
Durante su historia, América Latina encontró en la socialdemocracia una fórmula capaz de conciliar tres aspiraciones que parecen inseparables: democracia, crecimiento económico y justicia social. Al día de hoy, esa síntesis parece encontrarse en retroceso.
No se trata solamente de que hayan perdido fuerza los partidos de centroizquierda; lo que está desapareciendo es una determinada manera de entender la política: aquella que reconoce al mercado como una herramienta de generación de riqueza, pero también al Estado como garante de oportunidades, derechos y cohesión social; la que entiende que gobernar no significa imponer una verdad, sino construir acuerdos dentro de instituciones democráticas.
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En las últimas décadas, Ricardo Lagos en Chile y Fernando Henrique Cardoso en Brasil representaron a una de las últimas generaciones de líderes que buscaron demostrar que la izquierda podía gobernar sin renunciar a la economía de mercado, pero tampoco a la responsabilidad social del Estado.
Uruguay no fue ajeno a esta fórmula. Más atrás en el tiempo, encontramos un caso particularmente significativo: José Pablo Torcuato Batlle y Ordóñez en Uruguay. Sus gobiernos han sido señalados como los ejemplos más consistentes de la socialdemocracia latinoamericana (sino la primera), combinando reformas sociales, laborales con políticas activas de empleo, inversión pública, una conducción económica pragmática y derechos de avanzada para el Siglo XX. Ha sido objeto de estudio de diversos historiadores y politólogos a nivel internacional. ¿Defender al niño? ¿Al anciano? ¿A la mujer? Una mente sin dudas adelantada a su tiempo.
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La última generación de líderes y en particular la figura de Don Pepe (José Pablo Torcuato Batlle y Ordóñez) nos demuestran que la democracia no se agota en votar. Una democracia que no logra ofrecer seguridad, educación, salud, empleo, movilidad social y oportunidades reales termina generando frustración en su sociedad. Y cuando esa frustración crece, aparecen quienes, caracterizados por un liderazgo tendencioso y populista, prometen soluciones simplistas y acaban con absolutamente todo.
El problema contemporáneo es que este espacio moderado ha quedado atrapado entre dos extremos. Por un lado, una izquierda que, en algunos países, ha abandonado su vocación reformista para abrazar discursos y proyectos marcados por el revanchismo. Por otro, una derecha que, en ocasiones, reduce la política a la defensa irrestricta del mercado y una confrontación cultural sin sentido. En medio de esa polarización queda una ciudadanía que reclama algo mucho más sencillo y, a la vez, más profundo: vivir mejor, con libertad, justicia social y oportunidades para todos.
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El diagnóstico actual es preocupante. América Latina enfrenta presiones crecientes derivadas de la desigualdad, la polarización, la desinformación, el crimen organizado y la pérdida de confianza tanto en los partidos políticos como en las instituciones.
Es precisamente allí donde la recuperación de una centro izquierda democrática, moderna y latinoamericana podría adquirir nuevamente sentido. Y en esa discusión aparece una figura uruguaya que ha mantenido una preocupación central por la defensa de las instituciones, la democracia, los derechos humanos (de todos sin distinciones) y la justicia social: El Dr. Luis Leonardo ALMAGRO LEMES.

Durante su década al frente de la Organización de los Estados Americanos, Almagro colocó la defensa de la democracia y los derechos humanos en el centro de su actuación, bajo la consigna “más derechos para más gente”.
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Hoy, desde su actividad intelectual, su compromiso con la democracia latinoamericana continúa siendo explícito: sigue insistiendo en que la promoción de la libertad y las instituciones democráticas constituyen una parte necesaria del futuro político de la región, entendiendo que defender la democracia no puede significar únicamente hacerlo cada cuatro o cinco años en elecciones; se debe llegar a una sociedad donde el ciudadano tenga derechos efectivos, el Estado funcione, asegurando movilidad social y libertad individual, donde todos tengan sus derechos humanos garantizados y no vulnerados, DÓNDE LOS MÁS INFELICES SEAN LOS MÁS PRIVILEGIADOS.
América Latina no necesita elegir entre libertad económica y justicia social, ni entre autoridad y derechos humanos. Necesita reconstruir una opción capaz de entender que estas dimensiones no son necesariamente contradictorias.
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La socialdemocracia, tal como fue concebida durante buena parte del siglo XX, probablemente no pueda regresar exactamente como fue. Pero sus mejores principios siguen teniendo vigencia.
La cuestión, entonces, no es si la socialdemocracia está muerta. El desafío es ser capaces de convertir esas ideas en una propuesta política para el siglo XXI, adaptada a los problemas de nuestro tiempo sin perder de vista las premisas que le dieron sentido. Porque recuperar una centroizquierda reformista, democrática y comprometida con la libertad y la justicia social es, sin duda, un ejercicio que vale la pena.

Últimamente el Dr. Luis Leonardo ALMAGRO LEMES ha sido titular en las noticias, por su expulsión violatoria de todo debido proceso de la coalición de partidos Frente Amplio, por osar levantar su voz en contra del opresor régimen de Venezuela. Se debe elevar la mirada y rescatar la ocupación y preocupación por la democracia libre, los derechos humanos y su efectivo cumplimiento, por sobre todo sesgo ideológico que fanatiza subjetivamente.
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Quien defiende los postulados de la socialdemocracia Batllista, es un Batllista con todas las letras. Y son esas prácticas, las que deben volver a abrevar en el Uruguay de hoy día, buscando ser la colectividad que sea “escudo de los más débiles” y sus expositores defensores de los indefensos.
Por más actores políticos como el Dr. Luis Leonardo ALMARGO LEMES, por más y mejor socialdemocracia, por más y mejor Batllismo.
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