
Si se vieron antes, ninguno de los dos lo recuerda. Es lo más probable: sus familias eran amigas desde siempre, el padre de Adrián era compañero de trabajo de la madrina de Caro y solían juntarse a comer o cuando festejaban algo. Pero Adrián le llevaba cinco años a Caro, y hasta ese momento la brecha entre ellos parecía enorme.
Era el Día de la Primavera de 1991 y el hermano de Adrián cumplía años. Como otras veces, Caro y su familia estuvieron invitados. Ya se estaban yendo cuando lo vieron llegar. Ni bien entró puso en el pasacassette fuerte “It must have been love”. Caro se volvió para preguntarle de quién era el tema, lo escuchaba todo el tiempo, pero no sabía el nombre de la banda. “Es Roxette –le dijo él–, si te gusta te lo grabo”. Ella le dijo que sí. Era la primera vez que se prestaban atención, capaz porque ahora que Caro tenía 14 y Adrián 19, la diferencia de edad no se notaba tanto.
No lo esperaba cuando lo vio llegar a su casa la tarde siguiente, en bicicleta y con el cassette prometido en la mochila. A Caro nunca la dejaban salir y mucho menos invitar chicos a su casa, pero Adrián era como de la familia, así que esa traba estaba sorteada. Así fue como empezaron a ser amigos. Durante meses se acostumbraron a la rutina de que él fuera a visitarla los domingos mientras ella se ocupaba de los quehaceres y de sus hermanos más chicos.
Adrián era reservado, pero con Caro hablaba de todo. Era mirarse y entender que quería el otro, una conexión nueva y distinta. Era obvio que entre ellos pasaba algo más, pero ninguno se atrevió siquiera a insinuarlo. En parte, porque todavía pesaba la diferencia de edad: Caro era una adolescente que iba al colegio, Adrián ya se había recibido y trabajaba.
En abril del 92 Caro cumplió 15 años. Su mamá había conseguido un préstamo para hacer una fiesta muy íntima en su casa y entre esos pocos íntimos estaba Adrián. “El nunca iba a ningún lado, pero su familia estaba invitada y vino por mí, porque ya éramos muy amigos”, cuenta ahora Carolina a Infobae. Hubo fotos, pero los padres de Caro jamás pudieron pagarle al fotógrafo para que se imprimieran, así que apenas quedaron algunas copias para registrarlo.

Cuando terminó la secundaria, Caro se puso de novia con otro chico. Desde el principio, su novio y Adrián se enfrentaron: “No se podían ni ver, mi novio me decía que Adrián me miraba con otros ojos y que no le gustaba que estuviera tan cerca”. Por un tiempo, Caro se impuso: “Te guste o no, es mi amigo y lo voy a seguir viendo”, le dijo. Los domingos se cruzaban, de muy mala gana.
En el 95, cuando empezó la facultad, Caro encontró un espacio y una excusa para encontrarse con Adrián a solas: “Lo llamaba desde el teléfono público de la puerta y le decía que estaba en clase aburrida y que me pasara a buscar. El dejaba todo para venir a verme”. Se quedaban juntos ese rato, calculando la hora de la clase para que a Caro no la retaran en la casa y para que el novio no se enterara. Recién entonces se dieron el primer beso.
Pero Carolina seguía de novia y estaba confundida, así que dejaron de verse sin llegar a decirse nunca lo que sentían. En febrero de 1999, se casó con su novio de siempre. Hacía rato que no tenía noticias de Adrián ni él de ella más que por su madrina. El dice que ese día se quedó dando vueltas cerca de la casa de Caro y de la Iglesia, sin saber si quería verla o no. Tenía el corazón roto y en un momento le pareció cruzarla de lejos, pero bajó la mirada y siguió camino. No podía creer que la estaba perdiendo.
Habían pasado varios años de eso el mediodía en que casi chocan de frente en una calle del centro. Él iba de la mano de una chica y cuando pasó por al lado de Caro, apenas si le dijo “Hola”. Caro dice que cuando lo vio casi se muere: “Imaginate qué egoísta, porque yo había hecho mi vida y él tenía derecho a hacer la suya, pero no se puede ir contra los sentimientos”.
Para octubre de 2005, Caro ya tenía un hijo de 3 años y acababa de perder un embarazo. Su matrimonio estaba en crisis y habían buscado ese bebé en el afán de salvarlo. “Dios sabe porqué hace las cosas”, dice ahora. Por esos días su madrina le contó que la mamá de Adrián estaba muy enferma. El Día de la Madre la llamó temprano para avisarle que había muerto y dónde era el velorio. El marido de Caro hizo un escándalo, no quería que fuera, la acusaba de no haber dejado de ver nunca a su amigo. “No te pedí permiso”, dijo ella, y fue con su cuñada y su tía acompañar a Adri y su familia. Hacía ocho años que no se veían, pero el cariño –el amor– era el de siempre, y ella sentía que tenía que estar ahí al menos para darle un abrazo.
“Cuando llegué, Adrián estaba sentado en un sillón y todos los que estaban con él se hicieron a un lado para que fuera yo. Sabían de nuestra amistad y nuestra conexión, pero después de tanto tiempo y en ese momento, ni me salía qué decirle”, cuenta Caro. Después se fue, porque la esperaba su marido con el asado del Día de la Madre.

