'En el barrio', donde las calles rebosan de baile

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A provided image shows Christopher Scott, Dana Wilson, Ebony Williams and Emilio Dosal, choreographers for ÒIn The Heights,Ó in New York. The movieÕs choreographic team, led by Scott, gets raw and real with dancers Ñ so many! Ñ who give in to thrilling perpetual motion. (Dana Wilson via The New York Times)-- NO SALES; FOR EDITORIAL USE ONLY WITH NYT STORY HEIGHTS-DANCE BY GIA KOURLAS FOR JUNE 16, 2021. ALL OTHER USE PROHIBITED. --
A provided image shows Christopher Scott, Dana Wilson, Ebony Williams and Emilio Dosal, choreographers for ÒIn The Heights,Ó in New York. The movieÕs choreographic team, led by Scott, gets raw and real with dancers Ñ so many! Ñ who give in to thrilling perpetual motion. (Dana Wilson via The New York Times)-- NO SALES; FOR EDITORIAL USE ONLY WITH NYT STORY HEIGHTS-DANCE BY GIA KOURLAS FOR JUNE 16, 2021. ALL OTHER USE PROHIBITED. --

Especial para Infobae de The New York Times.

“Las calles estaban hechas de música”, les dice Usnavi, el héroe de “En el barrio”, a un grupo de niños casi al inicio de la película.

Su descripción de Washington Heights quizá sea certera, pero solo cuenta una parte de la historia: en esta película, las calles están pavimentadas con pasos de baile. El ingrediente más estimulante de este filme es su compromiso apasionado y alegre con los cuerpos en movimiento constante. No importa que estén bailando o solo desplazándose por esas calles. “En el barrio” es una película de baile en la que los movimientos, conforme se heredan de una generación a otra, representan el pulso y la velocidad de un vecindario.

Ya sea en un mambo en 2 —un estilo neoyorquino en el que los bailarines avanzan hacia adelante y hacia atrás en el segundo compás de la clave— o en una simple caminata, ¿cómo es que el ritmo irradia de nuestro cuerpo? ¿En qué momento un paso logra volverse un compás?

Desde los primeros ágiles momentos de la cinta, nos envuelve el ritmo de Washington Heights, un vecindario en el extremo norte de Manhattan, con Usnavi (Anthony Ramos) como nuestro guía. Mientras está de pie a espaldas de la ventana de su bodega, una ráfaga coreografiada le da vida a la calle detrás de él. Cuando sale de su tienda, se encuentra al centro de la acción eufórica: los cuerpos hacen piruetas a su alrededor y un poco más adelante, desperdigado en la calle y en las banquetas, hay un mar sincronizado de bailarines con caderas que giran, brazos enérgicos que dibujan círculos y espinas dorsales ondeantes que vuelan a través de una rica complejidad de movimiento, que incluye los estilos del mambo en 2, el afrocubano y el son cubano. Es impresionante.

La última vez que sentí una sensación tan fuerte de libertad al ver a un grupo de bailarines tomar las calles al unísono en una película fue en “Fama”. Al igual que “En el barrio”, que cuenta la historia de inmigrantes del Caribe y otras partes de América Latina, “Fama” (1980) era más que una película de baile. Sin embargo, después de todos estos años, ¿qué es lo que más recuerdo? Baile, baile y Debbie Allen.

“En el barrio”, por una parte, es un valioso registro de distintos géneros de baile —el mambo en 2, sin duda; pero también el “litefeet”, un estilo callejero originario de Harlem conocido por su juego de pies trepidante y aparentemente ingrávido; así como el baile contemporáneo e incluso toques de ballet— y por otra, es un documento exhaustivo sobre los bailarines de Nueva York y la costa este del país.

Los creadores de la película se han enfrentado a quejas sobre la elección de su elenco principal, pues hay una falta de actores afrolatinos de piel oscura en los papeles protagónicos (Lin-Manuel Miranda se disculpó por quedarse corto al “tratar de pintar un mosaico de esta comunidad”). No obstante, los bailarines son un grupo más diverso, tanto en términos de tono de piel como de estilos de baile. Rennie Harris, la leyenda del hiphop de Filadelfia, hace una aparición. Al igual que Jhesus Aponte, el celebrado bailarín puertorriqueño; Nayara Núñez, una bailarina cubana que apareció en la película “Dancing for My Havana”; y Karine Plantadit, exbailarina de Alvin Ailey quien protagonizó el musical “Movin’ Out” de Twyla Tharp, entre muchos muchos otros.

La mente maestra detrás de las coreografías de “En el barrio” es Christopher Scott (que ya había trabajado con el director de la película, Jon M. Chu, en la serie web “The LXD: La legión de los bailarines extraordinarios”). Scott, que proviene del mundo del baile callejero de Los Ángeles y no es latino, trabajó con un equipo de coreógrafos asociados que se especializan en una gama de estilos, como baile latino, hiphop, ballet y baile contemporáneo. No quería defraudar a la comunidad del baile.

“Pasa bastante que en el mundo comercial se representa mal al baile”, dijo Scott en una entrevista. “Quiero decir, yo voy a conseguir a los mejores bailarines de flexing de Nueva York porque quiero que otros bailarines de este estilo los vean con orgullo y se vean reflejados y representados al nivel más alto”.

