Algunas personas manifiestan que es un despropósito afirmar que el presidente Juan Manuel Santos, ex ministro de Defensa de Álvaro Uribe Vélez, miembro destacado de la oligarquía, capacitado en centros educativos de prestigio internacional, ex ministro de otras dos carteras, etcétera, les va a entregar el país a los terroristas y abrirá las puertas al modelo castrochavista.
Para responder a este tipo de inquietudes deberíamos tener en cuenta distintos factores: ansias de gloria y de Nobel de Paz, exceso de confianza, conciencia de culpa o síndrome de Estocolmo, errores de cálculo y planeación, subvaloración del peligro e incapacidad manifiesta.
No considero grave que un mandatario sueñe con pasar a la historia acordando la paz y que tras ese objetivo contemple ser distinguido con el Nobel respectivo. Eso lo podemos entender como algo propio del ego burbujeante de los gobernantes. El problema es cuando en el empeño se pierde el sentido de realidad y de las proporciones.
El exceso de confianza, en nuestro caso, se manifiesta al pensar que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) ya no son un peligro y que haciendo política sin armas no obtendrán una buena representación. Tal parece que los asesores del Presidente no entienden o desconocen que los marxistas-leninistas no pretenden el poder por medio de mayorías electorales, sino agudizando la división en las clases dirigentes, la crisis social, la movilización de las masas, atizando el desorden y el caos institucional, mientras desde los puestos conquistados hablarán como árbitros, veedores y supervisores exigentes.
Santos no es el primero que cae en esas redes tramposas y que se deja llevar por una ciega obsesión y un exceso de confianza. La historia mundial ilustra casos de jefes de Estado que cometieron errores de cálculo o se equivocaron al medir el peligro frente a un enemigo débil en apariencia, pero astuto.
Los rusos liderados por Alexander Kerenski abatieron el zarismo, pero descuidaron a esos monstruos de la táctica y la estrategia que eran los bolcheviques, quienes, ya en el poder, fusilaron a sus aliados transitorios. El pueblo alemán, en principio, se burló del Partido Nacional Socialista acaudillado por Adolf Hitler, luego se dejaron subyugar por su discurso xenofóbico, el militarismo y la idea de la superioridad de la raza aria y vivieron un infierno. Neville Chamberlain confió en Hitler. Los franceses nunca creyeron que las tropas nazis invadirían su país. Los cubanos derrocaron al dictador Fulgencio Batista a través de una amplia alianza, pero dejaron el liderazgo a un dictador que luego persiguió y fusiló a sus aliados y que aún sigue haciéndole inmenso daño a su pueblo. Los demócratas cubanos nunca creyeron que la isla se iba a convertir en plataforma de la Unión Soviética. Nuestros hermanos venezolanos nunca creyeron que sufrirían la pobreza, aguantarían hambre y serían privados de sus libertades.
Subestimar el peligro puede tener consecuencias fatales. Es un craso error pensar que movimientos totalitarios y criminales representan el otro excluido. A nadie sensato se le ocurriría darle un trato tal a grupos nazi, ¿entonces por qué dárselo a comunistas armados sí es razonable? ¿No hay en ello un doble rasero?
Claro, el presidente Santos es un hombre del establishment, pero esa condición no ha funcionado como una garantía de estar acertando en las negociaciones de paz. Se ha desmentido, ha entregado asuntos que declaró intocables, ha retrocedido en toda la línea. Al cabo de cuatro años de conversaciones, lo único seguro es que las FARC tienen todo a su favor y el país ha perdido seguridad y confianza en el proceso.
Santos y sus consejeros, en vez de escuchar a la oposición, exigen su plegamiento, han desoído a la fiscal de la Corte Penal Internacional, a la prestigiosa ONG Humans Rights Watch, a los ex presidentes Uribe y Andrés Pastrana, al procurador general y, más recientemente, a algunos juristas que les advierten la gravedad de sus propuestas y sus concesiones. Hasta la Corte Suprema, silenciosa, dejó oír su voz inquieta con la idea de suplantación de la Justicia interna y de la Constitución.
El empecinamiento y la terquedad en un mandatario en franca caída en picada de sus índices de aceptación es una señal de alarma, pues puede indicar un estado de obnubilación en el que le interesa más su sueño de gloria que la suerte del país.
Gobernantes de otros países amigos de Colombia, intelectuales extranjeros, funcionarios de la ONU y organismos internacionales miran con buenos ojos el proceso de paz. Eso no tendría por qué preocuparnos si sus apreciaciones coincidieran con el estado real del proceso. Si a ellos, hipotéticamente, se los colocara en la situación de que para salvar sus países de una guerra de cincuenta años hubiese que suplantar la Constitución, castrar el Congreso y darle poderes absolutos al presidente, seguramente pensarían dos veces antes de hablar. La experiencia, por desgracia, no se vive por cuenta ajena.
Los escépticos o dudosos del entreguismo de Santos al menos deben reconocer que hay elementos de juicio suficientes para asegurar que se ha equivocado y que sus yerros están desinstitucionalizando el país. Haber exhibido en la mesa una actitud de baja autoestima respecto de nuestra democracia y Justicia les dio de hecho una condición de igualdad con el Estado y los convirtió en constituyentes. Todo un regalazo.
El autor es historiador, investigador y ensayista.
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