No fue al entierro al día siguiente, pero sí estuvo ahí su cuñada, que le dejó su teléfono a Adrián por si necesitaba charlar con alguien o volver al cementerio acompañado. Adrián la llamó dos días después y le pidió que fuera con él, esa tarde hablaron mucho frente a la tumba de su madre y, en medio de su tristeza, él le confió que nunca había olvidado a Carolina. Así que la cuñada de Caro se fue directo a buscarla al trabajo. “Te tengo que decir algo importante: Adrián está destruido y te puedo asegurar que está esperando que lo llames”, le dijo, y le dio un papelito con el teléfono de Adrián. “¿Cómo lo voy a llamar? ¿Qué le voy a decir? ¡El otro día no pude ni hablarle!”, respondió ella. “Te digo que lo llames, que te necesita y te va a atender”, insistió la cuñada, tanto, que en cuanto Caro terminó de trabajar, buscó un locutorio y marcó el número.
Adrián le reconoció la voz enseguida. Caro le hizo saber que estaba ahí para lo que necesitara y lo invitó a tomar un café. Quedaron en verse esa misma semana. Al rato de llegar al bar ya estaban charlando con la confianza de antes. “Aunque la idea era que yo lo consolara a él por lo de su mamá, le conté que mi matrimonio estaba destruido y fue él el que me terminó consolando a mí”, se ríe ahora Carolina. Cuando se abrazaron para despedirse, no pudieron evitar darse un beso.
Estaba claro que se seguían queriendo y Adrián también fue claro con sus intenciones: “Yo no soy segundo plato de nadie”, le dijo. Caro estaba decidida: no iba a volver a dejar pasar al amor de su vida. Sentía que había llegado a su matrimonio más por costumbre que por enamoramiento, y ahora estaba atrapada en una relación abusiva y violenta. Pero ya no había vuelta atrás. Faltaba un mes para el cumpleaños de su hijo, así que le dijo a su marido que pasada esa fecha, quería separarse. No fue fácil: hubo tirones, persecuciones y amenazas. Pero Carolina no se dejó amedrentar. Ese año nuevo lo pasó con Adrián, ya separada y en vías de divorciarse.

“Estuvimos once meses de novios como no habíamos sido nunca, todavía más enamorados que cuando éramos chicos. Y después, convivimos otros once meses. Elegimos casarnos en primavera, porque es el mes en el que nos conocimos”, cuenta. De eso pasaron ya 16 años, y otros dos hijos además del que Caro tenía de su primer matrimonio.

La más chiquita acaba de cumplir cinco y es la luz de sus ojos: “Cuando me casé por primera vez y me di cuenta de que me había equivocado y no era feliz, siempre pensaba que cuando tuviera una hija mujer le iba a decir que nunca dejara pasar al amor de su vida, porque se iba a arrepentir hasta el último día. Ahora voy a poder decírselo contándole la historia de sus padres”, dice Caro y se emociona.
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