
En 1989 en simultáneo a la caída del Muro de Berlín y al final de la Unión Soviética tal como se la había conocido hasta entonces, un historiador norteamericano egresado de la universidad de Princeton llamado William Lind hizo pública la teoría de la Guerra de Cuarta Generación (Fourth Generation Warfare - 4GW), en la que se incluía a las contiendas asimétricas y a los conflictos de baja intensidad.
Por esos mismos días Francis Fukuyama, doctor en Ciencia Política de la universidad de Harvard y alto académico de la Rand Corporation, publicaba un pequeño ensayo titulado ¿El fin de la historia? en el que decretaba, equivocadamente, la muerte de las ideologías y el triunfo definitivo de la democracia liberal como sistema de gobierno.
Durante esas jornadas históricas estos autores norteamericanos eran observados y analizados desde Alemania con cierto aire escéptico por un escritor multifacético de sesenta años que había nacido el 11 de noviembre de 1929, pocos días después del derrumbe de Wall Street. Su nombre, Hans Magnus Enzensberger, un prolífico autor egresado en Literatura Germánica de la universidad de Friburgo y doctorado en La Sorbona en 1955.
Hoy a los 90 años este lúcido intelectual de Baviera que se jacta de no haber conocido personalmente a Angela Merkel, aunque la aprueba políticamente por su gestión de gobierno, continúa abordando con sutil ironía el rol de los intelectuales en la escena política.
En los años ´60 tras radicarse varios meses en Cuba para analizar el experimento socialista de Fidel Castro, Enzensberger expresó no entender el deslumbramiento de importantes pensadores con el Che Guevara. “Pobre Che, él firmaba los billetes del Banco Nacional de Cuba sin tener conciencia de que ese peso no valía nada. En ese sentido también fue un ignorante”.
Su visión pragmática sobre las ideologías económicas en pugna durante el siglo XX es contundente. “El capitalismo es proteico porque es más capaz de adaptarse a circunstancias cambiantes que el socialismo. El socialismo no conoce modificaciones, aunque haya diferencias, por ejemplo entre Corea del Norte y Cuba. El capitalismo puede coexistir con un partido comunista unitario en China y también tranquilamente con el fascismo italiano o con el nazismo en Alemania”.
En 2015 Enzensberger publica Tumulto, una novela de tinte autobiográfico, aunque por esos días confiesa públicamente que “no hace falta ser criminólogo ni epistemólogo para saber que los testimonios sobre uno mismo carecen de base fidedigna”.
En este campo la opinión del escritor alemán se asimila a la de su par inglés, Julian Barnes, quien en su novela “El sentido de un final” se preguntaba: “¿Cuántas veces contamos la historia de nuestra vida? ¿Cuántas veces la adaptamos, la embellecemos, introducimos astutos cortes? Y cuanto más se alarga la vida, menos personas nos rodean para rebatir nuestro relato, para recordarnos que nuestra vida no es nuestra, sino sólo la historia que hemos contado de ella. Contada a otros, pero sobre todo a nosotros mismos”.
Guerra civil molecular
En 1993 Enzensberger publica un texto titulado Ensayos sobre las discordias, en el que reniega del paraíso de bienestar y progreso económico que traería el fracaso del experimento del socialismo soviético.
Conceptualiza en la obra la guerra civil molecular afirmando: “El signo más visible de que dicho orden bipolar del mundo ha quedado finiquitado lo constituyen esta treintena o cuarentena de guerras civiles que hoy azotan al mundo. En las guerras civiles de hoy ya no existe la necesidad de legitimar las acciones. La violencia se ha liberado de la ideología”.
Y continúa expresando a principios de los ´90 como si desplegara una cartografía política en la América Latina de hoy: “Contemplamos el mapamundi. Localizamos las guerras en regiones distantes, preferiblemente en el Tercer Mundo. Hablamos de subdesarrollo, crecimiento a dos velocidades, fundamentalismo. Creemos que los para nosotros inexplicables combates se desarrollan en las antípodas. He aquí el error, el autoengaño. Porque, de hecho, la guerra civil ya está presente en las metrópolis. Sus metástasis forman parte de la vida ·cotidiana de las grandes urbes”.
En otro parte de su ensayo Enzensberger pareciera estar mirando por televisión lo que por estas horas ocurre en Chile: “Las guerras civiles, ya sean moleculares o a gran escala, son contagiosas. Mientras el número de quienes no tienen participación alguna en ellas disminuye -sea porque mueren o huyen o se unen a uno de los bandos-, los contendientes se van pareciendo cada vez más. La semejanza afecta tanto a su comportamiento como a su moralidad. En las zonas conflictivas de las ciudades la policía y el ejército actúan como si fueran una banda más. Las unidades antiterroristas practican la pena de muerte preventiva; los drogadictos y los pequeños delincuentes son víctimas de los escuadrones de la muerte, fiel reflejo de aquellos a quienes combaten".
Las tesis de Enzensberger se entrelazan con las críticas que el politólogo australiano John Keane despliega contra los vicios de las democracias occidentales: “El populismo es una enfermedad autoinmune de la democracia; requiere condiciones democráticas para florecer (libertad de expresión, de reunión, multipartidismo), pero su lógica es profundamente antidemocrática, destruye los órganos de control y margina a sectores importantes de la sociedad”.
Por su parte Hannah Arendt, la notable pensadora que despierta importantes adhesiones políticas transversales en Argentina, conceptualizó con agudeza los grandes riesgos de confundir el poder con la violencia. Así lo escribió: “El dominio por medio de la violencia pura entra en juego cuando se está perdiendo el poder. Por lo demás la violencia siempre puede destruir el poder; del cañón del fusil nace el orden más eficaz que tiene como resultado la obediencia más inmediata y perfecta. Lo que no puede salir jamás del cañón de un fusil es el poder".
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