Una flota de buques de guerra y aviones de combate estadounidenses se desplegaba de manera amenazante frente a las aguas de Venezuela, mientras el Pentágono ya había ideado planes para capturar o matar al líder del país.
Pero al terminar el año 2025, el presidente Nicolás Maduro parecía sorprendentemente relajado, celebrando la Nochevieja con un pequeño grupo de familiares y amigos en su casa de Caracas, la capital, según varias personas cercanas a él, entre ellas un invitado a la fiesta.
Compartieron platos tradicionales venezolanos como hallacas y pan de jamón. Escucharon gaitas y las animadas canciones navideñas venezolanas.
Al día siguiente, como de costumbre, Maduro envió saludos a sus altos funcionarios. “Feliz Año Nuevo para usted y su familia”, rezaba un mensaje visto por The New York Times.
Estados Unidos amenazó con atacar Venezuela si Maduro no dimitía. Aun así, personas cercanas a él dijeron que, en repetidas ocasiones, afirmó que el gobierno de Donald Trump no se atrevería a atacar Caracas.
Maduro sabía que había espías que trabajaban en su contra y temía una traición desde dentro de sus filas. Sin embargo, a finales de diciembre, les dijo a sus amigos y aliados que aún estaba a tiempo de negociar un acuerdo para mantenerse en el poder o abandonar el cargo cuando él decidiera, según dijeron.
Para el entorno de Maduro, una incursión estadounidense parecía descabellada, dijeron personas cercanas a él. Cuando las explosiones sacudieron la base militar de Fuerte Tiuna, en Caracas, el 3 de enero, algunos miembros de su círculo pensaron que se trataba de un golpe de Estado y no de un ataque estadounidense.

Fue un notable error de cálculo por parte de Maduro, un autócrata que había burlado a sus oponentes una y otra vez durante sus 13 años de gobierno, manteniéndose en el poder a pesar de las derrotas electorales, las protestas masivas, los complots armados y los intentos de asesinato.
Maduro ya había sido informado de que debía dimitir por un multimillonario brasileño que se había reunido con el secretario de Estado, Marco Rubio, según personas familiarizadas con el intercambio. Pero Maduro hizo caso omiso de la advertencia, sin comprender la urgencia.
Su interpretación errónea de las intenciones del gobierno de Trump tuvo profundas consecuencias: provocó el primer ataque extranjero en suelo venezolano en más de un siglo, llevó a Maduro y a su esposa a una cárcel de Brooklyn y cambió el curso de la historia de su país.
También contribuyó a redefinir el papel de Estados Unidos en América Latina, marcando el comienzo de una nueva e impredecible era de diplomacia armada.
Este relato de las últimas semanas de la presidencia de Maduro se basa en entrevistas con una decena de sus altos funcionarios, amigos y aliados. La mayoría habló con él en los días previos al ataque estadounidense y varios estuvieron en contacto apenas unas horas antes.
Sus versiones fueron confirmadas por entrevistas con personas próximas a Trump y otras figuras clave, incluida Delcy Rodríguez, la sustituta de Maduro, quien ha establecido una alianza forzada con Estados Unidos. No estaban autorizados a hablar públicamente.
Cuentas pendientes
Durante todo el enfrentamiento con la Casa Blanca, Maduro siguió consumido por el desafío y la arrogancia, un hombre que había sobreestimado sus propios poderes y subestimado la determinación de sus adversarios, dijeron algunos de sus colaboradores más cercanos. Al igual que el autócrata en decadencia de la novela de Gabriel García Márquez “El general en su laberinto”, Maduro, de 63 años, vio cómo su poder se desvanecía al no poder sortear la crisis económica y política que se agravaba ante él.
“Después de años en el poder, uno termina sobreestimando su capacidad”, dijo Juan Barreto, un exfuncionario del gobierno que en su día fue aliado de Maduro. “Terminas solo escuchando a la gente que te quiere complacer”.
Trump intentó derrocar sin éxito al hombre fuerte de Venezuela durante su primer mandato, sancionando a la industria petrolera del país y reconociendo a un líder de la oposición como presidente. Cuando Trump regresó a la Casa Blanca el pasado enero, consideró que Venezuela era un asunto pendiente, según funcionarios estadounidenses.
Trump empezó a advertir de una “invasión” por parte de una mortífera banda venezolana que operaba bajo la dirección de Maduro, a pesar de que las agencias de inteligencia estadounidenses concluyeron que eso no era cierto. Su gobierno endureció las sanciones y luego empezó a volar barcos en el Caribe, diciendo que su objetivo eran los traficantes de drogas.
Venezuela quedó efectivamente sitiada.

