
La invasión de Ucrania por parte de Rusia es claramente un intento de Vladimir Putin de revivir el imperio soviético —si no su ideología comunista. Él ha afirmado que la desaparición de la Unión Soviética fue el mayor desastre del siglo XX y ahora intenta resucitar esa estructura imperialista por excelencia.
Otro aspecto de esa época que está vivo y bien —de hecho, está resurgiendo como el imperio— es el mito de inspiración soviética según el cual el sionismo, el movimiento de liberación judía, es la encarnación del racismo.
Recordemos que la aprobación por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas de la resolución de 1975 que afirmaba que el sionismo era racismo fue una iniciativa de los soviéticos, quienes la urdieron para debilitar al principal aliado de Estados Unidos en el Medio Oriente.
Israel había demostrado una gran fortaleza para oponerse a la influencia soviética en la región, como lo demuestran sus victorias sobre los aliados soviéticos tanto en la Guerra de los Seis Días como en la de Yom Kipur. Incapaces de derrotar a Israel militarmente, los soviéticos —creativamente— inventaron de la nada un arma conceptual: que el Israel democrático era en realidad un producto de la ideología racista.
En este contexto, llega la versión actualizada de esa invención soviética: etiquetar al Estado judío de entidad de apartheid, lo cual se manifestó recientemente en un informe de Amnistía Internacional.
En los últimos años, la principal versión de la acusación de que “Israel es racista” era que su política hacia los palestinos de Cisjordania era una política de apartheid. Sin duda, hay elementos problemáticos en el trato de Israel con los palestinos, incluyendo diferentes niveles de normas para los judíos y los árabes en Cisjordania.
Pero, cualesquiera que sean estos problemas —y son complejos debido al terrorismo y al rechazo palestinos—, no son el sistema de apartheid sudafricano, que era un sistema ideológico de discriminación basado en la raza.
Ahora, sin embargo, tal como lo presenta el informe de Amnistía, la acusación va mucho más allá de ese libelo del apartheid y resucita la noción de que el concepto mismo de un Estado judío, conocido como sionismo, es de hecho racista. En otras palabras, el Estado de Israel es ilegítimo.
Que esta acusación llegue ahora, es irónico en diversos niveles. Se da en un momento en que cada vez más Estados árabes están reconociendo la legitimidad de Israel y normalizando sus relaciones con él; y se produce en un momento en que mucho de lo que está ocurriendo en Israel no solo desmiente cualquier idea de que Israel sea un Estado de apartheid, sino que indica que se están haciendo serios esfuerzos en Israel para establecer una mayor justicia e igualdad entre la mayoría judía y las minorías del país.
La señal más reciente de esto ha sido el anuncio del nombramiento de un juez musulmán, Khaled Kabub, en la Corte Suprema de Israel. Kabub ya había servido en un tribunal inferior y es el primer musulmán en ser nombrado para el más alto tribunal de Israel. El hecho de que haya tomado tantos años que un juez musulmán llegue a este cargo (aunque hubo un juez árabe en la corte) refleja cuán lejos ha tenido que llegar Israel en las relaciones con su población minoritaria. Pero el hecho de que haya ocurrido pone en evidencia lo absurdo e inapropiado de las acusaciones de apartheid.
Este importante acontecimiento coincide con la participación del primer partido musulmán en una coalición de gobierno en Israel: la Lista Árabe Unida, dirigida por Mansour Abbas. Este partido ha participado plenamente en el actual gobierno, dirigido por el primer ministro Naftali Bennett, y el propio Abbas ha rechazado la idea de que Israel sea un Estado de “apartheid”.
Israel, como muchos países democráticos de todo el mundo, evoluciona constantemente en su trato con sus diversas poblaciones. Es un proceso normal sujeto a análisis y evaluación. Sin embargo, no tiene ninguna relación con las acusaciones extremas y viles que se han lanzado en su contra.
La Declaración de Independencia de Israel se refería a los valores fundamentales del país: ser un hogar para el pueblo judío, al tiempo que concedía plenos derechos democráticos para toda su población. Como muchos países, Israel ha luchado durante décadas para garantizar plenos derechos a su población minoritaria, lo cual ha sido complicado por las guerras árabes y palestinas contra el Estado judío.
Pero los ciudadanos árabes de Israel tienen plena representación en la Knéset, tienen el mismo derecho de voto y plena libertad religiosa. Eso no puede decirse de los judíos en los países árabes. Y allí donde hay diferencias —en la educación, el empleo, los cargos de influencia— se están tomando medidas, incluyendo la inversión del gobierno de miles de millones de shekels en el sector árabe.
En un mundo que se ha vuelto mucho más peligroso en los últimos días, es hora de que las democracias se apoyen mutuamente. Israel es una de esas grandes democracias y las acusaciones extremas contra el Estado judío —como las de racismo y apartheid— deben ser rechazadas y descartadas por servir a los intereses de fuerzas antidemocráticas en un mundo peligroso.
*Kenneth Jacobson es Vicedirector Nacional de la Liga Antidifamación (@ADL_es).
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