Una médica argentina cuenta cómo es el brote de ébola en el Congo: “Cada treinta minutos una persona se muere”

Carolina Nanclares, de Médicos Sin Fronteras, volvió hace dos semanas del epicentro del brote en el país africano. Advirtió que la epidemia, la segunda mayor de la historia, va “un paso adelante” de la respuesta

Un equipo de Médicos Sin Fronteras observa cómo un ataúd sale de un centro de tratamiento del ébola en la República Democrática del Congo. Los trabajadores sanitarios son de los más expuestos en el brote, que ya dejó casi 3.800 muertos según el último reporte oficial (MSF)
Un equipo de Médicos Sin Fronteras observa cómo un ataúd sale de un centro de tratamiento del ébola en la República Democrática del Congo. Los trabajadores sanitarios son de los más expuestos en el brote, que ya dejó casi 3.800 muertos según el último reporte oficial (MSF)
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Lo que más le costó sobrellevar a la médica argentina Carolina Nanclares en su último mes en el Congo no fueron las cifras, sino los niños. “Cuando ves a niños pequeños con una enfermedad tan severa, y muchos quedando huérfanos, porque el padre y la madre están afectados y los chicos quedan solos... Eso es lo que más impacta, y lo más difícil de sobrellevar”, cuenta por teléfono a Infobae.

Nanclares, coordinadora médica de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kisangani, capital de la provincia de Tshopo, salió del país hace dos semanas. Cumple ahora en Barcelona una cuarentena de 21 días antes de volver a la Argentina. A la distancia, su diagnóstico sigue siendo inquietante: “No somos para nada optimistas en que la situación esté bajo control, ni mucho menos”.

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Sin nadie sano al lado

Dos enfermeras de MSF visitan a Pierrette, una paciente con ébola confirmado, en el centro Elykia, en Bunia. Como no hay vacuna ni tratamiento aprobados para la cepa Bundibugyo, la atención se basa en el soporte y en tratar las complicaciones, explicó la médica Carolina Nanclares. Hasta el 22 de septiembre se habían recuperado 1.935 personas en el país (Foto: Julien Dewarichet/MSF, 23 de julio)
Dos enfermeras de MSF visitan a Pierrette, una paciente con ébola confirmado, en el centro Elykia, en Bunia. Como no hay vacuna ni tratamiento aprobados para la cepa Bundibugyo, la atención se basa en el soporte y en tratar las complicaciones, explicó la médica Carolina Nanclares. Hasta el 22 de septiembre se habían recuperado 1.935 personas en el país (Foto: Julien Dewarichet/MSF, 23 de julio)

El problema, explica, es práctico además de humano. Los niños con ébola no pueden quedarse dentro del centro de tratamiento con ningún adulto que no esté enfermo. “Es un desafío muy importante para nosotros: cómo los acompañamos, cómo hacemos que no se sientan solos y con miedo”, relata.

La enfermedad, añade, suele arrasar con familias enteras. Se transmite por contacto, así que quien cuida al enfermo es quien enferma después. “Hay familias enteras que son diezmadas”, dice. Los propios pacientes, aislados y sin poder ver a sus allegados, viven además con angustia. Por eso el apoyo psicosocial, subraya, es “una pata fundamental” del tratamiento.

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Una muerte cada media hora

Toussaint, promotor de salud de MSF, se dirige a los familiares de un fallecido en el centro Elykia, en Bunia, para explicarles cómo se desarrolla la despedida. La organización dice que trabaja con las comunidades para disipar los rumores sobre lo que ocurre dentro de los centros de tratamiento (Foto: Julien Dewarichet/MSF, 22 de julio)
Toussaint, promotor de salud de MSF, se dirige a los familiares de un fallecido en el centro Elykia, en Bunia, para explicarles cómo se desarrolla la despedida. La organización dice que trabaja con las comunidades para disipar los rumores sobre lo que ocurre dentro de los centros de tratamiento (Foto: Julien Dewarichet/MSF, 22 de julio)

El brote lo provoca el virus Bundibugyo, una cepa de ébola sin vacuna ni tratamiento aprobados. El Congo lo confirmó el 15 de mayo en la provincia de Ituri y la Organización Mundial de la Salud lo declaró emergencia de salud pública de importancia internacional al día siguiente. Según el último reporte del Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades, con datos hasta el 21 de septiembre, hay 7.773 casos confirmados y 3.759 fallecidos, con una letalidad cercana al 48%. El virus llegó a siete provincias y a 63 de las 167 zonas sanitarias del país. Es el brote más mortífero de la historia congoleña, por encima del de 2018-2020, que dejó 2.280 muertes.