Trump y Maduro tuvieron la oportunidad de resolver el conflicto el 21 de noviembre, día en que ambos dirigentes mantuvieron su única conversación directa conocida. Trump habló cordialmente con Maduro por teléfono entre 5 y 10 minutos, según cuatro personas familiarizadas con la llamada.
“Tienes una voz fuerte”, le dijo Trump a Maduro en tono jocoso, según esas personas.
Maduro le respondió bromeando y, a través de un traductor, le dijo a Trump que estaría aún más impresionado si alguna vez lo viera en persona, debidamente duchado y vestido, dijeron tres de los presentes.
Trump invitó a Maduro a Washington, una propuesta que el presidente venezolano rechazó cortésmente, temiendo una trampa, según esas fuentes. Maduro, en cambio, propuso reunirse en un lugar neutral fuera de Estados Unidos, a lo que Trump se negó.
La llamada terminó sin acuerdos concretos ni amenazas, dijeron las tres personas. Pero los dos líderes se marcharon con conclusiones muy distintas, lo que desencadenó una cadena de malentendidos que culminó en el espectacular ataque estadounidense.

Maduro pensó que sus bromas habían conquistado al presidente estadounidense, conocido por su estilo de comunicación desenfadado, según personas familiarizadas con la conversación. El líder venezolano, dijeron, pensó que había ganado tiempo para negociar un acuerdo y reforzó su creencia de que el despliegue militar estadounidense en el Caribe era una táctica de presión para forzar un acuerdo.
Trump pensó lo contrario, dijo un funcionario estadounidense familiarizado con la llamada. El presidente hizo la llamada esperando que Maduro expusiera un plan específico para abandonar el poder, dijo el funcionario. Pero la indiferencia de Maduro indicó a Trump que el líder venezolano no lo estaba tomando en serio, lo que contribuyó a la decisión de Trump de utilizar la fuerza.
Ultimátums ignorados
Pocos días después, Maduro recibió una advertencia: tenía que irse de inmediato.
El mensaje fue transmitido a Maduro en persona por Joesley Batista, un multimillonario brasileño con negocios tanto en Estados Unidos como en Venezuela, quien se había reunido recientemente con Rubio, según tres personas familiarizadas con los intercambios.
Rubio había dejado claro a Batista que Estados Unidos quería que el líder venezolano llegara a un acuerdo y abandonara el país. Pero cuando Maduro lo oyó, lo interpretó como un ultimátum, se enfadó ante la idea de abandonar el poder y desestimó la amenaza, según esas fuentes.
Batista y el abogado de Maduro declinaron hacer comentarios y el Ministerio de Información de Venezuela no respondió a preguntas detalladas. Un alto funcionario estadounidense dijo que Maduro tuvo múltiples oportunidades de llegar a un acuerdo y dimitir.
En lugar de capitular, Maduro salió a la calle para transmitir control. Empezó a hacer apariciones casi diarias, no programadas, en actos públicos, bailando, cantando y coreando eslóganes en un inglés exagerado y pidgin.

“Por favor, por favor, por favor: sí paz, no guerra”, repetía la voz grabada de Maduro mientras bailaba al ritmo de música electrónica en el palacio presidencial el 21 de noviembre, el día de su llamada con Trump.
Cuando le mostraron a Trump un video de Maduro bailando, el presidente estadounidense se mostró visiblemente molesto, según una persona familiarizada con el asunto. Trump vio aquella escena del líder venezolano como una burla, lo que inclinó aún más la balanza hacia una incursión militar, añadió la persona.
La presión estadounidense se sumó a las divisiones internas que ya asolaban el gobierno de Maduro, dijeron algunas personas cercanas a él.
Las desavenencias tenían su origen en la decisión de Maduro de ignorar los resultados de las elecciones de 2024, que había perdido de manera contundente, lo que lo despojó de toda legitimidad restante y profundizó su aislamiento internacional.
Las amenazas de Estados Unidos hicieron que Maduro dependiera aún más de los partidarios de la línea dura de su Partido Socialista. Esa facción atrincherada, liderada por el ministro del Interior, Diosdado Cabello, pedía una mayor represión interna para mantenerse en el poder y un mayor control estatal sobre la economía.

