
Luego de tres semanas de júbilo y exuberante inmersión en los secretos del espíritu de Francia vía los Juegos Olímpicos, recibimos la noticia del tránsito de Alain Delon hacia la gloria divina.
Luego de encarnar a lo largo de cuatro décadas el símbolo del atractivo masculino y la viveza social en las pantallas del mundo entero, Delon había dedicado sus días de otoño a la reflexión tranquila en su casa de Douchy. Estaba convencido de que se aproximaba el fin y hubiera querido despedirse de su fiel público con una película.
Pero las fuerzas no alcanzaron y la despedida se concretó en el discurso de aceptación del homenaje por su trayectoria de vida del festival de Cannes de 2019. Allí expresó su tradicional desdén por la fama y su afecto por un público que lo amó con delirio. También recordó a las mujeres que lo habían amado como Mireille Darc y Romy Schneider.
Con Delon cae una cortina más de la historia del siglo XX. Porque él encarnó no sólo la belleza sino la viveza popular y sobre todo el rebote de Francia luego de un humillante episodio de ocupación nazi aceptado por sus élites. Esa entidad llamada Alain Delon ocupó las pantallas del cine universal para enseñar al mundo una Francia repuesta de la destrucción de la guerra y llena de propuestas estéticas que marcaron el siglo entero.
Así como Delon estilizó a los líderes del bajo mundo, Christian Dior envolvió a las mujeres del mundo del eterno femenino y Edith Piaff abrió las compuertas de una canción que reflejaba los dolores y alegrías del hombre y la mujer común.
Cada uno de ellos expresó en su obra una virtud que ya no abunda: la de saber seducir. Esa virtud la encarnó Delon para las pantallas del mundo entero al transformar la realidad de los barrios y la conducta de sus personajes en un canto a la supervivencia por la vía de la creatividad y de la innovación ejecutadas ambas con savoir faire. Delon personificó entonces un país que lanzó al mundo de la postguerra los códigos de la seducción.
Estos códigos ya no hacen sentido en la era digital cuando los encuentros presenciales están sepultados por la andanada de mensajes cibernéticos. Es una rutina fría y eficaz en la comunicación pero aislante en lo que a compartir el calor humano se refiere. Un mundo de prisas y de pocas pausas. Un mundo de conflictos medievales supervisados con armas nucleares.
En fin, un mundo donde no es posible la seducción porque esta no sólo toma tiempo sino que se expresa en códigos de conducta que apelan a la inteligencia, la galantería y los modales. Y desde luego ninguna de estas prácticas facilita la eficiencia digital. Buena ocasión para marcharse a otra dimensión donde quizás la seducción sea posible.
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