
La obsesión de Fidel Castro y de toda la plana mayor cubana por el Petróleo venezolano ha sido ampliamente documentada. Libros como la “Invasión Consentida” o “Venezuela, capitalismo de estado, reforma y revolución” son dos obras recientes que narran de manera precisa esta ansiedad enfermiza de los amos de Cuba por el oro negro de los venezolanos. Nuestro país fue víctima de una ocupación, quizás la primera y única ocupación que fue voluntaria y que tuvo la peculiar característica que el país pequeño fue el que conquistó al grande. La ocupación solo es el título de un libreto que se gestó desde hace más de 60 años, con el propósito de hacerse del control de nuestras riquezas, destruir nuestra democracia y subyugar a dos pueblos a los designios e intereses de unos tiranos.
La entrega de nuestro tesoro público ha sido sin duda la mayor manifestación de subordinación de un país a otro. Se contabiliza en al menos USD60.000 millones lo que Venezuela le ha entregado a Cuba durante estos 20 años en ayudas económicas, petróleo, plantas eléctricas, insumos médicos, infraestructura y alimentos. Es un proyecto entreguista que mientras escribo estas líneas sigue vidente, posando despampanante frente a nuestros ojos. Para ello, solo hay que revisar hechos como que Venezuela incrementó sus envíos de petróleo a Cuba durante el mes de abril de este año, donde se suministraron 70.000 barriles de crudo diarios a los puertos de La Habana. Pero lo paradójico de esto es que Venezuela elevó este subsidio a Cuba, en un periodo en que redujo sus exportaciones petroleras. Es decir, enviamos ese mar de petróleo, sin cobrar absolutamente nada ni recibir ninguna contraprestación, en un contexto donde nuestra empresa petrolera se encuentra prácticamente desmantelada, donde el mundo hace malabares para encontrar petróleo y está dispuesto a pagarlo a precios altos y donde nuestro pueblo atraviesa una catástrofe humanitaria por falta de alimentos, medicinas, combustible y servicios públicos. Un petróleo que pudo ser vendido a precios internacionales por el orden de los 100 dólares por barril y que pudo servir para incrementar los ingresos de la nación y desarrollar políticas orientadas a recuperar el salario de los venezolanos, termina en manos del régimen cubano.
Una cuestión de este tipo solo puede ser comprendida bajo la lógica de un país colonizado. En otras palabras, no es Maduro quien gobierna en Venezuela, es Cuba. No es Maduro el que ordena, es el buró político de la revolución cubana el que emite las órdenes que configuran una relación de interdependencia, dominación y secuestro político. Maduro no es Maduro, Maduro es Cuba. Quien gobierna Venezuela es solo una marioneta de una dictadura caribeña, colocado en la silla presidencial para responder a los intereses de quienes desde hace 60 años no han hecho otra cosa que conspirar para ponerle las manos al tesoro nacional. De manera que en Venezuela no ha cambiado nada: Maduro sigue subordinado y esclavizado a Cuba. Y es tan así esta realidad, que mientras reflexiono sobre sus dimensiones, Maduro anuncia que aterrizó en el aeropuerto de La Habana.
Me animo a decir que la propia supervivencia del modelo cubano depende de lo que ocurra en Venezuela. Estos envíos de petróleo llegan para aliviar la crisis de gasolina que se vive en la isla, luego de la guerra que se libra en Ucrania. El régimen teme que la falta de combustible incremente el descontento social y ocasione una nueva ola de protestas sociales que tambalee aún más la estabilidad política de los opresores. En este sentido, el subsidio venezolano sirve a Cuba como un apalancamiento para frenar procesos de cambios internos, para paralizar las necesarias reformas políticas y económicas que demanda el pueblo cubano y la comunidad internacional; y, sobre todo, para aceitar la maquinaria de persecución que tiene más de 60 años socavando la libertad.
Venezuela ha podido reactivar los envíos de petróleo a Cuba porque otro país dictatorial como Irán ha estado ayudando a que Maduro “recupere” las refinerías petroleras. Eso sí, a un costo muy alto. Porque, mientras Irán envía materiales para mejorar el deterioro de las instalaciones petroleras, afianza sus vínculos y sus raíces en suelo venezolano, lo cual se traduce en un peligro para el hemisferio, ya que se trata de un país que apoya a organizaciones terroristas y que ha demostrado, al igual que Cuba, que es enemigo de la libertad y la democracia.
En Venezuela se han enquistado un conjunto de actores con agendas antioccidentales y antidemocráticas como Rusia, China e Irán y por supuesto, Cuba, que es el verdadero elefante blanco en el cuarto. El poder dictatorial que existe en Venezuela y que maneja los hilos de todo este proyecto de expansión regional. Por eso, me atrevo a señalar que hasta que no rompamos la relación de interdependencia de Maduro y Cuba, hasta que no neutralicemos este binomio dañino para los venezolanos y cubanos, pero también para cada país latinoamericano, no vamos a poder restaurar el orden democrático y la estabilidad política en todo el hemisferio.
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