Nanclares lo pone en perspectiva: es el segundo más grande jamás registrado, solo detrás del de África Occidental de 2014-2016, pero a un ritmo “que nunca hemos visto”. En sus primeros cuatro meses, calcula, el número de casos multiplica por seis el que hubo en el mismo período de aquella epidemia. Y lo resume así: “Cada treinta minutos hay una persona que se está muriendo de ébola”.

Todo ocurre, recuerda, en una zona ya castigada por la violencia y el conflicto de larga data, una crisis humanitaria y otras emergencias sanitarias, como la malaria y el cólera. En Ituri y los Kivus operan grupos armados como las ADF, CODECO y el M23, que se disputan zonas mineras, y la violencia lleva años limitando el acceso humanitario.

El miedo como segundo virus

Una "tienda de observación cercana" en el centro de tratamiento Elykia, en Bunia, provincia de Ituri. MSF la presenta como una novedad en su respuesta al brote: permite vigilar los signos vitales de pacientes críticos y administrarles medicación sin usar el traje de protección. (Foto: Julien Dewarichet/MSF, 22 de julio)
Una "tienda de observación cercana" en el centro de tratamiento Elykia, en Bunia, provincia de Ituri. MSF la presenta como una novedad en su respuesta al brote: permite vigilar los signos vitales de pacientes críticos y administrarles medicación sin usar el traje de protección. (Foto: Julien Dewarichet/MSF, 22 de julio)

A la enfermedad se suma el miedo. Circulan teorías de que “vienen a aniquilar a la población o a robarles los órganos”, cuenta Nanclares. Como los pacientes ingresan aislados y muchos mueren, se extiende la idea de que “cada uno que entra ahí se muere”, y eso retrasa la búsqueda de atención, justo cuando el tratamiento precoz da más posibilidades de sobrevivir.

MSF habla de una tercera epidemia, la de la desinformación, que se suma a la del virus y a la del miedo. Sus consecuencias han sido violentas: el 30 de junio un centro de tratamiento de Nia-Nia, en Ituri, fue atacado y destruido.

Para contrarrestarlo, antes de abrir un centro la organización invita a líderes comunitarios y vecinos a visitarlo. Se construye con barreras transparentes. “No hay muros. Todo está a la vista de todo el mundo”, dice la médica.

“Un paso adelante”

Enfermeras de MSF verifican que su equipo de protección esté bien colocado antes de entrar a las habitaciones de los pacientes en el centro de tratamiento del ébola de Bukavu, en Kivu del Sur. (Foto: Tracy Makhlouf/MSF, 19 de junio)
Enfermeras de MSF verifican que su equipo de protección esté bien colocado antes de entrar a las habitaciones de los pacientes en el centro de tratamiento del ébola de Bukavu, en Kivu del Sur. (Foto: Tracy Makhlouf/MSF, 19 de junio)

Aunque los últimos datos apuntan a cierta desaceleración, a Nanclares le preocupa la dispersión geográfica. Siguen apareciendo casos en provincias lejanas, sin estructuras de respuesta, lo que obliga a empezar de nuevo en cada sitio. “Siempre está un paso adelante que la capacidad de respuesta”, resume.

Kisangani, con sus rutas hacia Ituri, Uganda y Kinshasa, es uno de los puntos más vigilados. Por ahora, dice, “no está fuera de control” y las cadenas de contagio se pueden seguir. Según MSF, 13 de los 14 casos positivos registrados allí hasta el 1 de septiembre estaban vinculados a Nia-Nia.

La organización lleva tiempo pidiendo más presencia internacional. Se ampliaron las camas, pero eso no alcanza, sostiene: “No es suficiente tener camas”. El punto débil es el rastreo de contactos. “Una gran parte de los pacientes nuevos que vemos en los centros no estaba en ninguna lista de contactos. Quiere decir que están fuera del sistema.”

