En la República Democrática del Congo, los pastores flotantes siguen a los feligreses en movimiento a lo largo de un río muy activo

Guardar

Especial para Infobae de The New York Times.

(Congo River Dispatch)

MBANDAKA, República Democrática del Congo — Las notas del soukous, como se le llama a un género musical típico de la zona central del continente africano, habían resonado desde antes del amanecer, pero a las 8 de la mañana, alguien a bordo de la embarcación pintada de colores brillantes atracada a la orilla del río Congo pulsó el botón de pausa, un pastor tomó un micrófono y empezó a predicar a un volumen que se escuchaba con facilidad desde la orilla.

“Se van a ir al cielo”, le prometió a su rebaño con ojos soñolientos, cansados de haber estado de fiesta toda la noche a bordo de la embarcación, el Super Malou Express. “Y, además, ¡tendrán autos y casas!”.

Caminando a lo largo de la cubierta de la embarcación, que lentamente iba aceptando pasajeros para el viaje de una semana a Kinsasa, la capital de la República Democrática del Congo, pronunció su mensaje durante una media hora. Mientras hablaba, el sol matinal iluminaba los cascos de las largas y esbeltas piraguas (canoas talladas a mano) que se deslizaban por el río resplandeciente.

En la orilla, Fifi Bale Mombonde estaba recostada en la cama, esperando que el proselitismo del pastor no despertara a su hija de 2 años, Annie. Su casa estaba justo al lado del muelle del Super Malou Express, así que era, por defecto, una asistente habitual de las misas flotantes que se celebraban casi todos los días que el barco estaba en el puerto de Mbandaka, una ciudad ecuatorial rodeada de bosques tropicales.

“A veces me levanto y escucho”, narró Mombonde. Aunque no conocía los nombres de los pastores, había llegado a reconocer muchas de sus voces y había oído sus oraciones tantas veces que se las sabía de memoria. “A veces solo escucho desde la cama”.

Como en el metro de Nueva York o en los autobuses de Nigeria y Ghana, los pastores evangélicos de la República Democrática del Congo han salido de sus iglesias y están difundiendo la palabra a congregaciones que siempre están en movimiento.

Las iglesias han sido durante mucho tiempo una fuerza poderosa en la República Democrática del Congo. La más grande, la Iglesia católica romana, ejerce un enorme poder en los años electorales, cuando decenas de miles de sus fieles se despliegan por todo el país para vigilar las votaciones e informar sobre cualquier manipulación de los votos.

Millones de congoleños son miembros de la Iglesia kimbanguista, que lleva el nombre de su venerado fundador, quien murió en una prisión colonial belga, y la cantidad de iglesias pentecostales en el país se ha disparado en las últimas décadas.

En gran parte de la República Democrática del Congo, la vida gira en torno al río que le da nombre al país, por lo que es allí donde muchos pastores van a pescar almas. Estos viajan a lo largo del vasto arco del río, que se extiende hacia el noreste desde Kinsasa y sube a través de la exuberante selva tropical antes de doblar de nuevo hacia el sur en la parte este del país.

La mayoría de los pastores acuáticos de la República Democrática del Congo ejercen su oficio a bordo de las numerosas “baleinières” del río, que significa “barcas balleneras”, aunque no tienen nada que ver con la caza de ballenas y no se parecen en nada al barco que inspiró “Moby Dick”.

Las anchas baleinières, que funcionan con dísel, son el medio de transporte de muchas personas para ir de Kinsasa, a pueblos y ciudades río arriba, como Mbandaka, y a Kisangani, el último puerto navegable del río Congo.

José Sumpi, al que muchos llaman Apóstol, predica a bordo de la baleinière conocida como Ibenge. Un día reciente en Mbandaka, abrió el cierre de su desgastada Biblia empastada en piel y la apoyó sobre sus pantalones de mezclilla mientras algunos miembros de la tripulación del barco hacían reparaciones, en preparación para el viaje de más de 220 kilómetros río arriba, hasta el pueblo pesquero de Makanza.

Los miembros de la tripulación descansaban balanceándose en hamacas. Cerca del motor, un mono, la mascota de la embarcación, correteaba y se deslizaba por las tablas resbaladizas debido al dísel.

De la Biblia de Sumpi salían fotografías que documentaban sus tres décadas “al servicio del Señor”, como él lo expresó: una instantánea en la que bendecía a un niño, otra en la que colocaba las manos sobre los enfermos, pero todas las fotos eran de su vida de marinero de agua dulce, tomadas cuando estaba en la tierra firme de su iglesia, una filial del Ministerio de la Palabra, una iglesia pentecostal modesta.

¿Por qué no había fotografías suyas en el Ibenge? Quizá porque está demasiado ocupado predicando a bordo como para detenerse a posar.

“Predico de noche, predico de día”, afirmó, mientras el viento agitaba las hojas de las palmeras que bordean las orillas del río. “Todo el tiempo estoy predicando”.

Las reparaciones del Ibenge terminaron pronto y estaba a punto de emprender su viaje de dos días, o de tres como máximo, a Makanza, pero “eso es asunto de Dios”, dijo Sumpi.

Muchos de los pasajeros de las baleinières también son comerciantes que llevan bultos de mercancías río arriba para venderlas.

Varios pastores dijeron que los sermones divinos de prosperidad y de transacciones comerciales sin problemas, así como los sermones habituales sobre el perdón de los pecados y la vida eterna, fueron bien recibidos en las baleinières.

Algunos de los pastores son también comerciantes y predican el cristianismo pentecostal como una actividad secundaria cuando viajan, por un lado, para compartir la palabra de Dios y por otro para ganar un poco de dinero extra.

Como los viajes en las baleinières pueden durar semanas, los pastores tienen un público cautivo y mucho tiempo, y se espera que las congregaciones, incluso las que van en barco y no necesariamente son creyentes fervientes, contribuyan cuando llega el recipiente de la colecta.

El dinero que puede ganar en el río es parte de lo que motiva a Bionique Ebeke, un pastor evangélico que se ha acostumbrado a las dificultades de la vida en ese lugar.

Durante días, los pasajeros duermen amontonados en los duros tablones de los barcos, respirando el espeso humo del motor, cuyo rugido ahoga toda conversación. Si llueve, se empapan. Los alimentos son limitados.

Ebeke pasa la mitad de su tiempo predicando en una iglesia en tierra en Bomongo, una ciudad al norte de Mbandaka, pero también hace unos 30 viajes al año a bordo de una baleinière, ofreciendo misas cada mañana y noche de los tres o cuatro días que dura el viaje entre los dos lugares.

“Trabajo en todas partes”, señaló Ebeke, de 34 años. “Hay almas perdidas en las baleinières que ni siquiera han escuchado la palabra de Dios”.