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La insatisfacción, desconfianza y malestar de los ciudadanos con sus gobernantes y con la democracia es quizás uno de los mayores desafíos que enfrentan los sistemas políticos del hemisferio Occidental. La pandemia del Covid-19 trajo consigo una profundización de las desigualdades sociales, un crecimiento de la pobreza a niveles que incluso han dado al traste con los avances de los últimos tiempos y un desarraigo por la democracia.
Según un estudio de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), 3 de cada 4 latinoamericanos tienen poca o ninguna confianza en sus gobiernos. Se trata de una cifra realmente preocupante, ya que pone en manifiesto la fragilidad democrática de una región que se encuentra asediada por un brote desenfrenado de proyectos populistas, corruptos y autoritarios. En medio de este escenario gris y desafiante, se desarrolló la edición de la Cumbre de las Américas, con la presencia de más de 20 jefes de Estado y de Gobierno, quienes se congregaron para conversar sobre diversos tópicos como democracia, cambio climático, migraciones, integración económica, entre otros asuntos de interés.
En el discurso inaugural, el presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, puso el acento en este tema neurálgico al que hago alusión: la democracia. Como mandatario de los Estados Unidos y convocante de la cumbre, llamó a unirse en torno a la democracia en medio de un contexto donde esta se encuentra asechada en el mundo. En la misma línea, aseguró que la democracia es el ingrediente esencial para el futuro de las Américas y, por consiguiente, anunció un conjunto de planes para fortalecer la relación de su gobierno con las sociedades americanas, en varios aspectos cruciales como energías limpias, desarrollo local, recapitalización de la banca, apoyo a los emprendedores y promoción de la innovación. Otros mandatarios como el presidente Iván Duque destacaron la importancia de que solo estuvieran presente naciones que defienden la Carta Interamericana, que abrazan la democracia como sistema de gobierno y que son respetuosas de los DDHH. Lamentablemente, el presidente de un país tan importante como México decidió no asistir al foro multilateral por la exclusión de las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela. Prefirió hacerles apología a regímenes dictatoriales que obedecer la historia de tradición republicana y democrática de México.
Durante la cumbre, hubo un consenso claro de todos los países y fue la necesidad de profundizar la democracia. Para ello, es visible que los gobiernos deben trabajar en múltiples dimensiones. Me propongo tratar tres en este texto que creo que son fundamentales para los tiempos que vivimos. La primera dimensión radica en cómo adecuar los mecanismos de lucha democrática a las circunstancias de nuestra era. A mi juicio es necesario resetear todos los acuerdos internacionales, así como todos los marcos conceptuales sobre la democracia, para adaptarnos a esta nueva época. Estamos en una época donde las dictaduras ya no desfilan como dictaduras puras y duras, sino que se disfrazan bajo fórmulas democráticas. Es decir, las democracias ya no mueren por golpes de Estado o por revoluciones, sino por una especie de Caballo de Troya que las infiltra y desde adentro las erosiona. Asimismo, estamos frente a una época donde las dictaduras le temen poco o nada a la aplicación de los instrumentos legales o al aislamiento internacional, y, por tanto, se requiere repensar todo el marco estratégico de presión para asegurar que cumpla con su cometido de ayudar a restablecer el orden democrático.
La segunda gran dimensión que debe atraer la atención de los gobiernos es la de carácter geopolítico. La presencia en nuestro vecindario de fuerzas antidemocráticas y antioccidentales como China, Rusia e Irán no solo es un desafío para los Estados Unidos, es un gran desafío para toda América y para la idea de la democracia en el hemisferio. Las agendas y valores que promueven estos regímenes, así como sus conexiones con el terrorismo y su apoyo a proyectos autoritarios en la región como los que están instalados en Cuba, Nicaragua y Venezuela, desvirtúa la profundización de la democracia.
La tercera y última dimensión que coloco en el tapete es la de la calidad de la democracia. Por supuesto que la transparencia de los procesos electorales, la ampliación de la participación política y la calidad de las instituciones democráticas son importantes en este punto; pero me voy a centrar en el que creo que es la clave para la irreversibilidad democrática. Los esfuerzos que se edifiquen a partir de la cumbre deben encaminarse a producir más y mejor democracia, pero eso solo será posible si se combina dos ingredientes sustanciales de esta receta: prosperidad y justicia social. En la medida en que las economías de América recuperen la senda de crecimiento y en la medida en que ese crecimiento se propague por todas las capas sociales sin exclusión, la democracia encontrará refugio seguro y más que refugio seguro, yo diría consolidación frente a las dictaduras.
Todas estas reflexiones configuran materia de análisis para estos tiempos que están por venir, son sustanciales para el entendimiento de la lucha real que estamos librando, que no es otra que democracia vs dictadura. Las premisas esbozadas en este artículo buscan trascender el debate estéril sobre izquierda y derecha, el cual nos nubla y nos vuelve miope frente a los temas verdaderamente trascendentes, destruyendo así la posibilidad de consensos en áreas vitales para el desarrollo de nuestros pueblos. América necesita un nuevo pacto que ponga el foco en la prosperidad, la justicia social y la democracia.
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