La noche del 30 de julio pasado, después de que el chavismo lograra su Asamblea Nacional Constituyente, Carmen Sivoli guardó su pasaporte y algo de dinero en el koala (riñonera) más modesta que encontró y se fue de su casa. Tenía que salir del país. Habían allanado la residencia del alcalde de su municipio, Campo Elías en Mérida, y ahora iban por ella. No importaba que fuera diputada, que tuviera inmunidad…
Salió de noche y pasó de casa en casa hasta que logró cruzar a Colombia. En su travesía, se encontró con la inesperada mano tendida de varios chavistas. "Esa noche me llamó una persona bastante afín al chavismo para decirme que me fuera, porque los regímenes totalitarios creen que todo lo tienen controlado, pero eso es mentira. Esa persona, de una fuerza de seguridad, me lo dijo: '¡Sale, ahora!'".
Ese fue el último de varios avisos que recibió. "Hacía días que dirigentes amigos me decían que tuviera cuidado, las cosas iban pasando y no sabes qué te puede ocurrir. Estás en el limbo, en una espiral de violencia, si te toman no sabes qué te puede pasar". Sivoli cuenta que irse fue la decisión más difícil que tuvo que tomar. No quería.
Se emociona en varias partes de la entrevista. "Las protestas se dan por hambre, por miseria, por necesidad. Estamos en estado crítico. La gente se está muriendo de hambre, de ausencia de medicinas, de inseguridad. Parece que fuéramos gobernados por alguien que no es venezolano. El odio con el que tratan a la sociedad civil es impresionante", dice con rabia.
Es que siente en carne viva las muertes durante la represión de las marchas pacíficas. "Yo viví situaciones muy dolorosas, viví lo que ellos entregaron (por los manifestantes asesinados), ví como los jóvenes eran heridos de una manera tan vil", cuenta y recuerda cómo con los estudiantes de medicina de la Universidad de Los Andes montaban hospitales de campaña en medio de la represión. "No podíamos llevar a nuestros muchachos heridos a los centros asistenciales porque se los iban a llevar presos y en uno de esos episodios cae un joven con la pierna destrozada, y le hicieron la cirugía ahí, en la acera, con nosotros tapándole el sol con la espalda".
La opositora ahora está en Buenos Aires, aquí viven sus hijos (como miles de jóvens venezolanos que salen de su país en busca de un futuro mejor en medio de tantas urgencias). Lleva ropa prestada y agradece a los argentinos que tan bien la recibieron, pero no se da por vencida. Piensa en volver. "No digo cuándo", adelanta para no dar pistas innecesarias a sus adversarios, pero pronto emprenderá el regreso. De nuevo, con su pasaporte como único objeto preciado, intentará pisar tierra venezolana: "Porque la gente necesita ver que los dirigentes estamos con ellos, que estamos ahí".
"Puede más el miedo a que mi país esté gobernado por un dictadura que nos destruya, al temor a cualquier riesgo que yo pueda correr. Mi compromiso es con mi gente", repite convencida. Tan segura está, que confía en que llegará a su Mérida a tiempo para votar en las regionales previstas para octubre.
"Yo voy a votar. Si puedo entrar, yo sí voy a votar. Todos los caminos que nos lleven a reconstruir nuestro país, la democracia y a volver a tener libertad, no se pueden desperdiciar. Esas elecciones no solo se le deben al pueblo, sino también están establecidas en la constitución".
Para Sivoli, participar de las elecciones a gobernador no es un capricho de un grupo de personas, "y mucho menos de la MUD", están contempladas en la Constitución: "Nosotros tenemos que cumplir esa Constitución, no podemos cometer el mismo error dos veces (por las legislativas de 2005 en las que la oposición no participó y el chavismo copó la Asamblea Nacional)". La diputada no quiere ver un Parlamento chavista: "No podemos dejar los espacios que son de los venezolanos. Hay que votar. Los verdaderos demócratas estamos de este lado".
Cuando se le pregunta sobre si serán comicios libres, también se muestra optimista: "El punto de triunfo de este tipo de enfrentamientos, con un Consejo Nacional Electoral que está a los pies del régimen, es tener muy buenos equipos en mesa y un pueblo dispuesto a cambiar. Cuando el pueblo sale a las calles, ahí no hay ni máquinas, ni CNE, ni régimen que lo pueda parar".
La historia de la diputada opositora no es única. Decenas de dirigentes, políticos o activistas se fueron de Venezuela en los últimos meses. Algunos lograron salir por Maiquetía, el aeropuerto internacional, pero son los menos. La mayoría forma parte de una nueva camada de exiliados: los perseguidos por el chavismo de Maduro.
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