
Las advertencias recurrentes sobre una inminente y exitosa invasión china de Taiwán contrastan con la realidad operativa del Ejército Popular de Liberación (EPL) y la evolución tecnológica en el Pacífico. Esta es la perspectiva que defiende el almirante retirado estadounidense Dennis Blair en un análisis publicado por la revista Foreign Affairs, titulado “El espejismo de la ventaja militar de China”. Según el experto, la atención prestada al rearme de Beijing pasa por alto que el factor tecnológico y la geografía favorecen actualmente la defensa de la isla.
“La realidad hoy es que China no es capaz de conquistar Taiwán. Tampoco es probable que obtenga esta capacidad en el corto plazo”, afirma Blair, desafiando las proyecciones más pesimistas de la inteligencia militar.
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La perspectiva de Blair goza de una autoridad incontestable: fue comandante en jefe del Comando del Pacífico de Estados Unidos (1999-2002), director de Inteligencia Nacional (2009-2010) y, de 2003 a 2007, ejerció como mentor principal de los ejercicios anuales de autodefensa de Taiwán. Su diagnóstico coincide con un momento de máxima tensión, marcado por el comienzo de los ejercicios militares de Taipéi, una presión militar china sostenida y la reconfiguración de las cadenas de suministro globales tras la guerra entre Estados Unidos e Irán.
Las grietas en la maquinaria de Xi Jinping

Blair desmitifica el poderío del EPL explicando que el gasto militar chino desde 1990 no se concentró exclusivamente en una fuerza de asalto directo contra Taiwán. Por el contrario, Beijing dispersó sus recursos para cumplir múltiples objetivos globales, como el desarrollo de costosos portaaviones orientados a la diplomacia de proyección y capacidades espaciales, dejando de lado la prioridad táctica fundamental para invadir una isla altamente fortificada: el transporte anfibio.
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Un informe del Pentágono de diciembre de 2025 ya había encendido las alarmas sobre este déficit crítico del EPL, señalando la escasez de buques de desembarco y la falta de entrenamiento en condiciones de improvisación para los comandantes de bajo rango, una carencia fatal en operaciones donde los planes iniciales rara vez sobreviven al primer contacto.
A este escenario material se suman elementos internos de organización. Las recientes purgas en la cúpula militar ordenadas por el presidente Xi Jinping sugieren dificultades en el liderazgo de las fuerzas armadas, un ecosistema donde la corrupción masiva ha mermado el nivel operativo.
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Blair señala además que la doctrina china sigue dominada por oficiales del ejército de tierra con poca experiencia naval, y donde la sumisión política pesa más que la destreza técnica: “La aptitud para el soborno y las demostraciones de lealtad personal no se traducen en el dominio de las operaciones marítimas”, sentencia el ex director de Inteligencia.
Para Beijing, además, las alternativas que no impliquen una invasión total —como un bloqueo aeronaval o ataques selectivos con misiles— conllevan riesgos elevados y un escaso sustento legal. Un bloqueo provocaría una respuesta internacional inmediata; según el análisis, los planes aliados contemplan ya el establecimiento de convoyes de escolta mercante a través de aguas territoriales japonesas y filipinas, lo que neutralizaría la efectividad de la presión económica sobre la isla.
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Del mismo modo, la opción de una campaña de castigo mediante misiles se enfrenta ahora a una nueva realidad tecnológica. Blair destaca que el despliegue norteamericano de misiles hipersónicos de largo alcance en el Pacífico ha neutralizado la protección de las baterías antiaéreas chinas y puesto bajo riesgo directo toda la infraestructura de Beijing en el sureste continental. Según el almirante, esta ventaja tecnológica de Washington desactiva la capacidad de China para asegurar la superioridad aérea y marítima previa a cualquier ofensiva.