Al mismo tiempo, Maduro desconfiaba cada vez más de su vicepresidenta Rodríguez, más pragmática, dijeron algunas personas cercanas a él. Ella estaba estrechando su control sobre el erario nacional, dejando de lado a sus rivales e impulsando la liberalización económica. Terminó ocupando simultáneamente los cargos de vicepresidenta, ministra de Petróleo y ministra de Finanzas.
Algunas personas dijeron que Maduro había considerado despedirla, pero sabía que necesitaba la experiencia de Rodríguez en gestión para mantener a flote la economía sitiada, añadieron.
Maduro también se sentía acorralado por sus alianzas internacionales, sobre todo por la carga económica que suponía proporcionar ayuda a Cuba, dijeron algunas de las personas. La importadora estatal de energía de Cuba recibió unos 2000 millones de dólares en petróleo venezolano durante los 11 primeros meses del año pasado, en virtud de acuerdos que no proporcionaron dinero al gobierno de Maduro, según datos internos de la empresa estatal venezolana.
Maduro comprendió que sus lazos con La Habana —uno de los principales adversarios de Trump— complicaban sus esfuerzos por llegar a un acuerdo con Washington, dijeron esas personas. Pero no estaba dispuesto a poner fin a las entregas de petróleo, pues las consideraba una cuestión de honor y lealtad al fundador del partido gobernante, Hugo Chávez, protegido de Fidel Castro.
Esa alianza comenzó a deshacerse desde el ataque estadounidense: a medida que la sucesora de Maduro canceló los envíos de petróleo a Cuba, destituyó a aliados cubanos de altos cargos y puso fin a los vuelos comerciales a la isla.
Poder a toda costa
Todas las personas entrevistadas para este artículo coinciden en que Maduro nunca se planteó seriamente dimitir, a pesar de las amenazas de Estados Unidos, los consejos de intermediarios como Turquía y Qatar y, finalmente, los sutiles llamamientos de algunos de sus propios funcionarios y familiares.
Algunos dicen que Maduro mantuvo su compromiso de preservar el legado revolucionario de Chávez. Con el tiempo, algunas personas dijeron que Maduro llegó a ver ese legado en términos muy limitados: mantener a su Partido Socialista en el poder a cualquier costo.
Otros dicen que la idea de dejar atrás a familiares y amigos que habían trabajado con él durante décadas pesaba mucho sobre Maduro. Esas personas dijeron que él consideraba el exilio una forma de traición.

Mientras otros insisten en que Maduro simplemente juzgó mal los riesgos que Trump estaba dispuesto a correr para destituirlo.
Maduro, según personas cercanas a él, estaba preparado para que el gobierno de Trump intensificara su campaña militar y comprendía que el enfrentamiento podría costarle la vida. Pero pensaba que el resultado más probable era un ataque estadounidense contra instalaciones petrolíferas venezolanas o lugares relacionados con el tráfico de drogas.
Nunca pensó que Trump organizaría un ataque de gran envergadura contra Caracas, dijeron esas personas, y mucho menos el despliegue de 150 aviones que participaron en la operación estadounidense del 3 de enero.
Y Maduro confiaba en que sus Fuerzas Armadas, equipadas con armamento chino y ruso valorado en miles de millones de dólares, podrían infligir bajas letales, lo que haría que un ataque resultara políticamente desagradable para Trump.
Después de todo, incluso la operación estadounidense de 1989 para capturar a Manuel Noriega, entonces presidente de Panamá, un país mucho más pequeño, dejó a 26 estadounidenses muertos, señalaron miembros del círculo íntimo de Maduro en conversaciones con él.
Maduro parecía satisfecho con los informes optimistas de sus generales sobre el estado de las defensas antiaéreas del país, según sus allegados, aunque las instalaciones militares eran en gran medida aldeas Potemkin: estructuras más aparentes que reales.
Maduro, dijeron, también se sintió alentado por las declaraciones de los presidentes políticos de izquierda de Colombia y Brasil, quienes denunciaron el belicismo estadounidense. Creía que el riesgo de desestabilizar la región y ponerla en contra de Estados Unidos disuadiría a Trump.

