
El uso de rehenes como arma política y herramienta de terror es una práctica sistemática que define a ciertos regímenes y organizaciones. Este eje del terror, liderado por gobiernos autoritarios y grupos como Hamas, utiliza el sufrimiento como moneda de cambio.
El caso de Nahuel Agustín Gallo, el gendarme argentino detenido arbitrariamente por el régimen chavista en Venezuela, es un ejemplo de esta lógica. Gallo, quien viajaba para visitar a su familia, fue apresado con la acusación infundada de espionaje. Este no es un caso aislado en ese país: el gobierno de Nicolás Maduro repite este patrón con otros extranjeros y venezolanos, quienes son detenidos, incomunicados y usados como fichas de negociación.
Venezuela, junto con otros países como Nicaragua y Cuba, se comporta de manera similar a organizaciones terroristas al valerse del miedo y el secuestro para consolidar poder. En Nicaragua, bajo el régimen de Daniel Ortega, opositores políticos y ciudadanos críticos fueron detenidos sin justificación. En Cuba, los encarcelamientos arbitrarios y la represión son moneda corriente, consolidando un sistema donde el terror es la norma.
Sin embargo, el ejemplo más extremo de esta práctica es Hamas. El 7 de octubre marcó un punto crítico cuando esta organización terrorista lanzó un ataque masivo contra Israel, asesinando a cientos de civiles y tomando rehenes indiscriminadamente, incluidos niños, mujeres y ancianos. Este brutal acto fue una demostración del terror como arma política. Los rehenes israelíes son utilizados ahora por Hamás para presionar al gobierno de Netanyahu y a la comunidad internacional, en una táctica que recuerda la lógica de los secuestradores más crueles.
Hamas no es una excepción. Rusia, Corea del Norte e Irán comparten esta misma línea de conducta. Rusia detuvo a ciudadanos extranjeros bajo cargos falsos de espionaje, como en el caso de Brittney Griner, y utilizó a estos rehenes en intercambios diplomáticos ventajosos. Corea del Norte detiene sistemáticamente a turistas y extranjeros para chantajear a otros gobiernos. Irán, por su parte, detiene a ciudadanos con doble nacionalidad, acusándolos de ser espías, y los emplea para negociar sanciones o conseguir acuerdos económicos. Estas prácticas no son aisladas: forman parte de un sistema deliberado que busca consolidar poder mediante el miedo.
El eje del terror. Es una red de gobiernos y organizaciones que actúan bajo la misma lógica que define al terrorismo: causar terror. La definición misma de terrorista encaja perfectamente con estas acciones. Venezuela, Nicaragua, Cuba, Hamás, Rusia, Corea del Norte e Irán son parte de esta estructura que utiliza el sufrimiento humano como herramienta de control. Más allá de las narrativas heroicas, sus acciones dejan claro que el miedo y el chantaje son el centro de su poder. Llamarlos otra cosa sería minimizar el impacto de sus crímenes. Son, en todos los sentidos, terroristas.
Las cosas como son.
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