Las lecciones aprendidas en Ucrania e Irán
El contexto estratégico internacional también ha aportado valiosas lecciones en los últimos meses. El mundo acaba de evaluar el impacto de la guerra de seis semanas en Irán, que concluyó con un alto el fuego el pasado 8 de abril de 2026. Durante el conflicto, los grupos de combate de la Armada estadounidense operaron bajo la lluvia de proyectiles iraníes guiados por sistemas de rastreo ruso-chinos sin sufrir impactos significativos. Este precedente, según Blair, ha sembrado dudas razonables en Beijing sobre la efectividad real de su propia tecnología de saturación frente a las contramedidas de guerra electrónica occidentales.
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Por otra parte, la resistencia de Ucrania frente a Rusia ha transformado la doctrina de defensa de Taipéi. La democratización y el uso masivo de drones comerciales y militares han demostrado que una fuerza numéricamente inferior puede congelar el avance de un gigante y replegar flotas enteras en zonas marítimas confinadas.
“Como ha demostrado Ucrania, una fuerza numéricamente inferior que emplee estos sistemas de armas puede detener a un invasor”, escribe Blair.
Tomando nota de esta asimetría, el Gobierno de Taiwán propuso en noviembre de 2025 un ambicioso presupuesto especial de defensa de 40.000 millones de dólares a ocho años, destinado casi en su totalidad a blindar la isla con enjambres de drones y misiles antibuque.
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El escudo de las alianzas regionales
El último gran obstáculo para las ambiciones de Xi Jinping, según el análisis de Foreign Affairs, es la firmeza de sus vecinos. Influidos por la creciente agresividad de Pekín, los líderes de Japón han fortalecido sustancialmente sus políticas de seguridad. La primera ministra Sanae Takaichi declaró formalmente a finales del año pasado que una agresión militar contra Taiwán constituiría una “situación que amenaza la supervivencia” del territorio japonés, lo que ha llevado a Tokio a aumentar su presupuesto de defensa, adquirir armas de contraataque y fortificar militarmente las islas Ryukyu para contener la salida de fuerzas navales chinas al Pacífico.
De igual forma, en Filipinas, la administración del presidente Ferdinand Marcos Jr. ha consolidado la expansión del acceso militar de Estados Unidos a bases estratégicas bajo el Acuerdo de Cooperación Mejorada en Defensa (EDCA), cerrando el cerco operativo alrededor de los movimientos del EPL en el Mar de la China Meridional con proyectos de infraestructura financiados por Washington por unos 100 millones de dólares.
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Más allá de los factores materiales, el optimismo de Blair encuentra un contrapeso escéptico en centros de estudio como la Rand Corporation o el Center for a New American Security (CNAS), donde el debate se desplaza hacia la psicología y la política: ¿Es realista asumir una resistencia unánime en un Taiwán políticamente polarizado, donde una corriente opositora prefiere el entendimiento con Beijing antes que una militarización que ya compromete los presupuestos de defensa? ¿No es un error juzgar a Xi Jinping bajo la racionalidad occidental, ignorando un imperativo histórico de reunificación por el que el régimen asumiría niveles de dolor intolerables para una democracia? Y, finalmente, ¿necesita Beijing un desembarco clásico cuando una estrategia de guerra híbrida —basada en sabotaje cibernético, operaciones psicológicas y estrangulación financiera— podría quebrar a Taipéi desde dentro?
Consciente de estas objeciones, y casi previendo que el escepticismo se trasladaría al terreno de la voluntad política, Blair afirma que, en última análisis, el mantenimiento de la paz en el estrecho de Taiwán no depende de la complacencia, sino de la confianza mutua entre los aliados y del realismo.
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Si Washington mantiene su ventaja tecnológica mediante el despliegue de misiles hipersónicos de largo alcance en el Pacífico y Beijing asume los costos prohibitivos de una aventura militar, la pugna por Taiwán seguirá siendo lo que es hoy: una intensa batalla ideológica y comercial, pero firmemente alejada de las armas.
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