El presidente venezolano seguía confiando en la lealtad de su equipo de seguridad y su círculo íntimo, pero cada vez le preocupaban más los esfuerzos estadounidenses por infiltrarse en el gobierno y en el ejército. Un amigo íntimo recordó que Maduro le llamó a finales de diciembre para decirle que temía ser traicionado y le pidió que no respondiera a llamadas ni mensajes de números desconocidos, porque había espías que trabajaban contra él.
A pesar de la bravuconería escenificada en los actos públicos, Maduro comprendió que se enfrentaba a una nueva amenaza. Redujo las reuniones sociales y canceló las apariciones previstas. La mayoría de sus emisiones casi diarias en la radio y la televisión locales eran mensajes pregrabados presentados como discursos en vivo.
Dos días después de hablar con Trump a finales de noviembre, Maduro rompió con su costumbre de celebrar su cumpleaños con una gran fiesta; en su lugar, tuvo una celebración mucho más pequeña con su familia en el complejo militar de Fuerte Tiuna.
Para evitar ser detectado por satélites o aviones espía, Maduro pasó más tiempo bajo la protección de un pequeño contingente de sus 1400 efectivos de la Guardia Presidencial, dijeron algunas personas cercanas a él.
Pero la decisión, tomada para ocultar su ubicación, dejó en última instancia al líder venezolano con menos protección frente a una incursión estadounidense, añadieron.
Últimas oportunidades
El 10 de diciembre, Estados Unidos intensificó drásticamente el conflicto al detener un petrolero que transportaba petróleo venezolano, iniciando un bloqueo parcial que paralizó la principal fuente de ingresos del país.
El bloqueo paralizó los buques cisterna de Venezuela y obligó a las empresas petroleras a redirigir el combustible a instalaciones de almacenamiento limitadas. Algunas empresas empezaron a cerrar pozos. La industria petrolera del país se acercaba al colapso.
En reuniones oficiales y conversaciones personales, Maduro mantuvo la calma, según personas que hablaron con él en diciembre, convencido de que aún era posible un acuerdo con Estados Unidos.
La decisión de Estados Unidos de calificar a Maduro de “narcoterrorista”, quien dirigía dos cárteles de la droga, desconcertó al presidente venezolano, dijeron estas personas. Para Maduro, la descripción que hizo el gobierno de Trump de él como un capo que supervisaba personalmente el envío de criminales y drogas a Estados Unidos para matar a estadounidenses era una exageración y debía esconder una exigencia más pragmática, según algunas de esas personas.
Hasta el final, Maduro se negó a aceptar que Trump le considerara personalmente como el problema principal, dijeron estas personas. En su lugar, pensó que solo necesitaba encontrar un botín económico que Trump realmente quisiera.
Pero a mediados de diciembre, la situación económica de Venezuela era tan precaria que Maduro empezó a plantearse su propia salida. Dijo a una persona que podría ofrecer elecciones anticipadas, ya en 2026, y hacerse a un lado en favor de otro candidato del partido gobernante.
Washington, sin embargo, insistió en su dimisión inmediata.
El 23 de diciembre, la Casa Blanca hizo su última oferta. A petición de Washington, el gobierno de Turquía dijo a Maduro que Estados Unidos no le perseguiría ni se centraría en su riqueza si se exiliaba, según una persona familiarizada con el asunto. (Un funcionario turco dijo que no se habló de Turquía como posible destino).
Maduro rechazó la oferta, según el funcionario estadounidense, lo que puso en marcha los preparativos finales para el atentado. La operación estaba prevista inicialmente para el último fin de semana de diciembre, pero se pospuso por varias razones, entre ellas las inusuales lluvias en Caracas.
El 30 de diciembre, Rodríguez se reunió con Maduro para intentar transmitirle la magnitud del inminente colapso económico precipitado por el bloqueo estadounidense, según tres personas familiarizadas con la reunión. Maduro desestimó sus preocupaciones, dijeron las personas.
Para entonces, el gobierno de Trump había identificado a Rodríguez como alguien con quien podrían trabajar, pero no hay indicios de que ella estuviera al corriente del plan militar del Pentágono.
Maduro parecía decidido a resistir la presión estadounidense. Preveía recurrir a una estrategia de resistencia popular, abandonar la producción de petróleo y apostar por el autoabastecimiento alimentario si era necesario, según una de las personas.
En lugar de ello, durante la madrugada del 3 de enero, aviones militares estadounidenses atravesaron las fronteras de Venezuela, atacaron cuatro bases militares, redujeron a los escoltas presidenciales y lo capturaron a él y a su esposa, Cilia Flores, en una operación que dejó más de 100 cubanos y venezolanos muertos.
En el momento del ataque estadounidense, Rodríguez, como muchos otros altos funcionarios, estaba de vacaciones en la isla de Margarita, conocida por sus playas caribeñas, restaurantes e imponentes villas de la élite venezolana. Minutos después de la captura de Maduro, recibió una llamada.
Funcionarios estadounidenses le comunicaron que el Pentágono iniciaría inmediatamente una serie más amplia de bombardeos contra Venezuela si se negaba a cooperar. Tras exigir y obtener pruebas de que Maduro seguía con vida, Rodríguez aceptó.
Voló a Caracas en un jet privado y asumió lo que declaró que era el papel temporal de presidenta interina.
Dos días después, Maduro compareció ante un juez estadounidense en Nueva York para la lectura de cargos por narcotráfico. “Soy el presidente de Venezuela”, dijo, “y me considero un prisionero de guerra”.
© The New York Times 2026.
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