
La invasión rusa de Ucrania en 2022 marcó el fin de una cooperación científica de más de siete décadas entre Rusia y Europa. Este vínculo, que incluía investigaciones destacadas en física de partículas y colisión de núcleos atómicos, se interrumpió abruptamente tras el inicio del conflicto.
La postura del Kremlin, encabezado por Vladimir Putin y respaldada por figuras como Mikhail Kovalchuk, presidente del Instituto Kurchatov, fue clave en esta ruptura.
En respuesta a la invasión, la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN), suspendió sus acuerdos con instituciones rusas.
En los días posteriores al ataque de las tropas rusas en Kiev, el organismo excluyó a Rusia de proyectos conjuntos, canceló colaboraciones vigentes y restringió la participación de científicos rusos en nuevas iniciativas.
Paralelamente, más de 8.500 científicos y periodistas especializados de todo el mundo condenaron la guerra mediante cartas abiertas, incluyendo una firmada por investigadores rusos en solidaridad con Ucrania.
En marzo de 2022, el Consejo del CERN anunció su compromiso de respaldar iniciativas destinadas a fortalecer a los investigadores y proyectos ucranianos en el campo de la física de altas energías, al tiempo que acataba las sanciones internacionales contra Rusia. Asimismo, la dirección del organismo manifestó su solidaridad con los científicos rusos que se pronunciaron en contra del conflicto.
El cese de la cooperación científica no solo respondió al contexto bélico, sino también a la estrategia impulsada desde Moscú por líderes como Kovalchuk, quien aboga por una “ciencia soberana” que limite la colaboración con Occidente.

Desde su posición en el Instituto Kurchatov, ha promovido la independencia de la investigación nuclear rusa, reforzando vínculos con el Instituto Conjunto de Investigación Nuclear (JINR) en Dubna, un centro histórico de colaboración con países europeos desde los años 50.
Los científicos vinculados a la Organización Europea para la Investigación Nuclear quedaron excluidos de los consejos y comités científicos del JINR, y esta medida se aplicó de manera recíproca. Asimismo, se suspendieron todas las conferencias y seminarios conjuntos entre ambas instituciones. Como parte de estas medidas, el CERN retiró su participación como observador en el JINR, mientras que el JINR dejó de ser observador en el CERN.
Aunque algunos países europeos, como Hungría, Israel, Italia y Suiza, mostraron sus reservas frente a la suspensión total de la cooperación con Rusia, la mayoría de los miembros de la organización decidió avanzar con la medida.
Según un artículo de The Times publicado el 5 de junio de 2024, Borys Grynyov, científico y representante de Ucrania en el Consejo del CERN, advirtió que la continuación de la colaboración con el JINR podría ofrecer a Moscú “una puerta trasera” para que los espías rusos accedieran a los avances científicos más recientes.
En 2024, la visita de Vladimir Putin al JINR (Instituto Conjunto de Investigación Nuclear) se interpretó como un claro desafío hacia Occidente. Durante su estancia, Putin participó en la inauguración de la fase operativa del acelerador NICA (Unión Nacional de Aceleradores de Iones Pesados), un proyecto clave para Rusia.
Además, aprovechó la ocasión para convocar una reunión con científicos rusos galardonados con megasubvenciones del gobierno, destinadas a impulsar proyectos científicos nacionales.

En su discurso, el presidente ruso subrayó que Rusia no tenía intenciones de “cerrar puertas, ocultar información ni bloquear iniciativas”, destacando que su país seguía abierto a la cooperación internacional. Reiteró la disposición de Rusia para garantizar que los resultados de los científicos rusos fueran utilizados en proyectos de investigación en otras naciones.
El JINR, aunque no forma parte de la organización europea, se ha convertido en el principal pilar de la proyección internacional de Rusia en el ámbito científico. En medio de la crisis, el instituto ha intensificado su colaboración con países no occidentales y busca posicionarse como una alternativa a los centros europeos. Sin embargo, esta estrategia ha planteado dudas sobre su capacidad para mantener la relevancia científica a nivel global.
El 20 de septiembre, durante una reunión con Vladimir Putin, Mikhail Kovalchuk aseguró que el retorno de los científicos rusos al país sería clave para lograr un “avance tecnológico significativo” y para convertir la infraestructura científica nacional en “la más avanzada del mundo”. Posteriormente, en una entrevista concedida dos meses después, Kovalchuk calificó los intentos de presentar al JINR como una “afiliación neutral” para los físicos rusos como una maniobra por parte de Occidente destinada a aprovechar los recursos científicos de Rusia en beneficio propio.
Las restricciones actuales no solo afectan a los investigadores rusos, que pierden acceso a recursos clave y redes internacionales, sino también al desarrollo científico en Rusia a largo plazo. Aunque se exploran nuevas colaboraciones en Asia y otras regiones, la ruptura con Europa representa un desafío para el progreso científico del país.

Beate Heinemann, directora de la división de física de partículas del Sincrotrón de Electrones Alemán (DESY) en Hamburgo, reconoció los desafíos que esta ruptura representa para el progreso de la investigación científica global: “No es que el fin de la colaboración imposibilite las investigaciones, pero sí que dificulta las cosas y puede haber retrasos”, declaró a la agencia de noticias DPA.
Los casi 1.000 científicos rusos que trabajaban con CERN han dedicado las últimas semanas a transmitir sus conocimientos y avanzar en proyectos pendientes. Según Joachim Mnich, director de investigación de la organización, estos científicos han trabajado intensamente para garantizar que su salida se haga de manera ordenada y que su experiencia no se pierda.
Por su parte, Markus Klute, director del Instituto de Física Experimental de Partículas del Instituto Tecnológico de Karlsruhe (KIT), expresó su pesar por el fin de una colaboración que se remonta a la Guerra Fría, cuando científicos de Rusia y los países europeos trabajaban juntos por una curiosidad científica compartida, sin importar las tensiones políticas de la época. “Eso ya no parece posible y es una verdadera lástima”, lamentó Klute, quien ha sido testigo de décadas de cooperación.
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