La exposición de gran escala dedicada a Tracey Emin en la Tate Modern de Londres —institución referente del arte moderno en el Reino Unido— arranca con la visión de una cama deshecha: My Bed. Sábanas sucias, botellas vacías, restos de comida y colillas rodean ese lecho convertido en obra. Testimonio físico de cuatro días de depresión amorosa, bajo el efecto del alcohol y el abandono, la pieza fue expuesta por primera vez en 1999. Veinticinco años después, la imagen de ese desorden íntimo contrasta con la consagración oficial y los honores que la artista recibe en la actualidad, reflejo de una trayectoria marcada por la superación del cáncer, el feminismo y la autoexploración. La muestra, titulada Tracey Emin: A Second Life, reúne más de 100 piezas que exploran el impacto de la experiencia vital de Emin y permanecerá abierta hasta el 31 de agosto.
La muestra supone una consagración institucional para Emin y una victoria personal, articulada tanto en el reconocimiento otorgado por el mundo del arte como en su resistencia frente a un duro diagnóstico médico recibido en 2020. A Tracey Emin le fue detectado un cáncer de alta agresividad, por el cual se sometió a una cirugía mayor que incluyó la extracción del útero, la vejiga, la mitad de la vagina, la uretra, parte del intestino y los nódulos linfáticos.

La expectativa de supervivencia inicial era de seis meses; posteriormente, los médicos la extendieron a un año y medio, dada la excepcionalidad de la recuperación. Contra todo pronóstico, Emin lleva más de cinco años activa, trabajando principalmente sobre óleos y esculturas en su estudio de Margate, ciudad costera del sureste de Inglaterra.
De la cama al reconocimiento institucional
El nombre de Tracey Emin está indefectiblemente asociado a My Bed, que representa una cama invadida por objetos personales. Este relato visual de un episodio depresivo fue finalista en el premio Turner, el máximo galardón del arte contemporáneo británico, y se transformó en fenómeno social. Dividió al público entre quienes lo interpretaron como provocación y quienes lo celebraron como hito artístico. En 2014, My Bed se subastó por casi 2,9 millones de euros.
El contraste entre la cama, símbolo de crisis personal, y los actuales honores institucionales resulta evidente. En la actualidad, Emin ostenta la Orden del Imperio Británico y el título de dama, concedidos por el rey Carlos III. Este reconocimiento la posiciona no solo como figura clave del arte nacional, sino también como promotora cultural y social en Margate, donde dirige el Tracey Emin Studio —centro para la creación y formación artística— y una fundación que ha impulsado a más de 20 jóvenes artistas en sus primeras trayectorias.

La vida de Emin cambió radicalmente: abandonó el alcohol y el tabaco, y adoptó una rutina disciplinada tras superar el cáncer. Maria Balshaw, directora de la Tate Modern y comisaria principal de la muestra, describe así este capítulo vital: “Una vida posquirófano, poscáncer, más moderada y sobria, centrada en el presente y en marcar una diferencia”.
Autoexploración y reinvención
Cada pieza presentada en la exposición está atravesada por el autoexamen y diferentes niveles de interpretación. My Major Retrospective 1982–93, una de las primeras obras del recorrido, documenta —mediante fotografías— la destrucción de todas las pinturas que Emin realizó tras estudiar en el Royal College of Art, una de las escuelas de arte más prestigiosas del Reino Unido, marcando un punto de inflexión creativo.
La exposición en la Tate Modern no sigue un orden cronológico estricto; agrupa óleos recientes, instalaciones y videos que narran episodios clave en la vida de Emin: intentos de suicidio, la decisión de no ser madre ni esposa y el feminismo como eje central de su discurso. Una de las piezas reúne dos series de imágenes: a la derecha, Polaroids tomadas en 2001 capturan a una Emin joven; a la izquierda, fotografías hechas con un iPhone muestran su cuerpo herido y cicatrizado tras la cirugía de 2020.

Trauma personal y experiencia compartida: la voz de Emin
Emin fundamenta su obra en vivencias signadas por el abuso sexual, la violación, los abortos y el racismo en el Reino Unido. “Violaciones, abusos sexuales a mujeres y a niños, abortos. Esos son todos los desafíos que mujeres y niñas deben afrontar. Si es mi materia de trabajo es porque lo he vivido todo, y he logrado salir al otro lado. Muchos no lo han logrado, y necesitan que alguien les diga que existe un lenguaje, un modo de poder expresarse”, afirmó durante una videoconferencia, mientras aún sentía las secuelas físicas del tratamiento.
La invitación de la Tate Modern representa para Emin una consagración, dada la distancia entre su origen social y familiar y el país que hoy la celebra: “A pesar de todo lo que he trabajado. Y, sobre todo, por el hecho de que sigo con vida”, dijo a la prensa.
Un arte de introspección al servicio del público
La introspección define cada etapa del trabajo de Emin. Harry Weller, director creativo del Tracey Emin Studio y colaborador frecuente, comenta: “Es como un caballo salvaje cuando está en su estudio, sin parar de moverse. No pinta solo por pintar. Todo debe surgir de un momento de sinceridad. Podría producir óleos que vendería de un plumazo, pero eso no le interesa”.
Lejos de un ejercicio de egocentrismo, Emin busca traducir lo personal en experiencia común: “No es mi narcisismo. No soy yo hablando de mí misma. Uso mi voz para contar lo que le ha ocurrido a mucha gente”, sostiene. Su obra interpela al público, lo desafía y se instala como “una bofetada inmediata y el recuerdo de que todos hemos estado alguna vez al borde del abismo”.
La muestra Tracey Emin: A Second Life en la Tate Modern podrá visitarse hasta el 31 de agosto.
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