuevos caminos

Marcelo vio cómo Lili empezó a perder el interés por la lectura o por mirar películas juntos. Se dio cuenta de que tenía que pedirle que llame a sus hijas y a sus nietos, pero Lili lo olvida casi siempre. Tuvo que aprender a cocinar, a usar el lavarropas y es quien hoy hace las compras y se ocupa de que todo marche en la casa. Son dos, pero solo uno es el que puede organizar la cotidianidad. Sigue reflexionando:

“Ahora intento definir a la soledad como un nuevo espacio. Es curioso y, aparentemente, hermoso. Poco a poco se abre ante mis ojos y me presenta una nueva luz no tan intensa, con otros colores, en un espacio tranquilo, placentero, que posee una cuota importante de premonición… ¿Qué cosas seguirán? ¿Qué vendrá? Son nuevos caminos, que tal vez, tendré que cruzar solo, disipando dudas y neblinas que me enfrentan, una y otra vez, a una realidad brutal: alguno de nosotros dos partirá antes.

Esta soledad, con nuestros hijos viviendo sus vidas, nos va anticipando la despedida. Nos prepara para ella.

Incluso los nietos fueron abandonando un poco el vínculo natural que se tornó imposible porque la alegría original con sus abuelos se había ido desdibujando. Amigos y familiares también se alejan. Ya nada es como era entonces. La salud del cerebro ha dejado de acompañar. No debo quejarme de la señora Soledad, tengo que identificarla y considerarla como algo cierto. Concreto. Deberé acostumbrarme a este ‘nuevo mundo’ tal como se presenta. A veces me pregunto si esta etapa sería más indulgente si pudiese compartirla con alguien. Pienso en Lili. En la Lili que no está. O está pero, que es como si no estuviese. Seguiré pensando en ella cada minuto de mi vida.

No sé cómo describir o explicar el proceso de deterioro mental por el que ella atraviesa. Todavía busco respuestas, consuelo y no quisiera apagarme antes.

Me voy a permitir una imagen que es más explicativa que cualquiera científica: diría que ella comenzó muy lentamente a adentrarse en su propio océano, a alejarse de una costa hermosa, de nuestro sitio, ese que ambos conocíamos. Todo ello sin que nadie lo advirtiera, ni siquiera ella misma. Comenzó a tomar distancia de su propio cuerpo y de su entorno en forma gradual y sostenida. Navegó lejos. Y en un momento difícil de precisar en el almanaque, comenzó a vivir el cambio más profundo de su personalidad y dejó de ser Lili. La Lili que habíamos conocido. Un mundo intrincado de pensamientos desconocidos que desearía compartir y al que me gustaría acompañarla para llevarla de la mano. Pero es imposible. Solo me queda caminar junto a su propia soledad, transmitiéndole la seguridad de mi presencia por siempre.

El ‘escape neuronal’ de Lili avanza lentamente, jamás retrocede ni se diluye. Su relación con el mundo se ha ido cubriendo con una capa incombustible que a veces no la deja verse frente a un espejo. Eso me genera impotencia. Pienso en nuestro futuro, en lo que inexorablemente vendrá. En el ciclo que se cumple. Es inevitable que alguno se vaya antes. Ruego que no sea yo porque Lili quedaría demasiado sola. De todas formas nunca sabré si podría impactarle mi ausencia, si le dolería mi desaparición física.

Habíamos imaginado una vejez compartida. La ilusión era ir caminando juntos por una playa cálida, abrazados y mirando una caída del sol. Siempre de la mano y descalzos, recordando lo vivido. Pero eso no ocurrió. La vida, como en una película tragicómica, me dio un sartenazo en la cara y me puso enfrente otra realidad que jamás había considerado. Una que hoy intento aceptar y entender”.

El amor viene en fórmulas sorpresa. Resulta igual de imprevisible que los posibles finales de la existencia humana. Uno, seguramente, dejará al otro: Lili o Marcelo. Nada de esto es razón para que el amor claudique. En la enfermedad o en la salud, con heridas o sin ellas, cuando se ama se sigue adelante, cabalgando aferrados a las riendas de las emociones. Porque el espejo del amor tiene siempre dos caras: del otro lado de donde se reflejaba la alegría, aparecerán algún día la tristeza y la soledad. Que ese aliento empañe aquella imagen perfecta es inevitable, pero también constituye la prueba inequívoca de que esa pareja enamorada pisó la tierra.

* Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com

* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas

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