
¿Es posible que gente con opiniones completamente antagónicas sobre los asuntos más espinosos de la ideología y la moral se ponga de acuerdo? La intuición colectiva, forjada en las grandes tribunas de las redes sociales, es que la probabilidad de que lleguen a un consenso es ínfima, un reflejo más del gran escepticismo sobre la capacidad del diálogo para limar diferencias.
Pero resulta que este pesimismo no está justificado, como demostramos en experimentos en los que miles de personas conversaron sobre los asuntos más polarizados. En teatros rebalsado de gente cada persona expresó su opinión sobre un dilema moral. Luego se juntaban en grupos para conversar abiertamente e indagar si así podían llegar a un consenso. Bastaba con que uno de los integrantes no estuviera de acuerdo para invalidar el consenso.
Como es lógico, la probabilidad de que un grupo consensue disminuye a medida que las opiniones de sus miembros son más dispares. Pero, lo sorprendente es que la probabilidad de llegar a un acuerdo en grupos cuyos participantes tienen visiones opuestas es mucho mayor de lo que pensamos: entre el 30% y el 50%. La realidad resulta ser mucho más comedida, flexible y abierta que la imaginación.
¿Y por qué algunos grupos llegan a consensos y otros no? La clave está en unos personajes atípicos: los grises de alta confianza. Las personas con opiniones extremas confían mucho en sus ideas. En cambio, los “grises” —para quienes el dilema tiene una aceptabilidad intermedia— suelen ser más dubitativos. Dentro de esta norma encontramos algo mucho más revelador: algunas personas expresan, con gran confianza, grados intermedios. Son grises porque están convencidos de que el dilema presenta buenos argumentos de un lado y del otro, no siempre libres de contradicción. Creen que se puede, y conviene, hablar sobre cualquier asunto, por duda o reparo que uno pueda tener. Los grises de alta confianza son la llave para el consenso, los que hacen posible que se pongan de acuerdo personas con ideas opuestas.

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