
No quiero entrar en los defectos, y eran muchos, que tenía la muerta constitución y las consecuencias que hubiera traído para el país con el mayor desarrollo de América Latina. Prefiero dedicarme a analizar los efectos que a nivel regional tiene esta decisión democrática, ejemplar y de gran fondo que dio el pueblo chileno.
Lo primero que se debe exaltar es la madurez de la reacción del Presidente Gabriel Boric. Contrario a lo que pasó con el No en el plebiscito de Colombia, aceptó la derrota de manera serena, enterró el texto y convocó a un diálogo nacional para enfrentar el futuro. Uno puede estar en total desacuerdo con las políticas de Boric pero lo que si hay que reconocerle es su respeto irrestricto a las instituciones y a la democracia.
En eso se parece al asesinado líder chileno Salvador Allende. Que nunca ocultó su política social y económica comunista pero siempre respetó la institucionalidad y la democracia. Si la intervención norteamericana no se hubiera dado estoy seguro habría entregado un país destruido económicamente pero sólido en términos democráticos e institucionales. Honor le hace Boric a la memoria democrática de Allende, así detestemos sus políticas, con la altura, certeza, serenidad y seriedad con que manejó este difícil momento político.
Pero no nos digamos mentiras. Este desastre político para la izquierda latinoamericana tiene su inicio en el origen del proceso. Que fue violento y minoritario. Protestas, con temas legítimos, que se convirtieron en vandalismo organizado, destruir una línea de metro en una noche no se improvisa, crearon una narrativa tan negativa sobre la sociedad chilena, su gobierno y su futuro que se generó una desazón brutal que llevó a esta tragedia constitucional. Claro, además vale la pena preguntar si estas protestas organizadas no tuvieron la mano de los grandes disruptores en el continente, Cuba y su patrón Rusia, como poco a poco se comienza a vislumbrar en las protestas del 2021 en Colombia.
Si a esta organización violenta coordinada se suma el desastre del manejo del entonces Presidente Sebastián Piñera, y la falta de respuesta coordinada de la oposición de centro y derecha, el escenario quedó construido para la fallida Constituyente. Hoy los demócratas del continente debemos agradecer ese lapsus, y estoy siendo generoso, de Piñera en el manejo de la situación hasta el final de su gobierno pues su falta de liderazgo permitió el exabrupto constitucional que se rechazó y que desbarató esa estrategia de las minorías radicales de imponer su visión de una sociedad y de un país.

Porque la verdad es que la elección de constituyentes fue el gran triunfo de las minorías radicales que posaban de independientes. De ahí el resultado de su trabajo que fue una colcha de retazos de ese radicalismo minoritario que hasta el domingo veíamos pavonearse en el continente, con gran apoyo de los medios valga la pena decir, como el poder del futuro.
Pues no. El pueblo chileno en gran mayoría dejó claro un mensaje, que además interpreta a la mayorías del continente: queremos otra cosa. El desmembramiento de una nación y una sociedad en líneas étnicas, sociales, ambientales y sexuales no va. La mayoría del pueblo chileno, la gran mayoría, le dio un respiro a la democracia continental que está siendo asediada por esas minorías, y habría que incluir la ideológica de izquierda radical que gana elecciones con menos de la mitad de los votantes, que ya saben como manipular la realidad, la sociedad, los medios y los políticos para imponer su visión sesgada y excluyente a la sociedad.
Ese es el gran resultado de esta votación. De ahí la respuesta del Presidente colombiano Gustavo Petro, símbolo de ese movimiento, que ve en este resultado la gran derrota de ese poder apabullador y antidemocrático que crece de manera geométrica en las sociedades democráticas.
No quiere decir esto que la dictadura de las mayorías deba ser el camino futuro al que tanto le temía De Toqueville cuando visitó a Estados Unidos en el siglo 19. Pero tampoco lo que hoy sucede, y el mejor ejemplo fue esta Constituyente, donde la exclusión hace parte de la supuesta construcción de la igualdad. El faro moral de la injusticia pasada e incluso de la exclusión presente no puede ser trampolín para pasar por encima de libertades de naciones y de sociedades que están dispuestas a cambiar pero no de esta manera.
Por eso fue tan importante ese resultado. Dice un jurista alemán, “aquel que hace la excepción es soberano”. Eso hizo el domingo el pueblo chileno. Contra los medios, contra esa marea cultural de la post verdad y la igualdad excluyente dijo NO. Y de pasó nos mostró un camino a quienes veíamos como inexorable esa destrucción de la democracia por el determinismo moral de las minorías.
Si Chi chi chi. Le le le. Viva Chile. Honra el pueblo chileno.
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