Los que cuidan

Serge, de 22 años, rocía el calzado de quienes entran en la zona de riesgo del centro Elykia, en Bunia. Es una de las medidas de bioseguridad con las que MSF intenta evitar contagios: la médica Carolina Nanclares dijo que su equipo sigue protocolos "muy estrictos" y que ninguno de sus integrantes se enfermó. (Foto: Julien Dewarichet/MSF, 23 de julio)
Serge, de 22 años, rocía el calzado de quienes entran en la zona de riesgo del centro Elykia, en Bunia. Es una de las medidas de bioseguridad con las que MSF intenta evitar contagios: la médica Carolina Nanclares dijo que su equipo sigue protocolos "muy estrictos" y que ninguno de sus integrantes se enfermó. (Foto: Julien Dewarichet/MSF, 23 de julio)

Los sanitarios, advierte, están entre los más expuestos. “Hay estructuras de salud donde ni siquiera tienen agua para lavarse las manos.” Una parte importante de los contagiados son trabajadores de la salud, aunque no necesariamente de los centros de ébola. En su equipo, dice, nadie enfermó gracias a protocolos de bioseguridad muy estrictos.

El desgaste, con todo, es enorme. Varios pacientes pueden morir en un mismo día, y el traje, que impide tocar al enfermo, hace el trabajo “bastante inhumano”. El equipo se sostiene con pequeños respiros, como una cena compartida en la que se habla “de otra cosa”.

Un mensaje para América Latina

Carolina Nanclares, en el centro de estabilización de Malkadida, en Etiopía, durante una misión anterior de MSF. La médica argentina, en la organización desde 2006, pasó por más de una decena de países antes de coordinar el proyecto de ébola en Kisangani, en el Congo. (Foto: MSF / crédito y fecha por confirmar)
Carolina Nanclares, en el centro de estabilización de Malkadida, en Etiopía, durante una misión anterior de MSF. La médica argentina, en la organización desde 2006, pasó por más de una decena de países antes de coordinar el proyecto de ébola en Kisangani, en el Congo. (Foto: MSF / crédito y fecha por confirmar)

Nanclares, en MSF desde 2006, con misiones en la República Centroafricana, Sudán del Sur, Yemen o Haití, sabe que el Congo queda lejos. Pide a los lectores latinoamericanos que recuerden el covid, “hace relativamente poco”. “Estas situaciones pueden ocurrir en cualquier momento y le pueden pasar a cualquiera”, dice. Y lamenta que estas crisis suelan importar “cuando afectan a un país desarrollado, cuando hubo un caso en Estados Unidos o en Europa”.

La conversación se cierra con un llamado: “No podemos darle la espalda. La gente la está pasando muy mal en este momento”.

El brote de ébola en el Congo, en cifras

  • Casos y muertes: 7.773 casos confirmados y 3.759 fallecidos, con una letalidad cercana al 48%. Se recuperaron 1.935 personas. Los datos llegan hasta el 21 de septiembre.
  • Dónde: siete provincias y 63 de las 167 zonas sanitarias del país. Ituri, el epicentro, concentra 5.966 casos y 2.737 muertes; Kivu del Norte suma 1.438 casos y 872 muertes.
  • Cómo empezó: el Congo confirmó el brote el 15 de mayo en Ituri y la OMS lo declaró emergencia de salud pública de importancia internacional al día siguiente. Los primeros casos confirmados en Kisangani se reportaron el 30 de junio.
  • El virus: es el Bundibugyo, una especie rara de ébola. No hay vacuna ni tratamiento específico aprobados. Desde fines de agosto se vacuna al personal de primera línea con Ervebo, pensada para la cepa Zaire, y hay ensayos en curso.
  • En perspectiva: es el brote más mortífero de la historia del Congo. El de 2018-2020 dejó 3.470 casos y 2.280 muertes; el de África Occidental de 2014-2016, 28.616 casos y 11.325 muertes.
  • La respuesta de MSF: gestiona un centro de tratamiento en Kisangani desde fines de junio, al que sumó uno nuevo de 22 camas a principios de septiembre, y otro de 50 camas en Nia-Nia.

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