Su equipo de coreógrafos asociados es sólido: Eddie Torres Jr. para el baile latino, con Princess Serrano como asistente de coreografía latina; Ebony Williams para el ballet, baile contemporáneo, afro y dancehall; Emilio Dosal, un bailarín de popping que es versátil en muchos estilos y aporta el elemento de hiphop a la película; y Dana Wilson, que contribuyó a todo —al igual que todos los coreógrafos— pero en concreto trabajó con los actores para ayudarles a dominar el carácter físico de sus personajes.

Los coreógrafos recurrieron a sus contactos personales para encontrar bailarines. Son personas reales. “Princess y yo contactamos a todas las personas que conocíamos en la comunidad, gente de todas las edades, porque necesitábamos combinar a los jóvenes con los no tan jóvenes”, explicó Torres. “Y cuando digo todos, quiero decir, todos. La selección de bailarines fue algo de último minuto, para ser honesto. No fue como que les dijimos: ‘Tienen tres meses’. Fue más como: ‘¿Puedes presentarte mañana? Te necesito’”.

Al principio, Scott quería contratar a Torres como bailarín, pero cuando charlaron, Torres sorprendió a Scott con sus conocimientos sobre el baile latino, sobre todo el mambo. Torres le contó que su padre creó el manual y la técnica del mambo en 2 en los años setenta; su madre, la bailarina de flamenco Nélida Tirado, sale en la película (Torres usa la palabra “mambo”, no “salsa”, que para él significa algo que se come, no algo que se baila).

“Se convirtió en una clase de historia todos los días”, afirmó Scott. “Y me cambió la vida”.

Para Torres, la película fue una “oportunidad de mostrarle al mundo el verdadero baile latino, no el lado comercial de todo”, comentó. “Quería aportar una vibra auténtica a toda la película, porque necesitaba raíces. Debía tener una base firme para poder crecer en serio”.

En la escena del club, que gira en torno al mambo neoyorquino, Scott quería que Torres, quien hizo la coreografía, tuviera su momento de brillar. El primer día de ensayos, Scott decidió no decirles a los bailarines quiénes eran los protagonistas de la película. “No los consentimos”, afirmó. “Los bailarines les decían: ‘No, así no es’, y, ‘Levanta el brazo’. Para los actores fue estresante, pero yo quería asegurarme de que Eddie tuviera el espacio para no bajar el nivel”.

El resultado es electrizante: la cámara, aquí y en otras secuencias, crea la sensación de estar dentro del baile (“Fama” hizo lo mismo: una experiencia desorganizada, visceral, real).

Siempre que la trama empieza a sentirse pesada (lo cual sucede en ciertos momentos), el baile sale al rescate y revitaliza los sentidos. Los números musicales se sienten completamente vivos, lo cual tiene que ver con la espontaneidad de los bailarines, de los cuales la mayoría proviene de Nueva York. Este no es el baile comercial de Los Ángeles, que, aunque goza de una precisión increíble, tiende a verse demasiado pulido. Sin embargo, al principio, Scott no estaba seguro. Después de su primera serie de audiciones en Nueva York, se sintió preocupado.

“No se veían muy bien bailando la coreografía que monté para la audición”, relató. “Pensé: ‘Oh, no’. Así que hicimos audiciones en Los Ángeles, fueron de día y noche. Todo se veía muy limpio. Se presentaron todos los bailarines que esperaría ver en una audición, y todos dominaron los pasos. Pero les faltaba esa personalidad. Esa crudeza. Les faltaba Nueva York”.

Scott se dio cuenta de que debía prescindir del estándar al que estaba acostumbrado para conseguir la apariencia y la sensación que quería, porque, como él dijo: “Tratamos de crear momentos reales, aunque estuvieran bailando en la calle”.

No hay nada peor que una actuación perfecta y demasiado ensayada, y esta película es prueba de ello: el baile tiene profundidad y sentimiento porque los bailarines lo interpretan como si no supieran o no les importara que alguien más los está viendo. Hacia el final de la cinta está “Carnaval del Barrio”, un número musical de siete minutos en un patio durante un día abrasador. Es una exhibición del tipo de baile sudoroso y pegajoso que resume con fervor la alegría de estar vivo. En esta celebración de culturas entremezcladas, generaciones de cuerpos hermosean cada rincón del patio.

Se filmó en un solo día. “La gente venía a verme en el plató con sangre en las rodillas y me decía: ‘Solo necesito ponerme una venda rápido porque tengo que salir en la próxima toma’”, relató Scott.

Incluso cuando acabó el rodaje, nadie se fue del plató. “Seguimos bailando”, contó Torres. “Todos estábamos saltando abrazados. No puedo explicarlo, pero nuestro ánimo estaba a tope. Una energía nos recorría todo el cuerpo. Fue muy auténtico. Me encanta el mambo en 2 y el mambo en general, pero cuando digo auténtico, me refiero a que es un baile cultural. Es un baile con el que crecimos en casa. No lo conocemos por haber tomado una clase, nos criamos con esta música. Y no hay nada más puro que eso”.